lunes, 12 de noviembre de 2007

3ª y última parte de Ciao, Verona. Julio Cortázar

Ahora sí. La 3ª y última entrega del relato de Don Julio. Iba a publicarla mañana pero pensé en "no hagas lo que no quieres que te hagan a ti" así que hoy ya se pueden ir a la cama habiendo leído todo.

Ciao, Verona. Julio Cortázar. Ultima parte.

Viene del anterior post...
Así escrito parece difícil, improbable, pero después lo pasamos bien aquella tarde, éramos eso, ves, y por la noche hubo el descubrimiento de una trattoría en una calleja, la gente amable y riente a la hora de la difícil elección entre lasagne y tortellini; puedo decirte que también hubo un concierto de arias de ópera donde discutimos voces y estilos, un autobús que nos llevó a un pueblo cercano donde nos perdimos. Era ya el cuarto día, después de un viaje hasta Vicenza para visitar el teatro olímpico del Palladio, allí busqué un bolso de mano y Javier me ayudó y finalmente lo eligió por mí tratándome de Hamlet de barraca de feria, y yo le dije que nunca había podido decidirme en seguida y él me miró apenas, hablábamos de compras pero él me miró y no dijo nada, eligió por mí, prácticamente ordenando a la vendedora que empaquetara el bolso sin darme más tiempo a dudar, y yo le dije que me estaba violando, se lo dije así, Lamia, sin pensarlo se lo dije y él volvió a mirarme y comprendí y hubiera querido que olvidara, era tan inútil y tan de tu lado decirle una cosa así, le di las gracias por haberme sacado de esa tienda donde olía podridamente a cuero, al otro día fuimos a Mantua para ver los Giulio Romano del Palacio del Té, un almuerzo y otros Campari, las cenas de vuelta en Verona, las buenas noches cansadas y soñolientas en el pasillo donde él me acompañaba hasta la puerta de mi cuarto y allí me besaba livianamente y me daba las gracias, se volvía a su cuarto casi pared por medio, insomnio por medio vaya a saber qué consuelos bastardos entre dos cigarrillos y la resaca del coñac.
Nada había sucedido que me diera el derecho de volverme antes a Ginebra, aunque nada tenía ya sentido puesto que el pacto era como un barco haciendo agua, una doble comedia lastimosamente amable en la que de veras nos reíamos, estábamos contentos por momentos y por momentos lejanamente juntos, tomados del brazo en las callejas y los puentes. También él debía desear el regreso a Londres porque el balance estaba hecho y no nos dejaba el menor pretexto para un encuentro en otra Verona del futuro, aunque tal vez hablaríamos de eso ahora que éramos buenos amigos como ves, Lamia, tal vez fuera Ámsterdam dentro de cinco meses o Barcelona en primavera con todos los Gaudí y los Joan Miró para ir a ver juntos. No lo hicimos, ninguno de los dos adelantó la menor alusión al futuro, nos manteníamos cortésmente en ese presente de pizza y vinos y palacios, llegó el último día después de pipas y paseos y esa tarde en que nos perdimos en un pueblo cercano y hubo que andar dos horas por senderos entre bosques buscando un restaurante y una parada de ómnibus. Los calcetines eran espléndidos, elegidos por mí para que Javier no reincidiera en sus tendencias abigarradas que le quedaban tan mal, y el paraguas sirvió para protegernos de la llovizna rural y anduvimos bajo el frío del atardecer oliendo a gamuza mojada y a cigarrillos, amigos en Verona hasta esa noche en que él tomaría su tren a las once y yo me quedaría en el hotel hasta la mañana siguiente. La víspera Javier había soñado conmigo pero no me había dicho nada, sólo supe de su sueño dos meses después cuando me envió a Ginebra y me lo dijo, cuando me envió esa última carta que no le contesté como tampoco tú me contestarás ésta, dentro de la justa necesaria simetría que parece ser el código del infierno. Gentil como siempre, quiero decir estúpido como siempre, no me habló del sueño del último día aunque debía carcomerle el estómago, un sordo cangrejo mordiéndolo mientras comíamos las delicias del último almuerzo en la trattoría preferida. Creo que nada hubiera cambiado si ese día Javier me hubiese hablado del sueño, aunque acaso sí, acaso yo habría terminado por darle mi cuerpo reseco como una limosna o un rescate, solamente para que no se fuera con la boca amarga de pesadilla, con la sonrisa fija del que tiene que mostrarse cortés hasta la última hora y no manchar el pacto de Verona con otra inútil tentativa. Ah Lamia, anoche releí estas páginas porque te escribo fragmentariamente, pasan días y nubes en la cabaña mientras te voy escribiendo este diario de improbable lectura, y entonces soy yo quien las relee y eso significa verme de otra manera, enfrentar un espejo que me muestra fría y decidida frente a una torpe esperanza imposible. Nunca lo traicioné, Lamia, nunca le di una máscara a besar, pero ahora sé que su sueño de alguna manera contenía Ginebra, el no haber sido capaz de decirle la verdad cuando su deseo era más fuerte que su instinto (words, words, words?), cuando le cedí dos veces mi cuerpo para nada, para oírlo llorar con la cara hundida en mi pelo. No era traición, te digo, simplemente imposibilidad de hablarle en ese terreno y también la vaga esperanza de que acaso encontraríamos un contento, una armonía, que tal vez más tarde empezaría otra manera de vivir, sin mutaciones espectaculares, sin conversión aconsejable, simplemente yo podría decirle entonces la verdad y confiar en que comprendiera, que me quisiera así, que me aceptara en un futuro don quizá habría también placer. Ves, su impotente desconcierto, su doble fiasco habría de asomar en el sueño de Verona ahora que sabía mi interminable inútil esperanza de ti, de mi antagonista semejante, de mi doble cara a cara y boca a boca, del amor que acaso estás dándole a tu presa del momento allí donde te hayan llegado estos papeles.
¿Quieres oír el sueño? Te lo diré con sus palabras, no las copio de su carta sino de mi memoria donde giran como una mosca insoportable y vuelven y vuelven. Es él quien lo cuenta: Estábamos enana cama, tendidos sobre un cobertor y vestidos, era evidente que no habíamos hecho el amor, pero a mí me desconcertaba el tono trivial de Mireille, sus casi frívolas referencias al largo silencio que había habido entre nosotros durante meses. En algún momento le pregunté si no había leído mi carta enviada desde Londres mucho después del último encuentro, del último desencuentro en Ginebra. Su respuesta era ya la pesadilla: no, no la había leído (y no le importaba, evidentemente): desde luego la carta había llegado porque en la oficina le habían dicho que un sobre alargado, pero ella no había bajado a buscarla, probablemente estaba todavía allí. Y mientras me lo decía con una tranquila indiferencia, la delicia de haberme encontrado otra vez con ella, de estar tendido a su lado sobre ese cobertor morado o rojo empezaba a mezclarse con el desconcierto frente a su manera de hablarme, su displicente reconocimiento de una carta no buscada, no leída.
Un sueño al fin, los cortes arbitrarios de esos montajes en que todo bascula sin razón aparente, tijeras manejadas por monos mentales y de golpe estábamos en Verona, en el presente y en San Zeno pero era una iglesia a la española, un vasto pastiche con enormes esculturas grotescas en los portales que franqueábamos para recorrer las naves, y sin transición estábamos otra vez en una cama pero ahora en la misma iglesia, detrás de un gigantesco altar o acaso en una sacristía. Tendidos en diagonal, sin zapatos, Mireille con un abandono satisfecho que nada tenía que ver conmigo. Y entonces mujeres embozadas se asomaban por una puerta estrecha y nos miraban sin hablar, se miraban entre ellas como si no lo creyeran, y en ese segundo yo comprendía el sacrilegio de estar allí en una cama, hubiera querido decírselo a Mireille y cuando iba a hacerlo le veía de lleno la cara, me daba cuenta de que no solamente lo sabía sino que era ella quien había orquestado el sacrilegio, su manera de mirarme y de sonreír eran la prueba de que lo había hecho deliberadamente, que asistía con un gozo innominable al descubrimiento de las mujeres, a la alarma que ya debían haber dado. Sólo quedaba el frío horror de la pesadilla, tocar fondo y medir la traición, la trampa última. Casi innecesario que las mujeres hicieran señas de complicidad a Mireille, que ella riera y se levantara de la cama, caminara sin zapatos hasta reunirse con ellas y perderse tras la puerta. El resto como siempre era torpeza y ridículo, yo tratando de encontrar y ponerme los zapatos, creo que también el saco, un energúmeno vociferando (el intendente o algo así), gritándome que yo había sido invitado a la ciudad pero que después de eso era mejor que no fuera a la fiesta del club porque sería mal recibido. En el instante de despertarme se daban al mismo tiempo la necesidad rabiosa de defenderme y lo otro, lo único importante, el indecible sentimiento de la traición tras de lo cual no quedaba más que ese grito de bestia herida que me sacó del sueño.
Tal vez hago mal en contarte esto que conocí mucho después, Lamia, pero tal vez era necesario, otra carta de la baraja, no sé. El último día de Verona empezó apaciblemente con un largo paseo y un almuerzo lleno de caprichos y de bromas, vino la tarde y nos instalamos en el cuarto de Javier para las últimas pipas y una renovada discusión sobre Marguerite Yourcenar, créeme que yo estaba contenta, finalmente éramos amigos y el pacto se cumplía, hablamos de Ingmar Bergman y ahí sí, creo, me dejé llevar por lo que tú hubieras apreciado infinitamente y en algún momento (es curioso cómo se me ha quedado en la memoria aunque Javier disimuló limpiamente algo que debía llegarle como una bofetada en plena cara) dije lo que pensaba de un actor norteamericano con el que habría de acostarse Liv Ullmann en no sé cuál de las películas de Bergman, y se me escapó y lo dije, sé que hice un gesto de asco y lo traté de bestia velluda, dije las palabras que describían al macho frente a la rubia transparencia de Liv Ullmann y cómo, cómo, dime cómo, Lamia, cómo podía ella dejarse montar por ese fauno untado de pelos, dime cómo era posible soportarlo, y Javier escuchó y un cigarrillo, sí, el recuento de otras películas de Bergman, La vergüenza, claro, y sobre todo El séptimo sello, la vuelta al diálogo ya sin pelos, el escollo mal salvado, yo iría a descansar un rato a mi pieza y nos encontraríamos para la última cena (ya está escrito, ya te habrás sonreído, dejémoslo así) antes de que él se fuera a la estación para su tren de las once.
Aquí hay un hueco, Lamia, no sé exactamente de qué hablábamos, había anochecido y las lámparas jugaban con los halos del humo. Solo recuerdo gestos y movimientos, sé que estábamos un poco distantes como siempre antes de una despedida, sé también que no habíamos hablado de un nuevo encuentro, que eso esperaba el último momento si es que realmente esperaba. Entonces Javier me vio levantarme para volver a mi cuarto y vino hacia mí, me abrazó mientras hundía la cara en mi hombro y me besaba en el pelo, en el cuello, me apretaba duramente y era un murmullo de súplica, las palabras y los besos una sola súplica, no podía evitarlo, no podía no amarme, no podía dejarme ir de nuevo así. Era más fuerte que él, por segunda vez rompía el pacto y lo destruía todo si ese todo significaba todavía algo, no podía aceptar que lo rechazara como lo estaba rechazando, sin decirle nada pero helándome bajo sus manos, helándome Liv Ullmann, sintiéndolo temblar como tiemblan los perros mojados, los hombres cuando sus caricias se pudren sobre una piel que los ignora. No le tuve lástima como se la tengo ahora mientras te escribo, pobre Javier, pobre perro mojado, pudimos haber sido amigos, pudimos Ámsterdam o Barcelona o una vez más los quintetos de Brahms en la cabaña, y tenías que estropearlo de nuevo entre balbuceos de una ya innoble esperanza, dejándome tu saliva en el pelo, la marca de tus dedos en la espalda.
Me olvido casi de que te estoy escribiendo a ti, Lamia, sigo viendo su cara aunque no quería mirarlo, pero cuando abrí mi puerta vi que no me había seguidos esos pocos pasos, que estaba inmóvil en el marco de su puerta, pobre estatua de sí mismo, espectador del castillo de naipes cayendo en una lluvia de polillas.
Ya sé lo que quisieras preguntarme, qué hice cuando me quedé sola. Me fui al cine, querida, después de una muy necesaria ducha me fui al cine a falta de mejor cosa y pasé delante de la puerta de Javier y bajé las escaleras y me fui al cine para ver una película soviética, ése fue mi último paseo dentro del pacto de Verona, una película con cazadores en la zona boreal, heroísmo y abnegación y por suerte nada pero absolutamente nada de amor, Lamia, dos horas de paisajes hermosos y tundras heladas y gente llena de excelentes sentimientos. Volví al hotel a las ocho de la noche, no tenía hambre, no tenía nada, encontré bajo mi puerta una nota de Javier, imposible irse así, estaba en el bar esperando la hora del tren, te juro que no te diré una sola palabra que pueda molestarte pero ven, Mireille, no puedo irme así. Y bajé, claro, y no era un bello espectáculo con su valija al lado de la mesa y un segundo o tercer whisky en la mano, me acercó un sillón y estaba muy sereno y me sonreía y quiso saber qué había hecho y yo le conté de la película soviética, él la había visto en Londres, buen tema para un cuarto de hora de cultura estética y política, de un par de cigarrillos y otro trago. Le concedí todo el tiempo necesario pero aún le quedaba más de una hora antes de irse a la estación, le dije que estaba cansada y que me iba a dormir. No hablamos de otro encuentro, no hablamos de nada que hoy pueda recordar, se levantó para abrazarme y nos besamos en la mejilla, me dejó ir sola hacia la escalera pero escuché todavía su voz, solamente mi nombre como quien echa una botella al mar. Me volví y le dije ciao.
Dos meses después llegó su carta que no contesté, curioso pensar ahora que en su sueño de Verona había una carta que ni siquiera había leído. Da lo mismo al fin y al cabo, claro que la leí y que me dolió, era otra vez la tentativa inútil, el largo aullido del perro contra la luna, contestarla hubiera abierto otro interregno, otra Verona y otro ciao. Sabes, una noche sonó el teléfono en la cabaña, a la hora en que él en otro tiempo me llamaba desde Londres. Por el sonido supe que era una llamada de larga distancia, dije el “hola” ritual, lo repetí, tú sabes lo que se siente cuando alguien escucha y calla del otro lado, es como una respiración presente, un contacto físico, pero no sé, acaso uno se oye respirar a sí misma, del otro lado cortaron, nadie volvió a llamar. Nadie ha vuelto a llamar, tampoco tú, solamente me llaman para nada, hay tantos amigos en Ginebra, tantas razones idiotas para llamar por teléfono.
¿Y si en definitiva fuera Javier quien escribe esta carta, Lamia? Por juego, por rescate, por un último mísero patetismo, previendo que la leerás, que nada tienes que ver con ella, que la medalla te es ajena, apenas una razón de irónica sonrisa. ¿Quién podrá decirlo, Lamia? Ni tú ni yo, y él tampoco lo dirá, tampoco él. Hay como un triple ciao en todo esto, cada cual volverá a sus juegos privados, él con Hielen en la fría costumbre londinense, tú con tu presa del día y yo que escucho a Brahms cerca de un fuego que no reemplaza nada, que es solamente un fuego, la ceniza que avanza, que veo ya como nieve entre las brasas, en el anochecer de mi cabaña sola.
FIN

10 comentarios:

Pau dijo...

Hola Gus!!
por el blogroll llegue a tu blog y me gustó, vendre a visitarte más seguido, besos miau!!!!

Lagesio dijo...

Los cronopios siguen haciendo de las suyas…
¡Hola! , me llamo Liliana y como decana de http://lamateradeguido.blogspot.com
cumplo en informarte que te hemos sumado a nuestra rueda, tu Blogus, es una adicción, Gracias por ¡Ciao Verona!

pipe dijo...

como va, habi aolvidado decirte que ya te agrege a la cadena de technorati, ademas comentarte que tengo otra..
saludos

Anónimo dijo...

No vas a decir de dónde lo has tomado? En El País digital no aparecía.

BLOGus dijo...

pau: gracias y también estas en mi blogroll (sin roll)

lagesio: gracias y en dos segundos voy a visitar el tuyo.

pipe: Gracias

Sr.anónimo: En El País no aparece y aquí sí. Ahi está la respuesta. Acordate que existen también los teclados.

BLOGus dijo...

pipe y lagesio, me gusta jugar a la escondida, si habilitan sus perfiles podré leerlos. Por ahí no quieren que se vea apropósito pero ¿entonces no es lo mismo escribir en un cuaderno y guardarlo con llave en un cajón?. Saludos

Anónimo dijo...

mas comentarios sin animo de ofender.

1 como dices, sin pruebas no deberia afirmar tan contundentemente que lo has copiado. acepto la correccion.

2 en el texto hay algun error de transcripcion que curiosamente se repite en tu texto.

3 no se por que habrias de borrar el comentario, tu mismo los pides y no todos tienen que ser alagos.

fma

Silvina dijo...

Fue un BLOGus-to leer el cuento inédito. Muchas, muchas gracias por compartirlo con quienes no tenemos acceso al suplemento del diario español. Saludos desde Santiago de Chile. Una cordooobesa.

Anónimo dijo...

Eppa! Descubro solo hoy que el gran julio escribio' sobre mi pueblo, asi que ahora me lo voy a leer con gusto.
Ciao, desde Verona.
Milena

pocner dijo...

Leí el relato de Cortazar cuando fue publicado por el Pais. Lo tengo tan bien guardado que hoy lo he buscado sin éxito. Por suerte todavía existe gente como tu. Mil gracias. Un verdadero placer encontrarte