viernes, 28 de diciembre de 2007

A festejar!

Esta es la clásica entrada que si desaparece antes de ser publicada no pasa nada, que si se esfuma después de publicarla no cambiará el rumbo de este blog, pero (como dice Saramago: siempre hay un pero) necesito por este medio tan universal agradecer y desearles a todos un fin y comienzo de año excelentes. Para mí, dejando de lado algunos problemillas comunes en una vida vivida, fue un muy buen año, y no digo que fantástico porque tampoco hay que exagerar; miren ustedes si lo defino como fantástico o impresionante y el próximo es aún mejor, ¿Cómo lo señalaría? ¿cómo super mega fantástico?. Vaya optimismo que me ha atacado. Bueno, lo dicho y escrito, terminemos el año en paz (como está el mundo es una forma de decir...) y comencemos el 2008 de Fiesta y fiesta, pasándola bien y planteándonos objetivos realistas, que para empezar las dietas ya están todos los lunes del año. Gracias a todos los que se pasaron este último año por este rincón de la blogesfera, pásenlo lindo, de verdad.

jueves, 27 de diciembre de 2007

La locomotora fantasma!

Ayer, en Argentina, una locomotora recorrió a toda velocidad (a la velocidad latina) más de 250 kilómetros sin conductor y no se trataba de un proyecto de tren automático que podría haber sido pionero por los terceros mundos, sino que parece que fue puesta en marcha por un desconocido y que luego se tiró de la máquina. Finalmente, después de pasar por provincias y ciudades a una velocidad que, en algunos tramos, superó los 70 km/h, operarios ferroviarios (héroes patrios carajo!) desviaron a la bestia solitaria hacia una pendiente y enfrentándose a ella con otra máquina más grande, la frenaron y la abordaron.
Dentro no había nadie. ¿Quién la puso en marcha? y ¿por qué? Son dos preguntas que todavía no tienen respuesta. Todavía no se informa nada sobre alienígenas, tipo máquinas Terminator, realizando pruebas con maquinaria gigante para conquistar el mundo. La autocombustión del maquinista, tampoco está probada.
Informaremos inmediatamente si las máquinas cobran vida. Solo podemos confirmar que nunca un tren en Argentina fue tan rápido y sin demoras como el Tren Fantasma.

Más información (algo más seria, pero tampoco mucho)

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Una impresión al pasar

Hoy, cuando bajé al Metro (subte), acá en Madrid, pensé que Argentina había salido campeón. Por dos segundos -o quizá uno- sentí la misma felicidad que cuando el gol de Maradona a los ingleses, el segundo. Luego de ese brevísimo espacio de tiempo, volví a la realidad: 10 días de huelga de los limpiadores del Metro es mucho tiempo. Reaccioné a tiempo como para que el olor a mierda que por allí pululaba, no me volteara de un soplido. Y que los papeles de periódicos gratuitos (muy bien cortaditos, todo sea dicho) no me cubrieran con noticias viejas.

A ver si les mejoran el sueldo a los limpiadores y pueden hacer su trabajo. Que cuando falta el que suda, se lo extraña mucho, mucho.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Los pendientes asesinos!

Hace muchos años que no me paraban antes de entrar a un bar para exigirme alguna idiotez que me hiciera ganar la recompensa de la entrada y su consecuente gasto etílico. Algo así como pagar moralmente para pagar materialmente.
El sábado fuimos con un grupo de amigos a un bar de “moda” en plaza Colón, en el medio de la plaza, en un semisótano, llamado El Café de los Artistas. Lo segundo (lo primero ya lo explicaré) que me sorprendió es no haber visto a ningún artista; ni actores, ni pintores, ni escritores y menos que menos a algún artesano. Quizá había alguien anónimo o desconocido pero en realidad el boliche de artista solo tiene el nombre, todo lo demás es solo un pub con gente “linda” y pija*.
Volviendo a antes de entrar, lo primero que me sorprendió (no mucho, en verdad) fue que apenas me vieron los “gorilas” de la puerta, me recorrieron con la vista bajando hacia mis pies buscando las zapatillas que me prohibieran el paso. Pero tenía zapatos.
Solo porque íbamos un grupo grande y me imaginaba que en estas épocas la selección de quien entra y quien no, era bastante exigente, me puse los zapatos de las bodas y pa’adelante.
Pero no contaba con otra característica mía que puede desestabilizar a todo el sistema formal, responsable, ortodoxo y viejuno de esta sociedad: Mis pendientes!.
Ya les parecerá que no leyeron bien, y lo entiendo, yo pensé que no había escuchado bien cuando oí: “los pendientes fuera”, no se si no entendí, por lo ridículo del pedido o porque el portero del garito hablaba un “castellano del Este” que sumado a sus 2 metros y medio acojonaba tanto, que los tímpanos y sus huesitos del oído, no querían trabajar. Después de pensarlo unos segundos y justificar que me los sacaba para no joderle la noche a los 15 que venían conmigo, solo sonreí un poco con mueca de disgusto y como eran las 2 de la mañana y un frío que congelaba el hielo, accedí a quitármelos para pasar. Cuando entraba, otra vez el ropero del Este agregó: “adentro no poner”, al ver mi cara de desconcierto, reafirmó su idea con un: “adentro no poner pendientes, yo veo”. Pocas ganas de discutir tenía y le contesté: “Adentro yo no poner”. Que suerte que yo hablaba su dialecto de tarzán oriental!.
Todavía no le encontré una finalidad a la prohibición de pendientes solo en los hombres, no sé si es porque tenían miedo que en una pelea degollara a alguien con mi argollita de plata o que le clavara en el corazón de alguien la estaca de 1 centímetro que sostiene mi arito de coco.
Sinceramente, creo que al dueño no le gustan los hombres con pendientes solo por una cuestión de imagen, de imagen retrógrada.
La historia se termina acá. Ya no busco explicaciones, no vuelvo más, y listo.
Suerte que no me vio los tatuajes, borrármelos con ácido era algo que ya no estaba dispuesto a hacer.

* Gente pija en España sería como gente concheta en Argentina. Una persona que no solo tiene dinero sino que se nota, tanto en su forma de vestir como en su dialecto de un mundo de fantasía. Osea.

bX-rh26vj (blogsfera tenemos un problema)

No sé qué está pasando con los bloqueos de blog, ahora le toco a mi amigo venezolano Carilisve de Falcatruada da Lúa , después de días sin poder acceder a su blog y mandando reclamos a blogger, la única respuesta que tiene es el silencio y la combinación de números y letras que titula esta entrada. Últimamente este hecho se viene repitiendo con demasiada asiduidad para pensar que solo se tratan de problemas técnicos. No sé que pasa. Espero que se solucione pronto y podamos seguir disfrutando de los blogs y bloguers preferidos. Suerte Carilisve!, ojalá te aparezca tu blog y sus archivos intacto, mientras tanto podés publicar en mi blog todo lo que quieras.

martes, 11 de diciembre de 2007

Un meme musical

Me llegó otro meme sobre música y aunque trato de no irme de mi temática bloguera (no sé todavía cual es...), la música forma parte de mi universo personal y como es sencillito lo sigo. Me lo mandó mi amigo Mr. Romántico de la Casa del Rock, se trata de colgar 3 videos de grupos o solistas que nos gusten y explicar -o contar- brevemente por qué. Doy paso a mis tres elegidos y al final se lo voy a mandar a tres personas más. Si te gusta el rock, disfrutarás seguro.

En primer lugar elijo a Nirvana (ay! que maravillosa la música de los 90!!!) con Blew, tema que abría su primer disco Bleach. Elegí este video porque me gustan los dibujitos. A moverse!


Continuamos con La Soledad, de la Bersuit Vergarabat, mi grupo preferido de la Argentina, una mezcla de sensaciones y ritmos que me despiertan todos los sentiados a full!. Lindo video, también.


Y para terminar, los más grandes (para mí, pero como es mi blog, lo aseguro!) Los Rolling Stones y su Sympathy for the Devil, pero arregladito -lease modernito- realizado por Neptunes. El video esta guapo, guapo.


Y ahora se lo paso, con curiosidad a:

Mi amigo venezolano Carilisve de Falcatruada da Lúa
Iván del rincón del blogodependiente
Don't worry be happy de Cervezas con la Luna
y a Suspiros e Instantáneas de Tía Doc

A ver que musiquitas me ponen.....

lunes, 10 de diciembre de 2007

hay peores trabajos que el tuyo...

No es que tengamos que resignarnos por el trabajo horrible que tenemos, pero si te consuela un poquito, siempre hay peores:

Las judías y los colores

Claudio se levantó por la mañana a la misma hora de siempre, desayunó un café solo con tostadas y mantequilla -como hizo ayer- y se duchó cumpliendo el horario estipulado en su rutina diaria.
Esa mañana cumplió casi todos los horarios a rajatabla, lástima que el Metro llegó tarde y por cinco miserables minutos entró agobiado al trabajo.
El trabajo de Claudio es monótono y rutinario. Las planillas, las facturas y las nóminas forman parte de su maravilloso mundo laboral y él siempre cumple con sus tareas sin quejas. Pero no solo por obligación sino porque le gusta su trabajo.
Después de desayunar por segunda vez en la máquina de café se dirigió al servicio a aliviarse, siempre se mete en el último cubículo, el más alejado y el más amplio. Pareciera que en épocas antiguas justamente en ese baño había quizá una ducha, por eso su amplitud, ya que ahora solo hay un inodoro acompañado de unos azulejos estándar de color blanco muy en boja en los hospitales y en los manicomios, justo enfrente del retrete hay una puerta blanca, hoy tiene una llave roja en la cerradura. Claudio elige este baño por estar un poco apartado de los otros y ahí se siente más cómodo y relajado.
Desde el primer día que descubrió la puerta del cubículo, le llamó la atención pero nunca se animó a abrirla, ¿para qué? Pensaba, si seguro que es un armario con los enseres comunes a casi todos los baños: papel higiénico, papel para secarse las manos, jabón y quizá también algún que otro producto de limpieza, pero eso es lo que imaginaba ya que nunca lo había comprobado.
Cuando terminó de utilizar el inodoro, levantó la vista y al ver la llave roja en la puerta pensó que de una vez por todas la abriría para corroborar que era un armario y terminar con el pequeño misterio, tiró de la cadena, se levantó los pantalones, se los abrochó con una mano y con la otra comenzó a girar la llave que tanto resaltaba en la puerta blanca, cuando ya estaba liberada la cerradura, cogió el pomo y mientras abría, iba asomando la cabeza. Bastante sorpresa le causo no descubrir un armario sino un pequeño pasillo de unos 3 metros de largo con otra puerta, esta vez roja con llave blanca. Cuando iba avanzando por el pequeño corredor, ya estaba arrepintiéndose y pensó que era mejor dar la vuelta y volver a su oficina. Pero la curiosidad se le despertó de repente, a él, tan poco amigo de las aventuras y los descubrimientos, sonrió al pensar esa tontería y abrió la segunda puerta, cuando vio lo que había ya era tarde para volver atrás, lo único que quedaba era saludar a esas personas, decir que se había perdido y volver por fin a su trabajo.
La nueva oficina tenía abundante luz y paredes de colores donde colgaban posters de grupos de música, todo parecía estar decorado como una habitación de adolescentes. Por lo demás la disposición era parecida a su oficina gris del otro lado, escritorios, papeleras, ordenadores, todo se disponía de manera similar pero flotaba en el aire una extraña sensación de felicidad, eso pensó él, pero después se rectificó mentalmente, no era felicidad era como alegría. Sí, es demasiado alegre, pensó.
Ya sin poder huir como hubiese preferido, al encontrarse con las miradas y sonrisas de la gente que allí trabajaban (contó mentalmente 15), los saludó cortésmente, se disculpó y al querer salir se dio cuenta que la puerta por donde había entrado no tenía asa, le pareció bastante coherente: no era lo mismo encontrarse con una oficina al final de un pequeño corredor que a una persona sentada en un inodoro, de frente, con los pantalones bajados.
-¿Quiere quedarse?, escuchó de repente
-¿Cómo?, preguntó
-¿Si quiere quedarse aquí?, repitió la voz femenina que parecía salir de un monitor.
-Perdón, no entiendo la pregunta, lo siento pero tengo que volver a mi oficina ¿Cuál es la puerta de salida?.
En el despacho de colores habían cuatro puertas, una era por la que había entrado (sin asa), una puerta azul en la pared perpendicular a la primera, una tercera enfrente también sin pomo y una cuarta que parecía ser un armario –pero ya nunca daré nada por seguro, pensó- que estaba detrás de la dueña de la voz que ya sí se puso de pie y Claudio la pudo apreciar. Alrededor de 40 años, ropa informal y un color de pelo más cerca del lila que del violeta
-Puede salir por ahí, por la puerta azul pero ¿no quiere trabajar con nosotros?
Ya la sorpresa se transformó en inquietud y estaba a mitad de camino entre el miedo y la incredulidad, él que odiaba las sorpresas –darlas y recibirlas-, él que se agobiaba cuando cambiaban algún producto de lugar en el supermercado, él que había conservado la soltería a sus 50 años, no porque no haya tenido ninguna relación sino mas bien el coqueteo con la responsabilidad y la familia le producían nauseas.
-Discúlpeme señora, usted es?
- La jefa, respondió la jefa.
-Ah, encantado… pero tengo la obligación de volver a mi sitio de trabajo, mis compañeros y principalmente mi jefe se estará preguntando que estoy haciendo en el baño. Aunque lo había dicho solo para librarse de la conversación, le produjo angustia reflexionar sobre lo que sus compañeros pensaran de él y su tardanza, pero se le ocurrió inventarse una descompostura producida por las judías que había comido anoche.
-Si usted quiere puede quedarse a trabajar con nosotros y yo hablo con su jefe.
-Discúlpeme señora...
-Elisa, lo interrumpió.
-Vale... Elisa, ¿quienes son ustedes?
Otra voz esta vez masculina que venía de un lateral quiso contestar, su dueño se levantó –un joven de aproximadamente 25 años con cara angulosa y ojos despiertos- le explicó: -Pertenecemos a la misma empresa que usted pero del otro lado.
– Del otro lado? Qué lado?
- El lado de los colores, el lado creativo, el lado especial, llámelo usted como quiera. Nosotros llegamos a este sitio por la misma puerta que usted, obviamente yo entré por la del baño de damas (ahí entendió Claudio a donde llevaba la puerta que tenía enfrente). Todos fuimos llegando y luego nos comunicaron que podíamos quedarnos aquí con mejor sueldo, horarios, en definitiva mejores condiciones, nadie que haya atravesado la puerta, volvió a la zona gris.
Claudio le pareció reconocer a alguno de los que estaban en la oficina recién descubierta, en su tiempo quizá había pensado que se habían ido de la empresa y ahora estaban detrás de una puerta que daba a su baño.
- Pero… no entiendo…por qué la empresa está dividida…en colores?
- Realmente nosotros trabajamos paralelamente a ustedes, cada departamento tiene su copia aquí y hacemos el mismo trabajo pero mejor.
- ¿Mejor? Preguntó algo molesto Claudio
- Sí, mejor. Realmente la zona de colores es tan rentable que podríamos prescindir del lado antiguo y no pasaría nada. Pero la empresa y sus jefes supremos –no los intermedios- los jefes jefes –remarcó la señora- quieren comprobar cual de los lados es el mejor y el más rentable, entre los jefes hay algunos grises y otros llamados de colores, cada uno defiende su zona y mientras la empresa siga dando dinero funcionamos paralelamente. Claudio ya había confirmado que la puerta que estaba detrás de la jefa no era un armario, por allí se encontrarían con los otros departamentos.
-Mire – continuó la señora - yo soy una jefa jefa, del lado de colores. Quédese a trabajar con nosotros, haga aquí lo mismo que allá pero distinto. Siempre necesitamos gente nueva, cada vez tenemos más trabajo. No pierda esta oportunidad, aquí es diferente y no se va a arrepentir.
“Diferente o distinto”, eran palabras que no le gustaba, ¿qué significaba ser diferente o trabajar diferente?, ¿distinto?, él quería seguir haciendo lo mismo de siempre, él era un hombre común y lo veía como algo bueno. Él no quería que su vida cambie, siendo así se sentía bien.
-Tendré que pensarlo, ahora tengo que regresar, dijo para librarse de su aturdimiento ¿La salida? ¿la puerta azul, no?. Preguntó retóricamente.
- Si pasa esa puerta estará automáticamente despedido –dijo con firmeza pero sin enojo la jefa suprema de los colores.
- Pues, no me gusta que me agobien y tampoco quiero cambiar de trabajo, lo siento pero me voy…
Se dirigió a la puerta pensando que quizá esa mujer mentía o que todo había sido una broma de pésimo gusto, abrió finalmente la puerta y la cruzó no sin dar una última mirada al lado de colores, todos lo miraban con algo de asombro, del otro lado se encontró con otro pequeño corredor, que terminaba en otra puerta, al atravesarla entró a una habitación cuadrada con solo un escritorio como mobiliario y un sobre encima de él. “La liquidación” pensó.
El sobre contenía una nota que decía:

Usted ha sido despedido de la última oportunidad que tuvo de cambiar de trabajo, de elegir un sitio mejor y de progresar. Lo sentimos mucho pero usted pertenecerá en el lado gris hasta que se jubile o nos abandone. La llave roja era la clave. Si comenta algo de lo ocurrido con alguien, automáticamente será despedido de forma real y acusado de traición a la empresa.

Claudio respiró aliviado y se sintió muy bien, como distinto, él no veía una pérdida de oportunidad, él había tomado una decisión, se había enfrentado a un cambio aún más abrupto que la oficina de colores, él se había enfrentado con su despido y sentía que había ganado, seguiría haciendo el trabajo de siempre, en la misma oficina, con la misma gente pero experimentaba un cambio interior.
“La empresa funciona por nuestro lado, seguro, los jefes quieren gente como yo, consecuente con su trabajo y no como los “loquitos” de al lado, esos sí que son un experimento”, pensó
Entonces Claudio, ya relajado, sonrió y caminando rápido se fue hacia su oficina de siempre pensando en el trabajo atrasado y en que las judías eran una excelente excusa de su tardanza.

Noticias felinas II, el regreso

Sigo con las novedades gatunas, al final Minona salió muy bien de la operación pero fue solucionado el 50% del tema, se la operó del diafragma y se le separaron los órganos que tenía unidos por una membrana. Ahora tienen que operarla para unirle el conducto del kilo (o quilo) para que los nutrientes y las grasas vayan por el sitio que le corresponden. Todo muy técnico y seguramente algo inexacto. Pero lo importante es que está bien. La pequeña está muy bien, algo jodida con el cono pero acostumbrándose. Ultimamente estoy un poquito nulo de creatividad, así que me voy a comer un kiwi para la cabezota y a ver si escribo algo... abrazos y agradecimientos a todos.

Análisis Patrocinado: Relatalia, tu relato en red.

Hace tiempo que estaba esperando un agregador como este íntegramente en español. Nació una nueva página llamada Relatalia, donde se pueden publicar relatos directamente desde los propios blogs por intermedio de un enlace. Formando parte del universo uberum, con un diseño sencillo y “limpio”, fácil de utilizar, busca reunir a los escritores noveles que pululan por la red. Relatalia es eso: un conjunto de bloggers o de solo lectores (no es obligatorio tener blog) que comienzan a juntarse, a conocerse y a leerse en un espacio totalmente abierto a todos los estilos.
Formar parte de Relatalia es muy sencillo, solo hace falta inscribirse con un email válido para recibir la contraseña, desde ese momento ya se puede comenzar a enviar historias, relatos, poemas y cuentos.
La diferencia de este espacio radica en que los envíos son literatura y no solo noticias o crónicas, no es como otras páginas donde la gente manda noticias de medios masivos y los integrantes votan positivamente o –en su gran mayoría- negativamente. Aquí, en Relatalia no existe el spam ni tampoco los votos negativos. ¿Para qué?, si lo que leíste no te gusta, no lo votas y listo. La idea es muy sencilla, si escribes y quieres que te lean, tienes que mandar tus relatos.
Y no solo se trata de que solo te lean, la oportunidad que tienes de leer excelentes escritos está aquí. Además, puedes votarlos, comentar y hasta charlar por intermedio del Chat instantáneo (El café de Relatalia). En definitiva toda una comunidad de escritores y lectores de Internet.
Por el momento no existen votos mínimos o relatos en espera de ser publicados, todos los envíos van a portada y pueden ser valorados. Tiene una novedad que me gustó mucho llamado “relato al azar”, esto es: en la parte superior de la portada siempre está girando un relato elegido aleatoriamente, obviamente por estar en la parte superior tiene mas rotación que los demás y es más leído.
Me sorprendió la cantidad de gente que ya se inscribió o que simplemente leen como invitados, en una página muy nueva (menos de un mes) el nivel de lectura de un relato en un día puede superar las 50 lecturas.
En conclusión, funcionalidad, calidad y un muy buen lugar para relajarse leyendo buenos relatos inéditos y –por supuesto- para publicar los tuyos.
Bienvenida Relatalia!.

Si quieres un análisis de Zync como este,
Sé analizado en este blog a través de Zync

martes, 4 de diciembre de 2007

Noticias felinas

Continúo con esta especie de crónica de sucesos gatunos. Creo que me había quedado en que a la negrita pequeñita, Perla, se le había abierto un punto de la esterilización practicada, bueno, al final la limpiaron y la cosieron de nuevo. Como castigo piadoso evitador de lambeteadas y mordeduras, un cono de plástico en el cuello. Le jode bastante pero eso no le impide que tenga nuevos amiguitos como la lámpara de la mesita de noche. Esperemos que esta semana le saquen los puntos.
A la persa, Minona, hoy es el día de su operación. Ojalá que todo salga bien, rezaré al Dios Gato Egipcio, y vuelva a hacer lo mismo de siempre: dormir tranquila 16 horas diarias. Seguiré informando, gracias a todos los que se preocupan.

lunes, 3 de diciembre de 2007

El BUS, un buen lugar en mi barrio

Bueno gente, el siguiente post es publicidad, para que les voy a mentir. Pero publicidad recomendada, no cualquier cosa. Me gustaría que conozcan al bar de copas de mi barrio, al pub de mi amigo Rafa llamado BUS.
Está ubicado en Madrid justo a la salida del Metro de Ciudad Lineal, línea 5, en la calle Luva Nº 5 (es c/Luva y Alcalá, enfrente de la plaza). No tiene pérdida.
Claro que esta promoción no estaría completa si no hubiera un descuentito, pues eso: si imprimen esta entrada Rafa les descontará dinerito en copas (1€) y cerveza (0,50€), sumen y verán cuanto se ahorran. Buen ambiente, buen rollo y música por un tubo. Ah… me olvidaba, abren a las 13 horas, se puede comer alguna cosita y está abierto hasta la madrugada TODOS LOS DIAS (ya no hay excusas los días de semana). Acordate, imprimir este post y a pasarla bien!.
Si me ven, saluden. Y si alguien quiere hacer una quedada, avisen.

Un NO bien merecido

Ya ves lo que pasó. Tanto empecinamiento y tanta falta de tacto; tantos oídos sordos y tanta mala leche; hizo que te estrelles, contra la pared, pero bien estrellado. Antes me caías mejor, será por el socialismo, la unión de los latinoamericanos y hasta por los ataques al imperialismo, pero ya no te veo igual. Eres una sombra de lo que parecías ser, tú populismo me mostró tu verdadera cara. Yo que te defendía por tu lucha a favor del orgullo de ser latinoamericanos, de tu manera de enfrentarte cara a cara al poder político y económico. Ya lo jodiste todo, ya estiraste tanto la cuerda de la paciencia que se rompió, cansándonos, hartándonos. Y pese a todo pareces no darte cuenta y sigues hablando. No estuve de acuerdo con el poder monárquico y su manera de hacerte callar, pero parece que al final tendrá razón. ¡Cómo siento que unas cuantas buenas propuestas queden opacadas por una sed infinita de poder!, por qué?, para qué?. Si la reducción de jornada laboral me parece una de las propuestas más valientes y justas de los últimos años en Latinoamérica. Pero la jodiste por tus ansias de poder absoluto. Tu pueblo te contestó NO, incluso tus propios votantes. Espero que aprendas de una vez por todas. Tienes que elegir como quieres ser recordado, si como un presidente que quiso terminar con nuestros prejuicios de inferioridad latinoamericana o como el fantoche populista sediento de poder y egocentrismo. Ya veremos.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Cómo queremos a nuestras mascotas II

El pueblo quiere saber y si quiere yo les cuento. Me refiero a mi estrecha relación con los veterinarios por intermedio de mis gatas. El último boletín dice que el martes la operarán a Minona y que hay grandes posibilidades de que todo salga bien, pero por las dudas me cobran por anticipado. Mi otra gata que fue operada el lunes para esterilizarla se le abrió un punto, así que hoy va a su médico con Elena. Suerte que tiene un abono por un año, porque el gasto de la intervención de Minona ya es suficiente.
Seguiré informando en próximas ediciones y gracias por los mensajes de cariño de todos.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Otro meme: mi escritorio sosón

La Tia Doc me pasa un meme simpaticón: capturar una imagen de nuestro escritorio, claro que esto depende de no haber hecho una limpieza recientemente. Este es mi caso. Ahora tengo el escritorio sosito y aburridillo, pero el viernes era un auténtico Horror Vacui!. Ahí va igual y le paso el meme para curiosear a mis amigos (no lo dejen lindo que se nota, eh!):


Se lo paso a:
El hermano Montgolfier
Asados Argentinos
La nena
Doña paranoica

Cómo queremos a nuestras mascotas!

Es increíble como queremos a nuestras mascotas!. Hace un tiempo que estoy bastante liado, no solo de mi trabajo, sino realmente por la salud de una de mis gatas, lo que podría parecer un tema personal y frívolo me gustaría desarrollar desde la óptica del amor que uno le toma a nuestros animalitos de compañía, esos que pueden romper toda la casa pero si se acercan a por una caricia la reciben sin resentimiento, esos bichitos compradores que nos acompañan durante buena parte de nuestra vida, hacíendonos sentir queridos. A falta de pequeñitos humanos, para mí y Elena son nuestras hijitas y tengo muy claro que amamos a mis gatas y si tenemos que empeñar la tele lo haremos sin lugar a dudas.
Esperamos que Minona pase bien la operación (tiene el kilo –canal linfático- roto por una malformación de nacimiento que le inunda el pulmón y no la deja respirar) y que por favor se ponga buena como siempre, aunque tenga esa carita adorable de mala ostia. Y para ir terminando (al final me salió bastante personal, lo siento) tengo dos pensamientos de lunes en la oficina:
Primero: Gracias infinitas a toda la gente que tiene refugios y salva a los animales de gente que nunca los quiso. A la gentuza que abandona animales los maldigo con toda mi alma.
Y la segunda:
Tendría que haber sido veterinario, estos sí que ganan bien!

MINONA: La persa de Madrid

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket
Perlita: La más bebé de la casa (ya está un poco más grande!)

lunes, 19 de noviembre de 2007

Marihuana en el sótano del Ayuntamiento!

En un pueblo de Sevilla llamado El Coronil, fueron encontradas en el sótano del ayuntamiento plantas de marihuana en proceso de secado, supuestamente la habitación habría sido alquilada a una asociación de muy bien no se sabe qué.
Alertados por el fuerte olor a maría, la policía local rompió la puerta y se encontró con el regalito.
El alcalde Jerónimo Guerrero (PSOE), ha manifestado que "lo verdaderamente alarmante del caso no es el hecho de que este secadero de droga estuviese en dependencias municipales desde no se sabe el tiempo, sino lo verdaderamente grave es que en las plantas superiores de ese edificio se llevan a cabo las clases del Programa Ribete y del Aula de Música, a la que acuden numerosos jóvenes de la localidad".

Según algunas fuentes*, la verdadera causa del descubrimiento habría sido las sospechas despertadas ante el aumento desmedido de la originalidad y la creatividad en las clases de música, además del empecinamiento en tocar canciones de Bob Marley y como último hecho, que habría alertado a las autoridades, fue el continuo saqueo de las máquinas de comida al finalizar las clases.

*nada confirmadas

viernes, 16 de noviembre de 2007

Otra censura en Irán, ahora a Gabo

El régimen iraní (a que queda mejor decir "régimen" que gobierno) prohibió la reedición de Memoria de mis putas tristes del gran Gabriel García Márquez (a que queda bien escribir "gran" hablando de Gabo), el texto publicado en farsí pasó el primer control porque un experimentado censor cambió "putas" por "bellas" y nadie se dio cuenta. La nueva autorización para una reedición sumado a que el libro se agotó en tres semanas alertó a los retrógrados y se prohibió una nueva publicación. El Ministerio de (in)Cultura iraní despidió al censor (no se habla de latigazos, por suerte) y anunció medidas para el editor.
Fuentes anónimas y clandestinas afirmaron que el libro se va a vender aún más pero en las trastiendas. Para argumentar y darle más fuerza a esta censura un portavoz del Ministerio de Cultura y Orientación Islámica afirmó: "La publicación de este libro ha sido un error, cuando se publican 50.000 libros al año pueden ocurrir este tipo de errores", justificó. Este ministerio es el responsable de autorizar tanto los libros como los periódicos que se publican en Irán.
Imaginen si una revista hubiera publicado en la portada al presidente Mahmud Ahmadineyad manteniendo relaciones sexuales con su esposa. Acá en España multaron al dibujante y al guionista de El Jueves, por la caricatura de los príncipes con 3,000 euros a cada uno, en Irán.. mejor no imaginar que pasaría.
Pues nada nuevo de un país donde las libertades están un poco -como decirlo suavemente- jodidas.

Qué nos paguen por ayudar a no contaminar!

Antes de escribir esta entrada, voy a aclarar que no va en contra de nadie sino a favor mío y de millones de personas.
Estaba pensando que todos realmente podríamos luchar contra el cambio climático si las motivaciones fueran mejores, que todos sabemos que el planeta terminará extinguiéndose o por lo menos haciéndonos nuestras vidas insoportables, pero realmente todavía nos parece lejano y no hacemos nada en serio. Es como todo. Todos también sabemos que el tabaco produce cáncer y seguimos fumando; todos sabemos que el alcohol nos destroza el hígado y seguimos dándole a los drinkis; todos sabemos que Bush es un poco animalito y lo siguen votando. Así todo. Cuando algo no nos afecta cercanamente, “de verdad”, a nosotros mismos o a nuestras familias, cerramos los ojos decimos “así es la vida” y nos sumergimos en el mundo estupidizante de la tele.
Una pedazo de introducción para decir que quiero que me paguen más. A mí y a los millones de personas que utilizamos los servicios públicos para viajar, para salir, para ir a trabajar, para todo. ¿Por qué algunas empresas le pagan a sus empleados la gasolina del coche y a mi solo me pagan el abono transporte*?. Yo tengo otra idea: los que viajamos en transportes públicos contaminamos mucho menos que los que viajan en coche, ¿no sería justo que nos pagaran un plus por no contaminar?, si los países tienen cuotas de contaminación y hasta las compran y las venden, ¿por qué no estaría bien que se pagara a TODOS los que no contaminan, ya que no contribuimos a la polución.
¿O a los que viajan en bicicleta, casi kamikases en estas épocas de velocidad asesina, no habría que recompensarlos?. Estoy seguro que sí.
Y si me preguntan quien tiene que pagarlo, estoy convencido que tienen que ser las grandes compañías petroleras. Claro que estas argumentarían que entonces tendrán que aumentar sus precios, pero en esa otra lucha yo no me voy a meter.
No pasará mucho tiempo cuando a las petroleras les hagan pagar cánones por su lenta y progresiva destrucción de la tierra, cuando la gasolina escasee y los combustibles limpios por fin formen parte de nuestra vida cotidiana. Pero mientras tanto quiero que me paguen por no contaminar.
Fuera de discusión están las personas que dependen de su coche o transporte de pasajeros para trabajar, obviamente, a estos casos no me refiero, que ya bastante les cuesta lidiar con miles de coches para poder llevar dinero a sus casas.
Pero ya sea porque estamos conscientizados con la vida, por militancia propagandística, por ejercicio (caminar, bici), por vaguería, por no tener dinero para comprar un coche o por simplemente no tener ganas de conducir (mi caso). Todos tenemos que luchar para que valoren a los que contaminamos menos.
Terminando esta entrada, me doy cuenta que sí voy en contra de alguien: de las empresas que se benefician exprimiendo al planeta, sacándole todo su jugo y vendiéndolo. Pero si el sol y el viento es gratis, coño!

*Aviso a navegantes latinoamericanos: En España (y en otros países europeos) por no tanto dinero podés viajar en metro, autobús y tren urbano las veces que quieras (al mes) por tu ciudad y alrededores.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

¿Estamos locos? ¿o qué?

Viendo ayer lo que ocurrió en una manifestación en mi país, me pareció que vivía en un mundo totalmente diferente. Me refiero a la terrible batalla campal entre la policía (siempre amiga del jarabe de palo) y los transportistas (siempre amigos de los dinosaurios sindicalistas y sus favoritismos) en una protesta contra la implementación del carnet de conducir por puntos. Al principio no entendí las imágenes, pensé que se trataba de otra carga policial contra manifestantes que tiraban piedras, hechos y sucesos bastante comunes por los sures latinoamericanos. Pero no, o más o menos. Era una represión policial contra una protesta sin sentido. ¿Qué protestaban los transportistas? Que se les iba a exigir que no cometan infracciones para que no perdieran puntos.
La manifestación no tenía sentido. Acá en España el sistema de puntos funciona hace más de un año y aparte de disminuir los muertos (tampoco es la panacea, no se vayan a creer) casi nadie se quejó, todo el mundo lo aceptó como una obligación impuesta para tener que conducir mejor, si no es por la seguridad por lo menos sea con el castigo al registro y al bolsillo. Algunos camioneros, por ejemplo, se quejaron que tenían que conducir más rápido (con su respectiva infracción al límite de velocidad) porque les exigían horarios a cumplir, pero aparte de casos puntuales y de protestas caídas en sacos rotos, la ley es para todos los conductores, para el novato, para el experto, para el dominguero, para el autobusero, para el motero y hasta para el conductor del camión de Coca Cola, para todos.
Hoy el periódico Clarín, mediante una encuesta, dejó claro la postura de toda la población.


Esta encuesta me deja algunas conclusiones:
1) La gran mayoría piensa que si conduce bien, no hay nada que perder.
2) Los transportistas alcahuetes (para los demás está bien) son solo un 1,9%.
3) Hay casi un 10% que lo de salir y no conducir después de un whiscacho no lo llevan muy bien.

En definitiva, los “profesionales del volante” de Argentina no se tendrían que preocupar de nada, todo depende de ellos, conduzcan bien y todos los puntitos se quedarán en el carnecito. Y para los que no teniendo un camión no aceptan el carnet por puntos, ya saben, practican bicicleta o a caminar!, que hace tan bien!.

lunes, 12 de noviembre de 2007

3ª y última parte de Ciao, Verona. Julio Cortázar

Ahora sí. La 3ª y última entrega del relato de Don Julio. Iba a publicarla mañana pero pensé en "no hagas lo que no quieres que te hagan a ti" así que hoy ya se pueden ir a la cama habiendo leído todo.

Ciao, Verona. Julio Cortázar. Ultima parte.

Viene del anterior post...
Así escrito parece difícil, improbable, pero después lo pasamos bien aquella tarde, éramos eso, ves, y por la noche hubo el descubrimiento de una trattoría en una calleja, la gente amable y riente a la hora de la difícil elección entre lasagne y tortellini; puedo decirte que también hubo un concierto de arias de ópera donde discutimos voces y estilos, un autobús que nos llevó a un pueblo cercano donde nos perdimos. Era ya el cuarto día, después de un viaje hasta Vicenza para visitar el teatro olímpico del Palladio, allí busqué un bolso de mano y Javier me ayudó y finalmente lo eligió por mí tratándome de Hamlet de barraca de feria, y yo le dije que nunca había podido decidirme en seguida y él me miró apenas, hablábamos de compras pero él me miró y no dijo nada, eligió por mí, prácticamente ordenando a la vendedora que empaquetara el bolso sin darme más tiempo a dudar, y yo le dije que me estaba violando, se lo dije así, Lamia, sin pensarlo se lo dije y él volvió a mirarme y comprendí y hubiera querido que olvidara, era tan inútil y tan de tu lado decirle una cosa así, le di las gracias por haberme sacado de esa tienda donde olía podridamente a cuero, al otro día fuimos a Mantua para ver los Giulio Romano del Palacio del Té, un almuerzo y otros Campari, las cenas de vuelta en Verona, las buenas noches cansadas y soñolientas en el pasillo donde él me acompañaba hasta la puerta de mi cuarto y allí me besaba livianamente y me daba las gracias, se volvía a su cuarto casi pared por medio, insomnio por medio vaya a saber qué consuelos bastardos entre dos cigarrillos y la resaca del coñac.
Nada había sucedido que me diera el derecho de volverme antes a Ginebra, aunque nada tenía ya sentido puesto que el pacto era como un barco haciendo agua, una doble comedia lastimosamente amable en la que de veras nos reíamos, estábamos contentos por momentos y por momentos lejanamente juntos, tomados del brazo en las callejas y los puentes. También él debía desear el regreso a Londres porque el balance estaba hecho y no nos dejaba el menor pretexto para un encuentro en otra Verona del futuro, aunque tal vez hablaríamos de eso ahora que éramos buenos amigos como ves, Lamia, tal vez fuera Ámsterdam dentro de cinco meses o Barcelona en primavera con todos los Gaudí y los Joan Miró para ir a ver juntos. No lo hicimos, ninguno de los dos adelantó la menor alusión al futuro, nos manteníamos cortésmente en ese presente de pizza y vinos y palacios, llegó el último día después de pipas y paseos y esa tarde en que nos perdimos en un pueblo cercano y hubo que andar dos horas por senderos entre bosques buscando un restaurante y una parada de ómnibus. Los calcetines eran espléndidos, elegidos por mí para que Javier no reincidiera en sus tendencias abigarradas que le quedaban tan mal, y el paraguas sirvió para protegernos de la llovizna rural y anduvimos bajo el frío del atardecer oliendo a gamuza mojada y a cigarrillos, amigos en Verona hasta esa noche en que él tomaría su tren a las once y yo me quedaría en el hotel hasta la mañana siguiente. La víspera Javier había soñado conmigo pero no me había dicho nada, sólo supe de su sueño dos meses después cuando me envió a Ginebra y me lo dijo, cuando me envió esa última carta que no le contesté como tampoco tú me contestarás ésta, dentro de la justa necesaria simetría que parece ser el código del infierno. Gentil como siempre, quiero decir estúpido como siempre, no me habló del sueño del último día aunque debía carcomerle el estómago, un sordo cangrejo mordiéndolo mientras comíamos las delicias del último almuerzo en la trattoría preferida. Creo que nada hubiera cambiado si ese día Javier me hubiese hablado del sueño, aunque acaso sí, acaso yo habría terminado por darle mi cuerpo reseco como una limosna o un rescate, solamente para que no se fuera con la boca amarga de pesadilla, con la sonrisa fija del que tiene que mostrarse cortés hasta la última hora y no manchar el pacto de Verona con otra inútil tentativa. Ah Lamia, anoche releí estas páginas porque te escribo fragmentariamente, pasan días y nubes en la cabaña mientras te voy escribiendo este diario de improbable lectura, y entonces soy yo quien las relee y eso significa verme de otra manera, enfrentar un espejo que me muestra fría y decidida frente a una torpe esperanza imposible. Nunca lo traicioné, Lamia, nunca le di una máscara a besar, pero ahora sé que su sueño de alguna manera contenía Ginebra, el no haber sido capaz de decirle la verdad cuando su deseo era más fuerte que su instinto (words, words, words?), cuando le cedí dos veces mi cuerpo para nada, para oírlo llorar con la cara hundida en mi pelo. No era traición, te digo, simplemente imposibilidad de hablarle en ese terreno y también la vaga esperanza de que acaso encontraríamos un contento, una armonía, que tal vez más tarde empezaría otra manera de vivir, sin mutaciones espectaculares, sin conversión aconsejable, simplemente yo podría decirle entonces la verdad y confiar en que comprendiera, que me quisiera así, que me aceptara en un futuro don quizá habría también placer. Ves, su impotente desconcierto, su doble fiasco habría de asomar en el sueño de Verona ahora que sabía mi interminable inútil esperanza de ti, de mi antagonista semejante, de mi doble cara a cara y boca a boca, del amor que acaso estás dándole a tu presa del momento allí donde te hayan llegado estos papeles.
¿Quieres oír el sueño? Te lo diré con sus palabras, no las copio de su carta sino de mi memoria donde giran como una mosca insoportable y vuelven y vuelven. Es él quien lo cuenta: Estábamos enana cama, tendidos sobre un cobertor y vestidos, era evidente que no habíamos hecho el amor, pero a mí me desconcertaba el tono trivial de Mireille, sus casi frívolas referencias al largo silencio que había habido entre nosotros durante meses. En algún momento le pregunté si no había leído mi carta enviada desde Londres mucho después del último encuentro, del último desencuentro en Ginebra. Su respuesta era ya la pesadilla: no, no la había leído (y no le importaba, evidentemente): desde luego la carta había llegado porque en la oficina le habían dicho que un sobre alargado, pero ella no había bajado a buscarla, probablemente estaba todavía allí. Y mientras me lo decía con una tranquila indiferencia, la delicia de haberme encontrado otra vez con ella, de estar tendido a su lado sobre ese cobertor morado o rojo empezaba a mezclarse con el desconcierto frente a su manera de hablarme, su displicente reconocimiento de una carta no buscada, no leída.
Un sueño al fin, los cortes arbitrarios de esos montajes en que todo bascula sin razón aparente, tijeras manejadas por monos mentales y de golpe estábamos en Verona, en el presente y en San Zeno pero era una iglesia a la española, un vasto pastiche con enormes esculturas grotescas en los portales que franqueábamos para recorrer las naves, y sin transición estábamos otra vez en una cama pero ahora en la misma iglesia, detrás de un gigantesco altar o acaso en una sacristía. Tendidos en diagonal, sin zapatos, Mireille con un abandono satisfecho que nada tenía que ver conmigo. Y entonces mujeres embozadas se asomaban por una puerta estrecha y nos miraban sin hablar, se miraban entre ellas como si no lo creyeran, y en ese segundo yo comprendía el sacrilegio de estar allí en una cama, hubiera querido decírselo a Mireille y cuando iba a hacerlo le veía de lleno la cara, me daba cuenta de que no solamente lo sabía sino que era ella quien había orquestado el sacrilegio, su manera de mirarme y de sonreír eran la prueba de que lo había hecho deliberadamente, que asistía con un gozo innominable al descubrimiento de las mujeres, a la alarma que ya debían haber dado. Sólo quedaba el frío horror de la pesadilla, tocar fondo y medir la traición, la trampa última. Casi innecesario que las mujeres hicieran señas de complicidad a Mireille, que ella riera y se levantara de la cama, caminara sin zapatos hasta reunirse con ellas y perderse tras la puerta. El resto como siempre era torpeza y ridículo, yo tratando de encontrar y ponerme los zapatos, creo que también el saco, un energúmeno vociferando (el intendente o algo así), gritándome que yo había sido invitado a la ciudad pero que después de eso era mejor que no fuera a la fiesta del club porque sería mal recibido. En el instante de despertarme se daban al mismo tiempo la necesidad rabiosa de defenderme y lo otro, lo único importante, el indecible sentimiento de la traición tras de lo cual no quedaba más que ese grito de bestia herida que me sacó del sueño.
Tal vez hago mal en contarte esto que conocí mucho después, Lamia, pero tal vez era necesario, otra carta de la baraja, no sé. El último día de Verona empezó apaciblemente con un largo paseo y un almuerzo lleno de caprichos y de bromas, vino la tarde y nos instalamos en el cuarto de Javier para las últimas pipas y una renovada discusión sobre Marguerite Yourcenar, créeme que yo estaba contenta, finalmente éramos amigos y el pacto se cumplía, hablamos de Ingmar Bergman y ahí sí, creo, me dejé llevar por lo que tú hubieras apreciado infinitamente y en algún momento (es curioso cómo se me ha quedado en la memoria aunque Javier disimuló limpiamente algo que debía llegarle como una bofetada en plena cara) dije lo que pensaba de un actor norteamericano con el que habría de acostarse Liv Ullmann en no sé cuál de las películas de Bergman, y se me escapó y lo dije, sé que hice un gesto de asco y lo traté de bestia velluda, dije las palabras que describían al macho frente a la rubia transparencia de Liv Ullmann y cómo, cómo, dime cómo, Lamia, cómo podía ella dejarse montar por ese fauno untado de pelos, dime cómo era posible soportarlo, y Javier escuchó y un cigarrillo, sí, el recuento de otras películas de Bergman, La vergüenza, claro, y sobre todo El séptimo sello, la vuelta al diálogo ya sin pelos, el escollo mal salvado, yo iría a descansar un rato a mi pieza y nos encontraríamos para la última cena (ya está escrito, ya te habrás sonreído, dejémoslo así) antes de que él se fuera a la estación para su tren de las once.
Aquí hay un hueco, Lamia, no sé exactamente de qué hablábamos, había anochecido y las lámparas jugaban con los halos del humo. Solo recuerdo gestos y movimientos, sé que estábamos un poco distantes como siempre antes de una despedida, sé también que no habíamos hablado de un nuevo encuentro, que eso esperaba el último momento si es que realmente esperaba. Entonces Javier me vio levantarme para volver a mi cuarto y vino hacia mí, me abrazó mientras hundía la cara en mi hombro y me besaba en el pelo, en el cuello, me apretaba duramente y era un murmullo de súplica, las palabras y los besos una sola súplica, no podía evitarlo, no podía no amarme, no podía dejarme ir de nuevo así. Era más fuerte que él, por segunda vez rompía el pacto y lo destruía todo si ese todo significaba todavía algo, no podía aceptar que lo rechazara como lo estaba rechazando, sin decirle nada pero helándome bajo sus manos, helándome Liv Ullmann, sintiéndolo temblar como tiemblan los perros mojados, los hombres cuando sus caricias se pudren sobre una piel que los ignora. No le tuve lástima como se la tengo ahora mientras te escribo, pobre Javier, pobre perro mojado, pudimos haber sido amigos, pudimos Ámsterdam o Barcelona o una vez más los quintetos de Brahms en la cabaña, y tenías que estropearlo de nuevo entre balbuceos de una ya innoble esperanza, dejándome tu saliva en el pelo, la marca de tus dedos en la espalda.
Me olvido casi de que te estoy escribiendo a ti, Lamia, sigo viendo su cara aunque no quería mirarlo, pero cuando abrí mi puerta vi que no me había seguidos esos pocos pasos, que estaba inmóvil en el marco de su puerta, pobre estatua de sí mismo, espectador del castillo de naipes cayendo en una lluvia de polillas.
Ya sé lo que quisieras preguntarme, qué hice cuando me quedé sola. Me fui al cine, querida, después de una muy necesaria ducha me fui al cine a falta de mejor cosa y pasé delante de la puerta de Javier y bajé las escaleras y me fui al cine para ver una película soviética, ése fue mi último paseo dentro del pacto de Verona, una película con cazadores en la zona boreal, heroísmo y abnegación y por suerte nada pero absolutamente nada de amor, Lamia, dos horas de paisajes hermosos y tundras heladas y gente llena de excelentes sentimientos. Volví al hotel a las ocho de la noche, no tenía hambre, no tenía nada, encontré bajo mi puerta una nota de Javier, imposible irse así, estaba en el bar esperando la hora del tren, te juro que no te diré una sola palabra que pueda molestarte pero ven, Mireille, no puedo irme así. Y bajé, claro, y no era un bello espectáculo con su valija al lado de la mesa y un segundo o tercer whisky en la mano, me acercó un sillón y estaba muy sereno y me sonreía y quiso saber qué había hecho y yo le conté de la película soviética, él la había visto en Londres, buen tema para un cuarto de hora de cultura estética y política, de un par de cigarrillos y otro trago. Le concedí todo el tiempo necesario pero aún le quedaba más de una hora antes de irse a la estación, le dije que estaba cansada y que me iba a dormir. No hablamos de otro encuentro, no hablamos de nada que hoy pueda recordar, se levantó para abrazarme y nos besamos en la mejilla, me dejó ir sola hacia la escalera pero escuché todavía su voz, solamente mi nombre como quien echa una botella al mar. Me volví y le dije ciao.
Dos meses después llegó su carta que no contesté, curioso pensar ahora que en su sueño de Verona había una carta que ni siquiera había leído. Da lo mismo al fin y al cabo, claro que la leí y que me dolió, era otra vez la tentativa inútil, el largo aullido del perro contra la luna, contestarla hubiera abierto otro interregno, otra Verona y otro ciao. Sabes, una noche sonó el teléfono en la cabaña, a la hora en que él en otro tiempo me llamaba desde Londres. Por el sonido supe que era una llamada de larga distancia, dije el “hola” ritual, lo repetí, tú sabes lo que se siente cuando alguien escucha y calla del otro lado, es como una respiración presente, un contacto físico, pero no sé, acaso uno se oye respirar a sí misma, del otro lado cortaron, nadie volvió a llamar. Nadie ha vuelto a llamar, tampoco tú, solamente me llaman para nada, hay tantos amigos en Ginebra, tantas razones idiotas para llamar por teléfono.
¿Y si en definitiva fuera Javier quien escribe esta carta, Lamia? Por juego, por rescate, por un último mísero patetismo, previendo que la leerás, que nada tienes que ver con ella, que la medalla te es ajena, apenas una razón de irónica sonrisa. ¿Quién podrá decirlo, Lamia? Ni tú ni yo, y él tampoco lo dirá, tampoco él. Hay como un triple ciao en todo esto, cada cual volverá a sus juegos privados, él con Hielen en la fría costumbre londinense, tú con tu presa del día y yo que escucho a Brahms cerca de un fuego que no reemplaza nada, que es solamente un fuego, la ceniza que avanza, que veo ya como nieve entre las brasas, en el anochecer de mi cabaña sola.
FIN

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Ya se habrán enterado que la pastera sobre el río Uruguay comenzó a funcionar durante el fin de semana, mientras que los presidentes de Argentina y de Uruguay se abrazaban. Para poner un tinte tragicómico al asunto, los ambientalistas argentinos no pierden el tiempo, aprovechando que el dominio aún no estaba comprado por la empresa finlandesa, la hicieron ellos. Imperdible

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Ciao, Verona. Julio Cortázar. 2ª parte

Acá va la 2ª parte, tengan paciencia que después de esta entrada viene la 3ª y última parte. Sigan disfrutando.

Ciao, Verona. Julio Cortázar. 2ª parte

Viene del anterior post
Veo cómo podría no verla, tu sonrisa entre maligna y compasiva, te imagino encogiéndote de hombros y acaso dando a leer mi carta a la que bebe o fuma a tu lado, tregua amable en una siesta de almohadas y murmullos. Me expongo a tu desprecio o a tu lástima, pero a esa hora él era como un puerto después de ti en Ginebra. Su mano en mi brazo (“¿estás bastante abrigada, no te molesta la lluvia”?) me guiaba al azar por una ciudad que yo conocía mejor que él hasta que en algún momento le mostré el camino, bajamos a la Piazza delle Erbe y fueron el rojo y el ocre, la discusión sobre el gótico, el dejarse llevar por la ciudad y sus vitrinas, disentir sobre las tumbas de los Escalígeros, él sí y yo no, la deriva deliciosa por callejas sin destino preciso, el primer almuerzo allí donde yo había comido mariscos alguna vez y no los encontraría ahora pero qué importaba si el vino era bueno y la penumbra nos dejaba hablar, nos dejaba mirarnos sin la doble humillación de las últimas miradas en Ginebra. Lo encontré el de siempre, dulce y un poco brusco al mismo tiempo, la barba más corta y los ojos más cansados, las manos huesudas triturando un cigarrillo antes de encenderlo, su voz en la que había también una manera de mirarme, una caricia que sus dedos no podían ya tender hasta mi cara. Había como una espera tácita y necesaria, un lento interregno que llenábamos de anécdotas, trabajos y viajes, recuento de vidas separadas corriendo por países distantes, Hielen evocada pasajeramente porque él siempre había sido leal conmigo y tampoco ahora callaba su pequeña historia sin salida. Nos sentimos bien mientras bebíamos el café y la grappa (sabes que soy experta en grappa y él aceptó mi elección y la aprobó con un gesto infantil, tímidamente pasando un dedo por mi nariz y recogiendo la mano como si yo fuera a reprochárselo); ya entonces habíamos comparado planos y preferencias, yo habría de guiarlo por palacios e iglesias y además él necesitaba un paraguas y pañuelos y también quería mi consejo para comprar calcetines porque ya se sabe que en Italia. Amigos, sí. Derivando otra vez, buscando San Zeno y cruzando nuestro primer puente con un sol inesperado que temblaba frío y dudoso en las colinas.

Cuando volvimos al hotel con proyectos de paseo nocturno y cena suntuosa, jugando a ser turistas y a tener por fin un largo tiempo sin oficinas ni obligaciones, Javier me invitó a beber un trago en su habitación y yo convertí su cama en un diván mientras él abría una botella de coñac y se sentaba en el único sillón para mostrarme libros ingleses. Sentíamos pasar la tarde sin premura, hablábamos de Verona, los silencios se abrían necesarios y bellos como esas pausas en una música que también son música; estábamos bien, podíamos mirarnos. En algún momento yo debería hablar, por eso sobre todo habíamos venido a Verona pero él no hacía preguntas, puerilmente asombrado de verme ahí, sintiéndome otra vez tan cerca, sentada a lo yoga en su cama. Se lo dije, esperaríamos a mañana, hablaríamos; él bajó la cabeza y dijo sí, dijo no te preocupes, hay tiempo, déjame estar tan bien así. Por todo eso fue bueno volver a mi cuarto al anochecer, perderme largo rato en una ducha y mirar los tejados y las colinas. No me creas más ingenua de lo que soy esa tarde había sido lo que Javier, inexplicablemente entusiasta del boxeo, hubiera llamado el primer round de estudio, la cortesía sigilosa de quienes buscan o temen los flancos peligrosos, el brusco ataque frontal, pero detrás de la cordura se agazapaba tanto sucio pasado; ahora solamente esperábamos, cada cual de su lado, cada cual en su rincón.

El otro día llegó después de caminar con frío y jugando, Chianti y mariscos, el Adige crecido y gentes cantando en las plazas. Ah Lamia, es difícil escribir frases legibles cuando lo que quiero reconstruir para ti –para qué para ti, ajena y sarcástica- contiene ya el final y el final no es más que palabras mezcladas y confusas, ciao por ejemplo, esa manera de saludar o despedirse indistintamente, o botón, pipa, rechazo, cine soviético, última copa whisky, insomnio, palabras que me lo dicen todo pero que es preciso alisar, conectar con otras para que comprendas, para que el discurso se tienda en la página como las cosas se tendieron en el tiempo de esos días. Botón por ejemplo, llevé una camisa de Javier a mi cuarto para coserle un botón, o pipa, ves, al otro día después de vagar por el mercado de la piazza delle Erbe pasó que él me miró con esa cara lisa y nueva con que me miraba como deben mirar los boxeadores en el primer round, convencido acaso de que todo estaba bien así y que todo seguiría sin cambios en esa nueva manera de mirarnos y de andar juntos, y después tuvo una gran sonrisa misteriosa y me dijo que ya estaba enterado, que me había visto buscar en mi bolso cuando charlábamos en su cuarto, mi gesto un poco desolado al descubrir que me había dejado la pipa en Ginebra, mi placer de las tardes junto al fuego en la cabaña cuando escuchábamos Brahms, mi cómica enternecedora hermosa semejanza con George Sand, mi gusto por el tabaco holandés que él detestaba, fumador de mezclas escocesas, y no podía ser, era absolutamente necesario que esa tarde encendiéramos al mismo tiempo nuestras pipas en su cuarto o en el mío, y ya había mirado las vitrinas mientras paseábamos y sabía a donde debíamos ir para que yo eligiera la pipa que iba a regalarme, el paquete de horrible tabaco que no era más que una de mis aberraciones, sentir que eran tan feliz diciéndomelo, jugando conmigo a que yo me conmoviera y aceptara su regalo y entre los dos sopesáramos largamente las pipas hasta encontrar la justa medida y el justo color. Volvimos a instalarnos en su cuarto, los pequeños rituales se repitieron acompasadamente, fumamos mirándonos con aire apreciativo, cada cual su tabaco pero un mismo humo llenando poco a poco el aire mientras él callaba y su mano venía un segundo hasta mi rodilla y entonces sí, entonces era la hora de decirle lo que él ya sabía, torpemente pero al fin decírselo, poner en palabras y pausas eso que él tenía que saber de alguna manera aunque creyera no haberlo sabido nunca. Cállate, Lamia, cállate esa palabra de burla que siento venir a tu boca como una burbuja ácida, no me dejes estar tan sola en esa hora en que bajé la cabeza y él comprendió y puso en el suelo la pequeña lámpara para que sólo el fuego de nuestras pipas ardiera alternativamente mientras yo no te nombraba pero todo estaba nombrándote, mi pipa, mi voz como quemada por la pena, la simple horrible definición de lo que soy frente a quien me escuchaba con los ojos cerrados, acaso un poco pálido aunque siempre la palidez me pareciera un simple recurso de escritores románticos.

De él no esperaba más que una admisión y acaso, después, que me dijera que estaba bien, que no había nada que decir y nada que hacer frente a eso. Ríete triunfalmente, dale a tu perversa sapiencia el cauce que te pide ahora. Porque no fue así, por supuesto, solamente su mano otra vez apretando mi rodilla como una aceptación dolorosa, pero después empezaron las palabras mientras yo me dejaba resbalar en la cama y me aferraba al último resto de silencio que él destruía con su apagado soliloquio. Ya en Ginebra, en el otro contexto, lo había oído abogar por una causa perdida, pedirme que fuera suya porque después, porque nada podía estar dicho ni ser cierto antes, porque la verdad empezaría del otro lado, al término del viaje de los cuerpos, de su lenguaje diferente. Ahora era otra cosa, ahora él sabía (pero lo había sabido antes sin de veras saberlo, su cuerpo lo había sabido contra el mío y ésa era mi falta, mi mentira por omisión, mi dejarlo llegar dos veces desnudo a mi desnuda entrega para que todo se resolviera en frío y vergüenza de amanecer entre sábanas inútiles), ahora él lo sabía por mí y no lo aceptaba, bruscamente se erguía y se apretaba a mí para besarme en el cuello y en el pelo, no importa que sea así Mireille, no sé si es verdad hasta ese punto o solamente un filo de navaja, un caminar por un techo a dos aguas, quizá quieres librarme de mi propia culpa, de haberte tenido entre los brazos y solamente la nada, el imposible encuentro. Cómo decirle que no, que acaso sí, cómo explicarle y explicarme mi rechazo más profundo fingiéndose tan sólo timidez y espera, algo como un cuerpo de virgen contraído por los pavores de tanto atavismo (no te rías, pantera de musgo, qué otra cosa puedo hacer que alinear estas palabras), y decirle a la vez que mi rechazo no tenía remedio, que jamás su deseo se abriría paso en algo que le era ajeno, que solamente pudo haber sido tuyo o de otra, tuyo o de cualquiera que hubiese venido a mí con un abrazo de perfecta simetría, de senos contra senos, de hundido sexo contra hundido sexo, de dedos buscando en un espejo, de bocas repitiendo una doble alternada succión interminable.

Pero son tan estúpidos, Lamia, ahora sí puedes estallar en la carcajada que te quema la garganta, qué se puede esperar o hacer frente a alguien que retrocede sin retroceder, que acata la imposibilidad a la vez que se rebela inútilmente. Ya sé, a eso le estás llamando esperanza, si estuvieras conmigo me mirarías irónica, preguntarías entre dos bocanadas de Chesterfield s a pesar de todo yo esperaba de mí algo como una mutación, lo que él había llamado caminar sobre un techo a dos aguas y entonces resbalar por un momento a su lado; su a pesar de tantos años de solitaria confirmación todavía esperaba un margen suficiente como para darme y dar una breve felicidad de llamarada. ¿Qué te puedo decir? Que sí, acaso, que acaso en ese momento lo esperé, que él estaba allí para eso, para que yo lo esperara, pero que para esperarlo tenía que pasar otra cosa, un rechazo total de la amistad y la cortesía y Verona by night y el puente Risorgimiento que su mano saltara de mi rodilla a mis senos, se hundiera entre mis muslos me arrancara a tirones la ropa, y en cambio él era el perfecto emblema del respeto, su deseo se mecía en humo y palabras, en esa mirada de perro bueno, de mansa desesperada esperanza, y solamente pedirme que fuera más allá, pedírmelo como el caballero que era, rogarme que diera el salto tras del cual podía nacer al fin la alegría, que en ese mismo instante me desnudara y me diera ahí en esa cama y en ese instante, que fuera suya porque solamente así sabríamos lo que iba a venir, la orilla opuesta del verdadero encuentro. Y no, Lamia, entonces no, si en ese segundo yo no era capaz de saber lo que sucedería si sus manos y su boca cayeran sobre mí como el violador sobre su presa, en cambio yo misma no haría el primer gesto de la entrega, mi mano no bajaría al cierre de mis pantalones, al broche del corpiño. Mi negativa fue escuchada desde un silencio donde todo parecía hundirse, la luz y las caras y el tiempo, me acarició apenas la mejilla y bajó la cabeza, dijo que comprendía, que una vez más era su culpa su inevitable manera de echarlo todo a perder, otro coñac, acaso, irse a la calle como una manera de olvido o de recomienzo Verona, de recomienzo pacto. Le tuve tanta lástima, Lamia, nunca lo había deseado menos y por eso podía tenerle lástima y estar de su lado y mirarme desde sus ojos y odiarme y compadecerlo, vámonos a la calle, Javier, aprovechemos la última luz, admiremos el improbable balcón de Julieta, hablemos de Shakespeare, tenemos tantas cosas para hablar a falta de música, cambiemos Brahms por un Campari en los cafecitos del centro o vayamos a comprar tu paraguas, tus calcetines, es tan divertido comprar calcetines en Verona.
Ya ves, ya ves, son tan estúpidos, Lamia, pasan como topos al lado de la luz. Ahora que recuerdo, que reconstruyo nuestro diálogo con esa precisión que me ha dado el infierno bajo forma de memoria, sé que él dejó pasar todo lo importante, que el pobre estaba tan desarmado tan deshecho tan desolado que no se le ocurrió lo único que le quedaba por hacer, ponerme cara a cara contra mí misma, obligarme a ese escrutinio que en otros planos hacemos diariamente ante nuestro espejo, arrancarme las máscaras de lo convencional (eso que siempre me reprochaste, Lamia), del miedo a mí misma y a lo que puede venir, la aceptación de los valores de mamá y papá (“ah, por lo menos sabes que ellos y el catecismo te dictan las conductas”, otra vez tú, por supuesto), y así sin lástima como la forma más extrema y más hermosa de la lástima irme llevando al grito y al llanto, desnudarme de otra manera que quitándome la ropa, invitándome al salto, a la implosión y al vértigo, quitándome la máscara Mireille mujer para que él y yo viéramos al fin la verdadera cara de la mujer Mireille, y decidir entonces pero no ya desde las reglas del juego, decirle vete de aquí ahora mismo o sentir que teníamos tantos días por delante para hundirnos el uno en el otro, bebernos y acariciarnos, los sexos y las bocas y cada poro y cada juego y cada espasmo y cada sueño ovillado y murmurante, ese otro lado al que él no era capaz de lanzarme. ¿Qué hubiéramos perdido, qué hubiéramos ganado? La ruleta de la cama, ahí donde yo seguía sentada todavía, el rojo o el negro, el amor de frente y de espaldas, la ruta de los dedos y las lenguas, los olores de mareas y de pelo sudado, los interminables lenguajes de la piel. Todo lo que enumero sin verdaderamente conocerlo, Lamia, todo lo que tú no quisiste nunca darme y que yo no supe buscar en otras, barrida y destrozada por las lejanas inepcias de la juventud, la estúpida iniciación forzada en un verano provincial, la reiterada decepción frente a esa llaga incurable en la memoria, el temor de ceder al deseo descubierto un a tarde en una galería de Lausanne, la parálisis de toda voluntad cuando sólo se podía hacer una cosa, asentir a la pulsión que me golpeaba con su ola verde frente a esa chica que bebía su té en la terraza, ir a ella y mirarla, ir a ella y ponerle la mano en el hombro y decirle como tú lo haces, Lamia, decirle simplemente: te deseo, ven.
Pero no, son estúpidos, Lamia, en esa hora en que pudo abrirme como una caja donde esperan flores, como la botella donde duerme el vino, una vez más se retrajo sumiso y cortés, comprendiendo (comprendiendo lo que no bastaba comprender, Lamia, lo que había que forzar con una espléndida marea de injurias y de besos, no hablo de seducción sexual, no hablo de caricias eróticas, lo sabes de sobra), comprendiendo y quedándose en la comprensión, perro mojado, topo inane que sólo sería capaz de escribir de nuevo alguna vez lo que no había sabido vivir, como ya lo había hecho después de Ginebra para tu especial delectación de hembra de hembras, tú la plenamente señora de ti misma mirándonos y riéndote, imposible amor mío triunfando una vez más sin saberlo en una pieza de un hotel de Verona, ciudad de Italia.

Relato inédito de Cortázar: Ciao, Verona. 1ª parte.

Ya está el texto completo del relato, se imaginarán que si no fue publicado antes en la página de El País, es porque tiene derechos, pero como ya pasaron 30 años. espero que los descendientes de Don Julio, no se me enojen por publicarlo. El texto obviamente es para leerlo y disfrutarlo, y no para comerciarlo. Espero que les gusté, a mí me fascinó. Lo publicaré por partes para que no me pete el blog. Acá va.

CIAO, VERONA
Julio Cortázar
Publicado en Babelia – El País – 03-11-07

-Tu n’a pas su me conquérir –prononça
Vally, lentement-. Tu n’a eu ni la force,
Ni la patience, ni le courage de vaincre
Mon repliement hostile vis-à-vis de l’etre
Qui veut me dominer

-Je ne l’ignore point, Vally. Je ne
formule pas le plus légère reproche, la
plus légère plainte. Je te garde
l’inexprimable reconnaissance de m’avoir
inspiré cet amour que je n’ai point su te
faire partager.

Renée Vivien, Une femme m’apparut...


Fue en Boston y en un hotel con pastillas. Lamia Maraini, treinta y cuatro años. A nadie le sorprendió demasiado, algunas mujeres lloraron en ciudades lejanas, la que vivía en Boston se fue esa noche a un night-club y lo pasó padre (así se lo dijo a una amiga mexicana). Entre los pocos papeles de la valija había tarjetas postales con solamente nombre de pila y una larga carta romántica fechada meses antes pero apenas leída, casi intocable en el ancho sobre azul. No sé, Lamia – una escritura redonda y aplicada, un poco lenta pero viniendo evidentemente de alguien que no hacia borradores-, no sé si voy a enviarte esta carta, hace ya tanto que tu silencio me prueba que no las lees y yo nunca aprendí a enviarte notas breves que acaso hubieran despertado un deseo de respuesta, dos líneas o uno de esos dibujos con flechas y ranitas que alguna vez me enviaste desde Ischia, desde Managua, descansos de viaje o maneras de llenar una hora de hastío con una mínima gentileza un poco irónica.

Ves, apenas empiezo a hablarte se siente –tú lo sentirás más que yo y rechazarás esta carta con un malhumor de gata mal despierta- que no podré ser breve, que cuando empiezo a hablarte hay como un tiempo abolido, es otra vez la oficina del CERN y las lentas charlas que nos salvaban de la bruma burocrática, de los papeles como polvorientos sobre nuestros escritorios, urgente, traducción inmediata, el placer de ignorar un mundo al que nunca pertenecimos de veras, la esperanza de inventarnos otros sin prisa pero tenso y crispado y lleno de torbellinos e inesperadas fiestas. Hablo por mí, claro, tú no lo viste nunca así pero cómo podía yo saberlo entonces Lamia, cómo podía adivinar que al hablarme te estabas como peinando o maquillando siempre sola, siempre vuelta hacia ti, yo tu espejo Mireille, tu eco Mireille, hasta el día en que abrieras la puerta del fin de tu contrato y saltaras a la vida calle afuera, aplastaras el pie en el acelerador de tu Porsche que te lanzaría a otras cosas, a lo que ahora estarás viviendo sin imaginarme aquí escribiéndote.

Digamos que te hablo para que mi carta llene una hora hueca, un intervalo de café que alzarás la vista entre frase y frase para mirar cómo pasa la gente, para apreciar esas pantorrillas que una falda roja y unas botas de blando cuero delimitan impecablemente. ¿Dónde estás, Lamia, en qué playa, en qué cama, en qué lobby de hotel te alcanzará esta carta que entregaré a un empleado indiferente para que le ponga los sellos y me indique el precio del franqueo sin mirarme, sin más que repetir los gestos de la rutina? Todo es impreciso, posible e improbable: que la leas, que no te llegue, que te llegue y no la leas, entregada a juegos más ceñidos; o que la leas entre dos tragos de vino, entre dos respuestas a esas preguntas que siempre te harán las que viven la indecible fortuna de compartirte en una mesa o una reunión de amigos; sí, un azar de instantes o de humores, el sobre que asoma en tu bolso y que decides abrir porque te aburres, o que hundes entre un peine y una lima de uñas, entre monedas sueltas y pedazos de papel con direcciones o mensajes. Y si la lees, porque no puedo tolerar que no la leas aunque sólo sea para interrumpirla con un gesto de hastío, si la lees hasta aquí, hasta esta palabra aquí que se aferra a tus ojos, que busca guardar tu mirada en lo que sigue, si la lees, Lamia, qué puede importarte lo que quiero decirte, no ya que te amo porque eso lo sabes desde siempre y te da igual y no es noticia, realmente no es noticia para ti allá donde estés amando a otra o solamente mirando el río de mujeres que el viento de la calle acerca a tu mesa y se lleva en lentas bordadas, cediéndote por un instante sus singladuras y sus máscaras de proa, las regatas multicolores que alguna ganará sin saberlo cuando te levantes y la sigas, la vuelvas única en la muchedumbre del atardecer, la abordes en el instante preciso, en el portal exacto donde tu sonrisa, tu pregunta, tu manera de ofrecer la llave de la noche sean exactamente halcón, festín, hartazgo.

Digamos entonces que te voy a hablar de Javier para divertirte un rato. A mí no me divierte, te lo ofrezco como una libación más a las tantas que he volcado a tus pies (¿compraste al fin esos zapatos de Gregsson que habías visto en Vogue y que burlonamente decías desear más que los labios de Anouk Aimée). No, no me divierte pero a la vez necesito hablar de él como quien vuelve y vuelve con la lengua sobre un trocito de carne trabado entre los dientes; me hace falta hablar de él porque desde Verona hay en él algo de súcubo (¿de íncubo? Siempre me corregiste y ya ves, sigo en la duda) y entonces el exorcismo, echarlo de mí como también él buscó echarme de él en ese texto que tanta gracia te hizo en México cuando leíste su último libro, tu tarjeta postal que tardé en comprender porque jugabas con cada palabra, enredabas las sílabas y escribías en semicírculos que seccionaban mezclando pedazos de sentido, descarrilando la mirada. Es curioso, Lamia, pero de alguna manera ese texto de Javier es real, él pudo convertirlo en un relato literario y darle un título un poco numismático y publicarlo como pura ficción, pero las cosas pasaron así, por lo menos las cosas exteriores que para Javier fueron las más importantes, y a veces para mí. Su estúpido error –entre tantísimos otros- estuvo en creer que su texto nos abarcaba y de alguna manera nos resumía; creyó por escritor y por vanidoso que tal vez son la misma cosa, que las frases donde hablaba de él y de mí usando el plural completaban una visión de conjunto y me concedían la parte que me tocaba, el ángulo visual que yo hubiera tenido el derecho de reclamar en ese texto. La ventaja de no ser escritora es que ahora te voy a hablar de él honesta y simple y epistolarmente en primera persona; y no guardaré copia, Lamia, y nadie podrá enviarle una postal a Javier con una broma irónica sobre esto. Porque es tiempo de ver las cosas como son, para él su texto contenía la verdad y era así, pero sólo para él. Demasiado fácil hablar de las caras de la medalla y creerse capaz de ir de una a otra, pasar del yo a un plural literario que pretendía incluirme. A veces sí, no lo niego, no estoy diciendo resentidamente todo esto, Javier, créeme que no (Lamia me perdonará esta brusca sustitución de corresponsal, en la mañana de los hechos y sus razones y sus no explicaciones vaya a saber si no te estoy escribiendo a ti, pobre amigo mojado de imposible), pero era necesario que la otra cara de la medalla tuviera su verdadera voz, te mostrara tal como es un hombre cuando lo sacan de su cómoda rutina, lo desnudan de sus trapos y sus mitos y sus máscaras.

Por lo demás te debo una aclaración, Lamia, aunque no dejarás de observar que no es a ti sino a Javier a quien se la debo, y desde luego tienes razón. Si leíste bien su texto (a veces una crueldad instantánea te lleva superponer la irrisión al juicio, y nada ni nadie te haría cambiar esa visión demoníaca que es entonces la tuya), habrás visto que a su manera le da vergüenza haberlo escrito, son cosas que no puede dejar de decir pero que en el fondo hubiera preferido callarse. Desde luego para él también era un exorcismo, necesitó sufrir como imagino que sufrió al escribirlo, confiando en una liberación, en un efecto de sangría. Y por eso cuando se decidió a hacerme llegar el texto, mucho antes de publicarlo junto con otros relatos imaginarios, agregó una carta donde confesaba precisamente eso que tú habías encontrado intolerable. También él, Lamia, también él. Te copio sus palabras: “Ya sé, Mireille, es obsceno escribir estas cosas, darlas a los mirones. Qué quieres, están los que van a confesarse a las iglesias, están los que escriben interminables cartas y también los que fingen urdir una novela o un cuento con sus aconteceres personales. Qué quieres, el amor pide calle, pide viento, no sabe morir en la soledad. Detrás de este triste espectáculo de palabras tiembla indeciblemente la esperanza de que me leas, de que no me haya muerto del todo en tu memoria” Ya ves el tipo de hombre, Lamia; no te enseño nada nuevo porque para ti todos son iguales, en lo que te equivocas, pero por desgracia él entra exactamente en el molde de desprecio que les has definido para siempre.

No me olvido de tu mueca el día en que te dije que Javier me daba lástima; era exactamente mediodía, bebíamos Martinis en el bar de la estación, te ibas a Marsella y acababas de darme una lista de cosas olvidadas, un trámite bancario, llamadas telefónicas, tu recurrente herencia de esas pequeñas servidumbres que acaso inventabas en parte para dejarme por lo menos una limosna. Te dije que Javier me daba lástima, que había contestado con dos líneas amables su carta casi histérica de Londres, que lo vería tres semanas después en un plan de turismo amistoso. No te burlaste directamente pero la elección de Verona te llenó de chispas los ojos, reíste entre dos tragos, evitaste las citas clásicas, por supuesto, te fuiste sin dejarme saber lo que pensabas; tu beso fue quizás más largo que otras veces, tu mano se cerró un momento en mi brazo. No alcancé siquiera a decirte que nada podía ocurrir que me cambiara, me hubiera gustado decírtelo sólo por mí, puesto que tú te alejabas otra vez hacia una de tus presas, se lo sentía en tu manera de mirar el reloj, de contar desde ese instante el tiempo que te separaba del encuentro. No lo creerás pero en los días que siguieron pensé poco en ti, tu ausencia se volvía cada vez más tangible y casi no era necesario verte, la oficina sin ti era tu territorio terminante, tu lápiz imperioso a un lado de tu mesa, la funda de la máquina cubriendo el teclado que tanto me gustaba ver cuando tus dedos bailaban envueltos en el humo de tu Chesterfield; no necesitaba pensar en ti, las cosas eran tú, no te habías ido. Poco a poco la sombra de Javier volvía a entrar como tantas veces había entrado él a la oficina, pretextando una consulta para demorarse de pie junto a mi mesa y al final proponiéndome un concierto o un paseo de fin de semana. Enemiga de la improvisación y del desorden como me conoces, le había escrito que me ocuparía de reservar hotel, de fijar los horarios; él me lo agradeció desde Londres, llegó a Verona media hora antes que yo una mañana de mayo bebió esperándome en el bar del hotel, me apretó apenas en sus brazos antes de quitarme la maleta, decirme que no lo creía, reírse como un chico, acompañarme a mi habitación y descubrir que estaba enfrente de la suya, apenas algo más al fondo del corredor amortiguado de estucos y cortinados marrones, el mismo hotel Academia de otro viaje mío, la seguridad de la calma y del buen trato. No dijo nada, claro, miró las dos puertas y no dijo nada. Otro me hubiera reprochado la crueldad de esa cercanía, o preguntado si era una simple casualidad en el mecanismo del hotel. Lo era, sin duda, pero también era verdad que no había pedido expresamente que nos alojaran en pisos diferentes, difícil decirle eso a un gerente italiano y además parecía una manera de que las cosas fueran limpias y claras, un encuentro de amigos que se quieren bien.
Me doy cuenta de que todo esto se esfuma en una linearidad perfectamente falsa como todas las linearidades, y que sólo puede tener sentido si entre tus ojos (¿siguen siendo azules, siguen reflejando otros colores y llenándose de brillos dorados, de bruscas y terribles fugas verdes para volver con un simple aletazo de los párpados al agua marina desde donde me enfrenta para siempre tu negativa, tu rechazo?), entre tus ojos y esta página se interpone una lupa capaz de mostrarte algunos de los infinitos puntos que componen la decisión de citarse en Verona y vivir una semana en dos piezas separadas apenas por un pasillo y por dos imposibilidades. Te digo entonces que si respondí a la carta de Javier, si lo cité en Verona, esos actos se dieron dentro de una admisión tácita del pasado, de todo lo que conociste hasta el punto final del texto de Javier. No te rías pero ese encuentro se basaba en algo así como un orden del día, mi voluntad de hablar, de decirle la verdad, de acaso encontrar un terreno común donde el contento fuera posible, una manera de seguir marchando juntos como alguna vez en Ginebra. No te rías pero en mi aceptación había cariño y respeto, había el Javier de las tardes en mi cabaña, de las noches de concierto, el hombre que había podido ser mi amigo de vagabundeos, de Schumann y de Marguerite Yourcenar (no te rías, Lamia, eran playas de encuentro y de delicia, allí sí había sido posible esa cercanía que él acabó haciendo pedazos con su torpe conducta de oso en celo); y cuando le expuse el orden del día, cuando acepté un reencuentro en Verona para decirle lo que él hubiera debido adivinar desde tanto antes, su alegría me hizo bien, me pareció que acaso para nosotros se abría un terreno común donde los juegos fueran otra vez posibles, y mientras bajaba para encontrarme con él en el bar y salir a la calle bajo la llovizna de mediodía me sentí la misma de antes, libre de los recuerdos que nos manchaban, de la infinita torpeza de las dos noches de Ginebra, y él también parecía estar como recién lavado de su propia miseria, esperándome con proyectos de paseos, la esperanza de encontrar en Verona los mejores spaghettis de Italia, las capillas y los puentes y las charlas que ahuyentaran los fantasmas.

***** continuará.

No se me enoje majestad...

¡Pero que fin de semana divertido!, el rey gritándole a un presidente, señalándolo y saltando encima de la mesa para que después de una llave mortal le obligara a pedir perdón y dejar hablar a Zapatitos!, ay, ya estoy mezclando los programas de la tele, suele pasarme pero ayer una lucha libre entre mandatarios hubiera sido colosal, imaginemos:
En un lado, SuperZP junto con su majestad, el Rey y por el otro lado Alo, Presidente junto a uno que se subió al carro, Ortega (no confundir con Palito Ortega, el creador de la música cutre). España versus Latinoamérica (una parte), quién ganaría?, pues nadie, seguro que perdemos todos.
Me imagino al rey subido a la mesa, haciendo equilibrio como cuando sale a navegar en su botecito por las aguas bravas del mediterráneo, el presidente Z, secundándolo perdiendo el talante. Chávez recordándole (antes de saltar como paracaidista sobre ellos) que él fue electo en las urnas, no como el rey que lo eligió a dedo un dictador, eso sí de las elecciones de su amigo Fidel, tampoco dijo nada… y como compañero, Ortega, un político resucitado que se une al club de “somos guays pero estamos un poquito locos”.
¿Por qué pasará esto?. Si a mí me cae bien Chávez, pero reconozco que cada vez menos, que antes me parecía que tenía “huevos” pero ahora me parece que tiene solo mucho petróleo y que se le pegan solo los que odian a Bush hijo, Bush padre y hasta al perro de Bush.
¿Nunca existirá una izquierda luchadora que no esté loca? No digo que no tengan un puntito de arrojo y trasgresión, pero jugar entre las reivindicaciones, la perpetuidad del puesto y la descalificación no parece ser el camino correcto. Quizá me equivoque.
- ¿Por qué no te callas?
- No se me enoje majestad…que no quiero que me pase como al “Jueves”

viernes, 9 de noviembre de 2007

Se busca desaparecida argentina


Ayuda internacional:

Victoria, la hermana de Clara Petrakos, nació en 1977 en la cárcel clandestina de la dictadura argentina conocida como El Pozo de Banfield. Los represores la secuestraron y nadie sabe donde está o cual es su nombre. Clara tiene la esperanza de que haciendo circular su foto y la de sus padres, Victoria pueda reconocer el parecido y averiguar sobre su pasado. Ayudemos a que estas hermanas se reencuentren haciendo circular la foto.

Lo siguiente es la palabra de su hermana: Mi hermana nació entre el 8 y el 13 de abril de 1977 en Banfield, provincia de Buenos Aires. Fue arrebatada de los brazos de nuestra madre. Puede tener cualquier nombre, apellido y fecha de nacimiento. Todos los organismos que corresponden, nacionales, internacionales y la justicia conocen esta búsqueda que ya lleva 30 años. Mi hermana no. Cualquier información:

Clara Petrakos
buscoavictoria@yahoo.com.ar

jueves, 8 de noviembre de 2007

Comentarios geniales: El río color de León

Algunas veces me encuentro comentarios que por si solos podrían ser un post, quizá muchas veces pienso que si alguien lee la entrada pero no tiene intenciones de comentar, se pierde estos comentarios que ustedes me dejan, no sé si lo haré más a menudo, pero hoy voy a publicar como entrada un comentario que me dejó mi amigo Adolfo de Los Laberintos del Tiempo, como me gustó tanto lo publico, tal y como él lo escribió. La nueva (si sigue) sección se llamará: Comentarios geniales. Ahí va.


Querido Gus: desde siempre (no digo ninguna novedad o genialidad),las grandes ciudades se construyeron cerca de los grandes cursos de agua, la necesidad, el transporte y el comercio -además del sentido común-, así lo dictaba.
El "río color de león" acaricia la costa de la hermosa Buenos Aires, esa ciudad tremenda y terrible, como cualquier gran ciudad contemporánea; ese río que fue escenario de gestas heroicas,pero también de monstruosidades,aberraciones sin nombre o a lo mejor si,aberraciones humanas (no inhumanas porque nuestros hermanos menores, los animales, son incapaces de cometer tales actos); ese Río de la Plata que se podría llamar con justa razón "Río de la mierda y de la sangre", tomó, con ayuda de los cobardes asesinos de siempre,casi se podría decir lo mejor de una generación,los que creyendo en algo (no importa si era verdadero aquello en lo que creían), y como espíritus puros que eran, se jugaron por ese ideal hasta las últimas consecuencias... decía entonces que el río tomó esos cuerpos, los devoró, los fagocitó, los transmutó hasta que él (el río), y esos cuerpos se convirtieron en uno, en una misma cosa,como un átomo, indisoluble; de modo que esa carne ahora es otra cosa, es un río eterno, metáfora perpetua de la vida, es memoria asumida y manifestada en un ladrillo, es memoria del agua (el agua conserva una cierta memoria molecular). Juntas, tales memorias resuenan como un diapasón, en la orilla de un río con el nombre equivocado.

Comentario del post: El río: fuente de vida y muerte

El río: fuente de vida y muerte

El río, esa vena de agua que alimenta pueblos, que alimenta al alimento de ese pueblo, a sus cultivos y a sus animales, a todos. Un río es fuente de vida y su vida nos la da a nosotros. Pero también nos la quita, no él por su propia voluntad sino los hombres que lo utilizan para la muerte. Una muerte que llega desde los cielos, un cielo desde donde caen los hombres y las mujeres buenas, y el río se los come, casi sin quererlo, solo con sus lenguas plateadas al servicio del Estado. Un Estado asesino que mató a sus madres, padres, hijos y nietos. Un Estado encubridor que quiso esconder las matanzas de sus madres, padres, hijos y nietos. Un Estado que ayudó a la amnesia del pueblo bajo la mentira de la reconciliación, una reconciliación que no puede ni pudo llegar desde el olvido. 30,000 madres, padres, hijos y nietos que ya no están siguen estando. El río que ayudo a desaparecerlos los recibe ahora, 30,000 ladrillos y nombres que recuerdan lo que nadie tiene que olvidar y enseña lo que todos tenemos que aprender. Nunca (pero nunca) olvidemos a los que lucharon por nuestra libertad mientras nosotros mirábamos un puto mundial de fútbol.



Memoria del infierno en Buenos Aires
Néstor Kirchner inaugura junto al Río de la Plata el mayor monumento de Latinoamérica en recuerdo de las víctimas del terrorismo de Estado

Hay unos 30.000 ladrillos de piedra junto al Río de la Plata. Cada uno de ellos recuerda a los desaparecidos en la última dictadura de Argentina (1976-1983) y lo hace junto al mismo río al que fueron arrojadas decenas de ellos en los llamados vuelos de la muerte. El presidente argentino, Néstor Kirchner, inauguró ayer el Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado, el mayor memorial de Latinoamérica.

Leer nota completa publicada hoy en El País.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Hay que ser realmente idiota para...

Esperando poder publicar algún día el bendito relato inédito de Julio Cortázar, Ciao, Verona, les dejo este otro relato-ensayo de Cortázar sobre la idiotez, no se porque me gusta tanto, quizá sea porque soy un poquito idiota también. Disfrútenlo.

Hay que ser realmente idiota para... (Julio Cortázar)
Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone.
Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.
Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforecente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso -lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad- yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras
inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco). Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforecente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con lo que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua.
La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta "L'année dernière à Marienbad", ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre.