lunes, 12 de noviembre de 2007

Ciao, Verona. Julio Cortázar. 2ª parte

Acá va la 2ª parte, tengan paciencia que después de esta entrada viene la 3ª y última parte. Sigan disfrutando.

Ciao, Verona. Julio Cortázar. 2ª parte

Viene del anterior post
Veo cómo podría no verla, tu sonrisa entre maligna y compasiva, te imagino encogiéndote de hombros y acaso dando a leer mi carta a la que bebe o fuma a tu lado, tregua amable en una siesta de almohadas y murmullos. Me expongo a tu desprecio o a tu lástima, pero a esa hora él era como un puerto después de ti en Ginebra. Su mano en mi brazo (“¿estás bastante abrigada, no te molesta la lluvia”?) me guiaba al azar por una ciudad que yo conocía mejor que él hasta que en algún momento le mostré el camino, bajamos a la Piazza delle Erbe y fueron el rojo y el ocre, la discusión sobre el gótico, el dejarse llevar por la ciudad y sus vitrinas, disentir sobre las tumbas de los Escalígeros, él sí y yo no, la deriva deliciosa por callejas sin destino preciso, el primer almuerzo allí donde yo había comido mariscos alguna vez y no los encontraría ahora pero qué importaba si el vino era bueno y la penumbra nos dejaba hablar, nos dejaba mirarnos sin la doble humillación de las últimas miradas en Ginebra. Lo encontré el de siempre, dulce y un poco brusco al mismo tiempo, la barba más corta y los ojos más cansados, las manos huesudas triturando un cigarrillo antes de encenderlo, su voz en la que había también una manera de mirarme, una caricia que sus dedos no podían ya tender hasta mi cara. Había como una espera tácita y necesaria, un lento interregno que llenábamos de anécdotas, trabajos y viajes, recuento de vidas separadas corriendo por países distantes, Hielen evocada pasajeramente porque él siempre había sido leal conmigo y tampoco ahora callaba su pequeña historia sin salida. Nos sentimos bien mientras bebíamos el café y la grappa (sabes que soy experta en grappa y él aceptó mi elección y la aprobó con un gesto infantil, tímidamente pasando un dedo por mi nariz y recogiendo la mano como si yo fuera a reprochárselo); ya entonces habíamos comparado planos y preferencias, yo habría de guiarlo por palacios e iglesias y además él necesitaba un paraguas y pañuelos y también quería mi consejo para comprar calcetines porque ya se sabe que en Italia. Amigos, sí. Derivando otra vez, buscando San Zeno y cruzando nuestro primer puente con un sol inesperado que temblaba frío y dudoso en las colinas.

Cuando volvimos al hotel con proyectos de paseo nocturno y cena suntuosa, jugando a ser turistas y a tener por fin un largo tiempo sin oficinas ni obligaciones, Javier me invitó a beber un trago en su habitación y yo convertí su cama en un diván mientras él abría una botella de coñac y se sentaba en el único sillón para mostrarme libros ingleses. Sentíamos pasar la tarde sin premura, hablábamos de Verona, los silencios se abrían necesarios y bellos como esas pausas en una música que también son música; estábamos bien, podíamos mirarnos. En algún momento yo debería hablar, por eso sobre todo habíamos venido a Verona pero él no hacía preguntas, puerilmente asombrado de verme ahí, sintiéndome otra vez tan cerca, sentada a lo yoga en su cama. Se lo dije, esperaríamos a mañana, hablaríamos; él bajó la cabeza y dijo sí, dijo no te preocupes, hay tiempo, déjame estar tan bien así. Por todo eso fue bueno volver a mi cuarto al anochecer, perderme largo rato en una ducha y mirar los tejados y las colinas. No me creas más ingenua de lo que soy esa tarde había sido lo que Javier, inexplicablemente entusiasta del boxeo, hubiera llamado el primer round de estudio, la cortesía sigilosa de quienes buscan o temen los flancos peligrosos, el brusco ataque frontal, pero detrás de la cordura se agazapaba tanto sucio pasado; ahora solamente esperábamos, cada cual de su lado, cada cual en su rincón.

El otro día llegó después de caminar con frío y jugando, Chianti y mariscos, el Adige crecido y gentes cantando en las plazas. Ah Lamia, es difícil escribir frases legibles cuando lo que quiero reconstruir para ti –para qué para ti, ajena y sarcástica- contiene ya el final y el final no es más que palabras mezcladas y confusas, ciao por ejemplo, esa manera de saludar o despedirse indistintamente, o botón, pipa, rechazo, cine soviético, última copa whisky, insomnio, palabras que me lo dicen todo pero que es preciso alisar, conectar con otras para que comprendas, para que el discurso se tienda en la página como las cosas se tendieron en el tiempo de esos días. Botón por ejemplo, llevé una camisa de Javier a mi cuarto para coserle un botón, o pipa, ves, al otro día después de vagar por el mercado de la piazza delle Erbe pasó que él me miró con esa cara lisa y nueva con que me miraba como deben mirar los boxeadores en el primer round, convencido acaso de que todo estaba bien así y que todo seguiría sin cambios en esa nueva manera de mirarnos y de andar juntos, y después tuvo una gran sonrisa misteriosa y me dijo que ya estaba enterado, que me había visto buscar en mi bolso cuando charlábamos en su cuarto, mi gesto un poco desolado al descubrir que me había dejado la pipa en Ginebra, mi placer de las tardes junto al fuego en la cabaña cuando escuchábamos Brahms, mi cómica enternecedora hermosa semejanza con George Sand, mi gusto por el tabaco holandés que él detestaba, fumador de mezclas escocesas, y no podía ser, era absolutamente necesario que esa tarde encendiéramos al mismo tiempo nuestras pipas en su cuarto o en el mío, y ya había mirado las vitrinas mientras paseábamos y sabía a donde debíamos ir para que yo eligiera la pipa que iba a regalarme, el paquete de horrible tabaco que no era más que una de mis aberraciones, sentir que eran tan feliz diciéndomelo, jugando conmigo a que yo me conmoviera y aceptara su regalo y entre los dos sopesáramos largamente las pipas hasta encontrar la justa medida y el justo color. Volvimos a instalarnos en su cuarto, los pequeños rituales se repitieron acompasadamente, fumamos mirándonos con aire apreciativo, cada cual su tabaco pero un mismo humo llenando poco a poco el aire mientras él callaba y su mano venía un segundo hasta mi rodilla y entonces sí, entonces era la hora de decirle lo que él ya sabía, torpemente pero al fin decírselo, poner en palabras y pausas eso que él tenía que saber de alguna manera aunque creyera no haberlo sabido nunca. Cállate, Lamia, cállate esa palabra de burla que siento venir a tu boca como una burbuja ácida, no me dejes estar tan sola en esa hora en que bajé la cabeza y él comprendió y puso en el suelo la pequeña lámpara para que sólo el fuego de nuestras pipas ardiera alternativamente mientras yo no te nombraba pero todo estaba nombrándote, mi pipa, mi voz como quemada por la pena, la simple horrible definición de lo que soy frente a quien me escuchaba con los ojos cerrados, acaso un poco pálido aunque siempre la palidez me pareciera un simple recurso de escritores románticos.

De él no esperaba más que una admisión y acaso, después, que me dijera que estaba bien, que no había nada que decir y nada que hacer frente a eso. Ríete triunfalmente, dale a tu perversa sapiencia el cauce que te pide ahora. Porque no fue así, por supuesto, solamente su mano otra vez apretando mi rodilla como una aceptación dolorosa, pero después empezaron las palabras mientras yo me dejaba resbalar en la cama y me aferraba al último resto de silencio que él destruía con su apagado soliloquio. Ya en Ginebra, en el otro contexto, lo había oído abogar por una causa perdida, pedirme que fuera suya porque después, porque nada podía estar dicho ni ser cierto antes, porque la verdad empezaría del otro lado, al término del viaje de los cuerpos, de su lenguaje diferente. Ahora era otra cosa, ahora él sabía (pero lo había sabido antes sin de veras saberlo, su cuerpo lo había sabido contra el mío y ésa era mi falta, mi mentira por omisión, mi dejarlo llegar dos veces desnudo a mi desnuda entrega para que todo se resolviera en frío y vergüenza de amanecer entre sábanas inútiles), ahora él lo sabía por mí y no lo aceptaba, bruscamente se erguía y se apretaba a mí para besarme en el cuello y en el pelo, no importa que sea así Mireille, no sé si es verdad hasta ese punto o solamente un filo de navaja, un caminar por un techo a dos aguas, quizá quieres librarme de mi propia culpa, de haberte tenido entre los brazos y solamente la nada, el imposible encuentro. Cómo decirle que no, que acaso sí, cómo explicarle y explicarme mi rechazo más profundo fingiéndose tan sólo timidez y espera, algo como un cuerpo de virgen contraído por los pavores de tanto atavismo (no te rías, pantera de musgo, qué otra cosa puedo hacer que alinear estas palabras), y decirle a la vez que mi rechazo no tenía remedio, que jamás su deseo se abriría paso en algo que le era ajeno, que solamente pudo haber sido tuyo o de otra, tuyo o de cualquiera que hubiese venido a mí con un abrazo de perfecta simetría, de senos contra senos, de hundido sexo contra hundido sexo, de dedos buscando en un espejo, de bocas repitiendo una doble alternada succión interminable.

Pero son tan estúpidos, Lamia, ahora sí puedes estallar en la carcajada que te quema la garganta, qué se puede esperar o hacer frente a alguien que retrocede sin retroceder, que acata la imposibilidad a la vez que se rebela inútilmente. Ya sé, a eso le estás llamando esperanza, si estuvieras conmigo me mirarías irónica, preguntarías entre dos bocanadas de Chesterfield s a pesar de todo yo esperaba de mí algo como una mutación, lo que él había llamado caminar sobre un techo a dos aguas y entonces resbalar por un momento a su lado; su a pesar de tantos años de solitaria confirmación todavía esperaba un margen suficiente como para darme y dar una breve felicidad de llamarada. ¿Qué te puedo decir? Que sí, acaso, que acaso en ese momento lo esperé, que él estaba allí para eso, para que yo lo esperara, pero que para esperarlo tenía que pasar otra cosa, un rechazo total de la amistad y la cortesía y Verona by night y el puente Risorgimiento que su mano saltara de mi rodilla a mis senos, se hundiera entre mis muslos me arrancara a tirones la ropa, y en cambio él era el perfecto emblema del respeto, su deseo se mecía en humo y palabras, en esa mirada de perro bueno, de mansa desesperada esperanza, y solamente pedirme que fuera más allá, pedírmelo como el caballero que era, rogarme que diera el salto tras del cual podía nacer al fin la alegría, que en ese mismo instante me desnudara y me diera ahí en esa cama y en ese instante, que fuera suya porque solamente así sabríamos lo que iba a venir, la orilla opuesta del verdadero encuentro. Y no, Lamia, entonces no, si en ese segundo yo no era capaz de saber lo que sucedería si sus manos y su boca cayeran sobre mí como el violador sobre su presa, en cambio yo misma no haría el primer gesto de la entrega, mi mano no bajaría al cierre de mis pantalones, al broche del corpiño. Mi negativa fue escuchada desde un silencio donde todo parecía hundirse, la luz y las caras y el tiempo, me acarició apenas la mejilla y bajó la cabeza, dijo que comprendía, que una vez más era su culpa su inevitable manera de echarlo todo a perder, otro coñac, acaso, irse a la calle como una manera de olvido o de recomienzo Verona, de recomienzo pacto. Le tuve tanta lástima, Lamia, nunca lo había deseado menos y por eso podía tenerle lástima y estar de su lado y mirarme desde sus ojos y odiarme y compadecerlo, vámonos a la calle, Javier, aprovechemos la última luz, admiremos el improbable balcón de Julieta, hablemos de Shakespeare, tenemos tantas cosas para hablar a falta de música, cambiemos Brahms por un Campari en los cafecitos del centro o vayamos a comprar tu paraguas, tus calcetines, es tan divertido comprar calcetines en Verona.
Ya ves, ya ves, son tan estúpidos, Lamia, pasan como topos al lado de la luz. Ahora que recuerdo, que reconstruyo nuestro diálogo con esa precisión que me ha dado el infierno bajo forma de memoria, sé que él dejó pasar todo lo importante, que el pobre estaba tan desarmado tan deshecho tan desolado que no se le ocurrió lo único que le quedaba por hacer, ponerme cara a cara contra mí misma, obligarme a ese escrutinio que en otros planos hacemos diariamente ante nuestro espejo, arrancarme las máscaras de lo convencional (eso que siempre me reprochaste, Lamia), del miedo a mí misma y a lo que puede venir, la aceptación de los valores de mamá y papá (“ah, por lo menos sabes que ellos y el catecismo te dictan las conductas”, otra vez tú, por supuesto), y así sin lástima como la forma más extrema y más hermosa de la lástima irme llevando al grito y al llanto, desnudarme de otra manera que quitándome la ropa, invitándome al salto, a la implosión y al vértigo, quitándome la máscara Mireille mujer para que él y yo viéramos al fin la verdadera cara de la mujer Mireille, y decidir entonces pero no ya desde las reglas del juego, decirle vete de aquí ahora mismo o sentir que teníamos tantos días por delante para hundirnos el uno en el otro, bebernos y acariciarnos, los sexos y las bocas y cada poro y cada juego y cada espasmo y cada sueño ovillado y murmurante, ese otro lado al que él no era capaz de lanzarme. ¿Qué hubiéramos perdido, qué hubiéramos ganado? La ruleta de la cama, ahí donde yo seguía sentada todavía, el rojo o el negro, el amor de frente y de espaldas, la ruta de los dedos y las lenguas, los olores de mareas y de pelo sudado, los interminables lenguajes de la piel. Todo lo que enumero sin verdaderamente conocerlo, Lamia, todo lo que tú no quisiste nunca darme y que yo no supe buscar en otras, barrida y destrozada por las lejanas inepcias de la juventud, la estúpida iniciación forzada en un verano provincial, la reiterada decepción frente a esa llaga incurable en la memoria, el temor de ceder al deseo descubierto un a tarde en una galería de Lausanne, la parálisis de toda voluntad cuando sólo se podía hacer una cosa, asentir a la pulsión que me golpeaba con su ola verde frente a esa chica que bebía su té en la terraza, ir a ella y mirarla, ir a ella y ponerle la mano en el hombro y decirle como tú lo haces, Lamia, decirle simplemente: te deseo, ven.
Pero no, son estúpidos, Lamia, en esa hora en que pudo abrirme como una caja donde esperan flores, como la botella donde duerme el vino, una vez más se retrajo sumiso y cortés, comprendiendo (comprendiendo lo que no bastaba comprender, Lamia, lo que había que forzar con una espléndida marea de injurias y de besos, no hablo de seducción sexual, no hablo de caricias eróticas, lo sabes de sobra), comprendiendo y quedándose en la comprensión, perro mojado, topo inane que sólo sería capaz de escribir de nuevo alguna vez lo que no había sabido vivir, como ya lo había hecho después de Ginebra para tu especial delectación de hembra de hembras, tú la plenamente señora de ti misma mirándonos y riéndote, imposible amor mío triunfando una vez más sin saberlo en una pieza de un hotel de Verona, ciudad de Italia.

1 comentario:

Silvia dijo...

....hacía tiempo que no leía de atrás pálante....es divertido. Bonito blog. Nos leemos. Besos