miércoles, 1 de agosto de 2007

Cuento cortito: Ariel, el superheroe

Timbre. Timbre?. Abro un ojo. Timbre. Abro los dos. Timbre, timbre y timbre. ¿Quien será?. Seguro que es un cartero comercial – pienso - . Timbreeee. – Ya voy – grito (como si me escucharan cuatro pisos mas abajo). Me levanto. Timbre. – ¿Quien es? – grito.
- Yo - , me dice unos que cree que me conozco todas las voces distorsionadas por el portero eléctrico.
- Yo, quien?
- Yo, boludo, Ariel.
Ariel es mi amigo del barrio, un buen amigo pero últimamente descubrió el mundo de las drogas pesadas y está un poco tarado. Pensaba despacharlo rapidito.
- Qué querés?, estaba durmiendo. Son las 6 de la mañana y por si no te diste cuenta es martes.
- Ya sé, pablo, pero necesito hablar con vos ya mismo
- Subí. Le digo con la voz entre queja y bufido.
Definitivamente, está zumbado. Me pongo el pantalón corto de fútbol que nunca usé para jugar fútbol y lo espero en la puerta de mi casa con ganas de darle una buena ostia correctiva.
- Qué tal, Pablín (diminutivo que utiliza para que no le parta la cara), tengo que contarte algo muy importante y solo puedo confiar en vos. Si se lo cuento a otra persona van a creer que estoy loco.
- Yo no creo que estás loco sino hasta las trancas de coca.
- No, no tomé nada.
- Si no estás durmiendo un martes a las 6 de la mañana, es porque ayer fuiste al bareto y te pusiste.
- Que no, chabón!. No tomé nada más que un par de copas. No puedo dormir desde hace un par de días.
- Bueno que querés?, apuré un poco.
- Tengo poderes, me dice. Mi cara ya se transformó en una mueca mitad lástima mitad sonrisa y pensé que ya tenía que estar muy mal como para no acordarse siquiera que se había drogado. Le sigo la corriente.
- Qué poderes tenés, notariales?. Qué querés, boludo? Tengo sueño!
- Que tengo poderes, que puedo escuchar a la gente hablar a una distancia alucinante.
- Me venís a tocar los huevos a estas horas para decirme que tenés buen oído. Vos sos tarado.
- Que no!, no se trata de eso!. Me grita y baja la voz enseguida cuando sospecha que algún vecino puede estar escuchando – me dejás pasar y te cuento.
- Pasá de una vez.
Ariel, para decir la verdad, no parecía drogado pero si muy excitado con el hecho que había descubierto. Lo escuché sin interrumpirlo por mas de media hora, pensando antes que terminara en como refutarle su lunática historia.
Ariel me contó que hace unos días estaba por la calle y comenzó a escuchar voces, y que recordó una escena de la película “en que piensan las mujeres”, esa de Mel Gibson, donde escuchaba los pensamientos de las mujeres. Lo paro con una señal de mano y me voy a la cocina a servirme un café recalentado porque parece que iba para largo.
Continúa contándome que durante un rato pensó que estaba volviéndose loco y que corrió por la calle porque no podía soportarlo. Hasta que llegó al ascensor de su empresa y ya no escuchó nada. Siguió contando que pensó que había sido una alucinación sonora (si es que existe). Y que se había terminado. Continúa:
- Entonces llego a mi piso y ya en mi oficina comencé a escuchar muchas voces, después de tratar de tranquilizarme, reconocí la voz de mi jefe. Vuelvo la cabeza para su box y lo veo regañando a Mari, su secretaria, entonces…
- Entonces qué?, estabas escuchando sus gritos.
- No, no. Ellos estaban con la puerta cerrada y parecía que nadie los escuchaba, solo yo
- A ella también?
- Si, a ella también. Pero me dí cuenta que no estaba leyendo o escuchando sus pensamientos sino que directamente estaba escuchando su conversación.
- A ver, Arielito (condescendencia pura) estabas escuchando a tu jefe recriminándole algo a su secretaria o no?
- Que sí, chabón, pero los escuchaba a más de 25 metros y con la puerta cerrada.
- Mirá, Ariel, lo que me estás contando me parece una chorrada, cómo vas a poder escuchar a tanta distancia?, me imagino que si pudieras, tendrías cientos de voces al mismo tiempo machacándote el cerebro y sin lugar a dudas te volverías loco. Y porque puedes escuchar lejos?
- Y yo qué sé?, recién ayer me di cuenta y todavía lo estoy asumiendo. Lo único que hice fue ponerme dos cachos de algodón en los oídos. Si hay gritos cerca, me aturdo pero trato de concentrarme así (cierra los ojos haciendo fuerza como si estuviera en el baño). Yo estaba seguro que se había vuelto loco, pero me estaba divirtiendo, así que le pedí que me lo demostrara, cuando el me lo propuso.
- Qué, me vas a decir que dice tu jefe desde su casa?
- No, te voy a decir que están diciendo tus vecinos del bloque.
- Y que prueba es esa?, cómo voy a saber yo que es cierto?
- Hagamos una cosa: Yo me bajo a la calle y vos te lees una noticia del diario en voz alta y yo cuando suba te la cuento, ok?
- Ok
Ariel salió de casa, se montó al ascensor y bajó. Yo tomé un diario que estaba cerca de la tele y comencé a leer una noticia que hablaba sobre el cambio climático. Leí un rato, me tomé el último sorbo de café y esperé al loco de mi amigo que subiera.
Subió a los 5 minutos y al abrirle la puerta me dice: - estabas leyendo algo sobre la contaminación, algo sobre el cambio climático.
No puede ser. No puede ser y no puede ser. Es casualidad.
- Bajáte otra vez y probamos de nuevo
- No te alcanza para creerme?
- No es que no me alcanza, quiero comprobarlo de verdad.
Mi amigo, a regañadientes, baja nuevamente y a los 5 minutos sube. Lo espero con la puerta abierta y le pregunto:
- A ver, qué leí?
- El chiste de Forges, me dice. Y yo que todavía me estaba riendo de la viñeta…
- Vale, te creo. Tengo una idea. Me visto y salimos.
La situación era curiosa, la verdad es que yo quería creerle y la idea de tener un amigo con un don me gustaba, por unos segundos me planteé ver el tema como si fuera cien por ciento cierto.
Nos fuimos de mi casa a un parque cercano para plantear y ver la situación mas tranquilos, yo pensaba que si realmente tenía el don, poder o como se llame, tendríamos que sacarle algún partido, pensaba que podíamos aprovecharnos y ganar dinero fácil. Recordaba haber leído comics donde el protagonista era casi siempre un superhéroe que ayudaba a los necesitados. Ni me planteé esa posibilidad. Yo quería ganar dinero. Pero no sabía como podía servir escuchar lejos para ganar a la lotería o ruleta. O un negocio. Estuvimos durante mas de dos horas para darnos cuenta que no iba a ser tan fácil, se nos ocurrió poner una agencia de detectives, ser espías, escuchar conversaciones ajenas para poder chantajear, pero nada parecía ser lo realmente ventajoso. Le pedí a Ariel, que escuchara conversaciones de la gente que paseaba por el parque, Ariel me habló del idioma indescifrable de una madre a su bebé, de las propuestas sexuales de una pareja (que justo ahora se van), de un hombre que se hablaba a él mismo. Nada, no había nada interesante ni de provecho, como curiosidad estaba bien pero de práctico nada. Quizá Ariel, podría utilizarlo para saber que dicen de él cuando se alejara o la conversación de dos amigas, pero para mi, nada.
Le digo a Ariel, que voy a pensar sobre el asunto y que él también lo haga, que medite sobre cómo poder beneficiarse de su súper oído (se me cruzó por la mente un traje de superhéroe con una oreja gigante dibujada en la pechera y no pude evitar sonreír). Joder que poder de mierda – pensé volviendo a la realidad pragmática – si pudiera ver a través de las paredes o tener una fuerza sobrehumana, pero parecerse a un teléfono casi no tiene gracia. Nos despedimos y quedamos en juntarnos por la tarde y planear algo bueno.
Nunca llegó. A la noche me llamó y me dijo que no quería saber nada con su supuesto poder (así lo dijo) y que no quería hablar más del tema. Asombrado le pregunto por qué y qué había pasado y me contó que desde que había llegado a su casa después de estar juntos, había escuchado a su madre contándole a una amiga como había engañado a su padre; había escuchado a su hermana hablando por teléfono en su habitación con el novio (acá me miró, puso cara extraña y me dijo: “estaban queriéndose por teléfono”) y por último había escuchado a su vecino pegarle a su mujer. Todo eso en un par de horas, a Ariel ya no le gustaba su don, no quería enterarse mas de lo necesario como cualquier mortal y me aseguró que no lo utilizaría más o por lo menos pretendía eso.
– Ya aprenderé como hacerlo sin tener que arrancarme los tímpanos.
Pasó tiempo hasta que nos volvimos a ver y en esa oportunidad no hablamos del tema, y nunca más se tocó de nuevo. Eso sí, cada vez que me voy a encontrar con él, cuando estoy cerquita, le voy diciendo:
- Arielito, esperáme que estoy llegando en un ratito.
Cuando me ve llegar, solo me sonríe cómplice.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gus, muy bueno!! ya falta poquito.... la parilla ya esta preparada... las mollejitas esperandote...

besotes!!!

Santi Monse dijo...

¡Excelente historia! :)