lunes, 12 de noviembre de 2007

Relato inédito de Cortázar: Ciao, Verona. 1ª parte.

Ya está el texto completo del relato, se imaginarán que si no fue publicado antes en la página de El País, es porque tiene derechos, pero como ya pasaron 30 años. espero que los descendientes de Don Julio, no se me enojen por publicarlo. El texto obviamente es para leerlo y disfrutarlo, y no para comerciarlo. Espero que les gusté, a mí me fascinó. Lo publicaré por partes para que no me pete el blog. Acá va.

CIAO, VERONA
Julio Cortázar
Publicado en Babelia – El País – 03-11-07

-Tu n’a pas su me conquérir –prononça
Vally, lentement-. Tu n’a eu ni la force,
Ni la patience, ni le courage de vaincre
Mon repliement hostile vis-à-vis de l’etre
Qui veut me dominer

-Je ne l’ignore point, Vally. Je ne
formule pas le plus légère reproche, la
plus légère plainte. Je te garde
l’inexprimable reconnaissance de m’avoir
inspiré cet amour que je n’ai point su te
faire partager.

Renée Vivien, Une femme m’apparut...


Fue en Boston y en un hotel con pastillas. Lamia Maraini, treinta y cuatro años. A nadie le sorprendió demasiado, algunas mujeres lloraron en ciudades lejanas, la que vivía en Boston se fue esa noche a un night-club y lo pasó padre (así se lo dijo a una amiga mexicana). Entre los pocos papeles de la valija había tarjetas postales con solamente nombre de pila y una larga carta romántica fechada meses antes pero apenas leída, casi intocable en el ancho sobre azul. No sé, Lamia – una escritura redonda y aplicada, un poco lenta pero viniendo evidentemente de alguien que no hacia borradores-, no sé si voy a enviarte esta carta, hace ya tanto que tu silencio me prueba que no las lees y yo nunca aprendí a enviarte notas breves que acaso hubieran despertado un deseo de respuesta, dos líneas o uno de esos dibujos con flechas y ranitas que alguna vez me enviaste desde Ischia, desde Managua, descansos de viaje o maneras de llenar una hora de hastío con una mínima gentileza un poco irónica.

Ves, apenas empiezo a hablarte se siente –tú lo sentirás más que yo y rechazarás esta carta con un malhumor de gata mal despierta- que no podré ser breve, que cuando empiezo a hablarte hay como un tiempo abolido, es otra vez la oficina del CERN y las lentas charlas que nos salvaban de la bruma burocrática, de los papeles como polvorientos sobre nuestros escritorios, urgente, traducción inmediata, el placer de ignorar un mundo al que nunca pertenecimos de veras, la esperanza de inventarnos otros sin prisa pero tenso y crispado y lleno de torbellinos e inesperadas fiestas. Hablo por mí, claro, tú no lo viste nunca así pero cómo podía yo saberlo entonces Lamia, cómo podía adivinar que al hablarme te estabas como peinando o maquillando siempre sola, siempre vuelta hacia ti, yo tu espejo Mireille, tu eco Mireille, hasta el día en que abrieras la puerta del fin de tu contrato y saltaras a la vida calle afuera, aplastaras el pie en el acelerador de tu Porsche que te lanzaría a otras cosas, a lo que ahora estarás viviendo sin imaginarme aquí escribiéndote.

Digamos que te hablo para que mi carta llene una hora hueca, un intervalo de café que alzarás la vista entre frase y frase para mirar cómo pasa la gente, para apreciar esas pantorrillas que una falda roja y unas botas de blando cuero delimitan impecablemente. ¿Dónde estás, Lamia, en qué playa, en qué cama, en qué lobby de hotel te alcanzará esta carta que entregaré a un empleado indiferente para que le ponga los sellos y me indique el precio del franqueo sin mirarme, sin más que repetir los gestos de la rutina? Todo es impreciso, posible e improbable: que la leas, que no te llegue, que te llegue y no la leas, entregada a juegos más ceñidos; o que la leas entre dos tragos de vino, entre dos respuestas a esas preguntas que siempre te harán las que viven la indecible fortuna de compartirte en una mesa o una reunión de amigos; sí, un azar de instantes o de humores, el sobre que asoma en tu bolso y que decides abrir porque te aburres, o que hundes entre un peine y una lima de uñas, entre monedas sueltas y pedazos de papel con direcciones o mensajes. Y si la lees, porque no puedo tolerar que no la leas aunque sólo sea para interrumpirla con un gesto de hastío, si la lees hasta aquí, hasta esta palabra aquí que se aferra a tus ojos, que busca guardar tu mirada en lo que sigue, si la lees, Lamia, qué puede importarte lo que quiero decirte, no ya que te amo porque eso lo sabes desde siempre y te da igual y no es noticia, realmente no es noticia para ti allá donde estés amando a otra o solamente mirando el río de mujeres que el viento de la calle acerca a tu mesa y se lleva en lentas bordadas, cediéndote por un instante sus singladuras y sus máscaras de proa, las regatas multicolores que alguna ganará sin saberlo cuando te levantes y la sigas, la vuelvas única en la muchedumbre del atardecer, la abordes en el instante preciso, en el portal exacto donde tu sonrisa, tu pregunta, tu manera de ofrecer la llave de la noche sean exactamente halcón, festín, hartazgo.

Digamos entonces que te voy a hablar de Javier para divertirte un rato. A mí no me divierte, te lo ofrezco como una libación más a las tantas que he volcado a tus pies (¿compraste al fin esos zapatos de Gregsson que habías visto en Vogue y que burlonamente decías desear más que los labios de Anouk Aimée). No, no me divierte pero a la vez necesito hablar de él como quien vuelve y vuelve con la lengua sobre un trocito de carne trabado entre los dientes; me hace falta hablar de él porque desde Verona hay en él algo de súcubo (¿de íncubo? Siempre me corregiste y ya ves, sigo en la duda) y entonces el exorcismo, echarlo de mí como también él buscó echarme de él en ese texto que tanta gracia te hizo en México cuando leíste su último libro, tu tarjeta postal que tardé en comprender porque jugabas con cada palabra, enredabas las sílabas y escribías en semicírculos que seccionaban mezclando pedazos de sentido, descarrilando la mirada. Es curioso, Lamia, pero de alguna manera ese texto de Javier es real, él pudo convertirlo en un relato literario y darle un título un poco numismático y publicarlo como pura ficción, pero las cosas pasaron así, por lo menos las cosas exteriores que para Javier fueron las más importantes, y a veces para mí. Su estúpido error –entre tantísimos otros- estuvo en creer que su texto nos abarcaba y de alguna manera nos resumía; creyó por escritor y por vanidoso que tal vez son la misma cosa, que las frases donde hablaba de él y de mí usando el plural completaban una visión de conjunto y me concedían la parte que me tocaba, el ángulo visual que yo hubiera tenido el derecho de reclamar en ese texto. La ventaja de no ser escritora es que ahora te voy a hablar de él honesta y simple y epistolarmente en primera persona; y no guardaré copia, Lamia, y nadie podrá enviarle una postal a Javier con una broma irónica sobre esto. Porque es tiempo de ver las cosas como son, para él su texto contenía la verdad y era así, pero sólo para él. Demasiado fácil hablar de las caras de la medalla y creerse capaz de ir de una a otra, pasar del yo a un plural literario que pretendía incluirme. A veces sí, no lo niego, no estoy diciendo resentidamente todo esto, Javier, créeme que no (Lamia me perdonará esta brusca sustitución de corresponsal, en la mañana de los hechos y sus razones y sus no explicaciones vaya a saber si no te estoy escribiendo a ti, pobre amigo mojado de imposible), pero era necesario que la otra cara de la medalla tuviera su verdadera voz, te mostrara tal como es un hombre cuando lo sacan de su cómoda rutina, lo desnudan de sus trapos y sus mitos y sus máscaras.

Por lo demás te debo una aclaración, Lamia, aunque no dejarás de observar que no es a ti sino a Javier a quien se la debo, y desde luego tienes razón. Si leíste bien su texto (a veces una crueldad instantánea te lleva superponer la irrisión al juicio, y nada ni nadie te haría cambiar esa visión demoníaca que es entonces la tuya), habrás visto que a su manera le da vergüenza haberlo escrito, son cosas que no puede dejar de decir pero que en el fondo hubiera preferido callarse. Desde luego para él también era un exorcismo, necesitó sufrir como imagino que sufrió al escribirlo, confiando en una liberación, en un efecto de sangría. Y por eso cuando se decidió a hacerme llegar el texto, mucho antes de publicarlo junto con otros relatos imaginarios, agregó una carta donde confesaba precisamente eso que tú habías encontrado intolerable. También él, Lamia, también él. Te copio sus palabras: “Ya sé, Mireille, es obsceno escribir estas cosas, darlas a los mirones. Qué quieres, están los que van a confesarse a las iglesias, están los que escriben interminables cartas y también los que fingen urdir una novela o un cuento con sus aconteceres personales. Qué quieres, el amor pide calle, pide viento, no sabe morir en la soledad. Detrás de este triste espectáculo de palabras tiembla indeciblemente la esperanza de que me leas, de que no me haya muerto del todo en tu memoria” Ya ves el tipo de hombre, Lamia; no te enseño nada nuevo porque para ti todos son iguales, en lo que te equivocas, pero por desgracia él entra exactamente en el molde de desprecio que les has definido para siempre.

No me olvido de tu mueca el día en que te dije que Javier me daba lástima; era exactamente mediodía, bebíamos Martinis en el bar de la estación, te ibas a Marsella y acababas de darme una lista de cosas olvidadas, un trámite bancario, llamadas telefónicas, tu recurrente herencia de esas pequeñas servidumbres que acaso inventabas en parte para dejarme por lo menos una limosna. Te dije que Javier me daba lástima, que había contestado con dos líneas amables su carta casi histérica de Londres, que lo vería tres semanas después en un plan de turismo amistoso. No te burlaste directamente pero la elección de Verona te llenó de chispas los ojos, reíste entre dos tragos, evitaste las citas clásicas, por supuesto, te fuiste sin dejarme saber lo que pensabas; tu beso fue quizás más largo que otras veces, tu mano se cerró un momento en mi brazo. No alcancé siquiera a decirte que nada podía ocurrir que me cambiara, me hubiera gustado decírtelo sólo por mí, puesto que tú te alejabas otra vez hacia una de tus presas, se lo sentía en tu manera de mirar el reloj, de contar desde ese instante el tiempo que te separaba del encuentro. No lo creerás pero en los días que siguieron pensé poco en ti, tu ausencia se volvía cada vez más tangible y casi no era necesario verte, la oficina sin ti era tu territorio terminante, tu lápiz imperioso a un lado de tu mesa, la funda de la máquina cubriendo el teclado que tanto me gustaba ver cuando tus dedos bailaban envueltos en el humo de tu Chesterfield; no necesitaba pensar en ti, las cosas eran tú, no te habías ido. Poco a poco la sombra de Javier volvía a entrar como tantas veces había entrado él a la oficina, pretextando una consulta para demorarse de pie junto a mi mesa y al final proponiéndome un concierto o un paseo de fin de semana. Enemiga de la improvisación y del desorden como me conoces, le había escrito que me ocuparía de reservar hotel, de fijar los horarios; él me lo agradeció desde Londres, llegó a Verona media hora antes que yo una mañana de mayo bebió esperándome en el bar del hotel, me apretó apenas en sus brazos antes de quitarme la maleta, decirme que no lo creía, reírse como un chico, acompañarme a mi habitación y descubrir que estaba enfrente de la suya, apenas algo más al fondo del corredor amortiguado de estucos y cortinados marrones, el mismo hotel Academia de otro viaje mío, la seguridad de la calma y del buen trato. No dijo nada, claro, miró las dos puertas y no dijo nada. Otro me hubiera reprochado la crueldad de esa cercanía, o preguntado si era una simple casualidad en el mecanismo del hotel. Lo era, sin duda, pero también era verdad que no había pedido expresamente que nos alojaran en pisos diferentes, difícil decirle eso a un gerente italiano y además parecía una manera de que las cosas fueran limpias y claras, un encuentro de amigos que se quieren bien.
Me doy cuenta de que todo esto se esfuma en una linearidad perfectamente falsa como todas las linearidades, y que sólo puede tener sentido si entre tus ojos (¿siguen siendo azules, siguen reflejando otros colores y llenándose de brillos dorados, de bruscas y terribles fugas verdes para volver con un simple aletazo de los párpados al agua marina desde donde me enfrenta para siempre tu negativa, tu rechazo?), entre tus ojos y esta página se interpone una lupa capaz de mostrarte algunos de los infinitos puntos que componen la decisión de citarse en Verona y vivir una semana en dos piezas separadas apenas por un pasillo y por dos imposibilidades. Te digo entonces que si respondí a la carta de Javier, si lo cité en Verona, esos actos se dieron dentro de una admisión tácita del pasado, de todo lo que conociste hasta el punto final del texto de Javier. No te rías pero ese encuentro se basaba en algo así como un orden del día, mi voluntad de hablar, de decirle la verdad, de acaso encontrar un terreno común donde el contento fuera posible, una manera de seguir marchando juntos como alguna vez en Ginebra. No te rías pero en mi aceptación había cariño y respeto, había el Javier de las tardes en mi cabaña, de las noches de concierto, el hombre que había podido ser mi amigo de vagabundeos, de Schumann y de Marguerite Yourcenar (no te rías, Lamia, eran playas de encuentro y de delicia, allí sí había sido posible esa cercanía que él acabó haciendo pedazos con su torpe conducta de oso en celo); y cuando le expuse el orden del día, cuando acepté un reencuentro en Verona para decirle lo que él hubiera debido adivinar desde tanto antes, su alegría me hizo bien, me pareció que acaso para nosotros se abría un terreno común donde los juegos fueran otra vez posibles, y mientras bajaba para encontrarme con él en el bar y salir a la calle bajo la llovizna de mediodía me sentí la misma de antes, libre de los recuerdos que nos manchaban, de la infinita torpeza de las dos noches de Ginebra, y él también parecía estar como recién lavado de su propia miseria, esperándome con proyectos de paseos, la esperanza de encontrar en Verona los mejores spaghettis de Italia, las capillas y los puentes y las charlas que ahuyentaran los fantasmas.

***** continuará.

6 comentarios:

Armorius dijo...

Gracias, Blogus! Llegaste antes, y ahora soy yo el que lo leo gracias a ti. Incluso en nuestra querida Buenos Aires mis amigos lo han leido ya, pues parece que lo publicó Clarin, y pronto podremos hacer intercambio Babelia-Clarín para enriquecer nuestra colección. Momento histórico.

Por cierto, un regalito:

http://elconciso.blogspot.com/2007/11/tati-y-juampi.html

Saludos.

Anónimo dijo...

pon lo demás!!! cuándo?? dónde lo conseguiste?? es posible conseguir el suplemento donde lo publicaron?

BLOGus dijo...

Sr. anónimo: El suplemento seguramente está en una hemeroteca o lo tendrá algún amigo, digitalmente no está publicado, salvo acá y en un par de sitios más.

c.e.g. dijo...

Gracias por la transcripción del cuento! Continuá, que es realmente un regalo para todos los que no tienen el periódico español en papel!

Amalia dijo...

Qué bueno que hays publicado este post con Ciao Verona , tuve oportunidad de llerlo en el diario Calrín ( revista Ñ), pero no lo halle en la Web , así que me tomé la licencia de citarte en mi post a propósito del retorno de ese amigo de siempre que es Julio...
Espero que no te moleste la remisión ... Por lo demás, muy bueno el site.

Saludos, Aquileana :)

Amalia dijo...

Acá va el link, Gustavo:

http://aquileana.wordpress.com/2007/11/13/las-caras-de-la-medalla-y-ciao-veronica/