jueves, 29 de noviembre de 2007

Cómo queremos a nuestras mascotas II

El pueblo quiere saber y si quiere yo les cuento. Me refiero a mi estrecha relación con los veterinarios por intermedio de mis gatas. El último boletín dice que el martes la operarán a Minona y que hay grandes posibilidades de que todo salga bien, pero por las dudas me cobran por anticipado. Mi otra gata que fue operada el lunes para esterilizarla se le abrió un punto, así que hoy va a su médico con Elena. Suerte que tiene un abono por un año, porque el gasto de la intervención de Minona ya es suficiente.
Seguiré informando en próximas ediciones y gracias por los mensajes de cariño de todos.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Otro meme: mi escritorio sosón

La Tia Doc me pasa un meme simpaticón: capturar una imagen de nuestro escritorio, claro que esto depende de no haber hecho una limpieza recientemente. Este es mi caso. Ahora tengo el escritorio sosito y aburridillo, pero el viernes era un auténtico Horror Vacui!. Ahí va igual y le paso el meme para curiosear a mis amigos (no lo dejen lindo que se nota, eh!):


Se lo paso a:
El hermano Montgolfier
Asados Argentinos
La nena
Doña paranoica

Cómo queremos a nuestras mascotas!

Es increíble como queremos a nuestras mascotas!. Hace un tiempo que estoy bastante liado, no solo de mi trabajo, sino realmente por la salud de una de mis gatas, lo que podría parecer un tema personal y frívolo me gustaría desarrollar desde la óptica del amor que uno le toma a nuestros animalitos de compañía, esos que pueden romper toda la casa pero si se acercan a por una caricia la reciben sin resentimiento, esos bichitos compradores que nos acompañan durante buena parte de nuestra vida, hacíendonos sentir queridos. A falta de pequeñitos humanos, para mí y Elena son nuestras hijitas y tengo muy claro que amamos a mis gatas y si tenemos que empeñar la tele lo haremos sin lugar a dudas.
Esperamos que Minona pase bien la operación (tiene el kilo –canal linfático- roto por una malformación de nacimiento que le inunda el pulmón y no la deja respirar) y que por favor se ponga buena como siempre, aunque tenga esa carita adorable de mala ostia. Y para ir terminando (al final me salió bastante personal, lo siento) tengo dos pensamientos de lunes en la oficina:
Primero: Gracias infinitas a toda la gente que tiene refugios y salva a los animales de gente que nunca los quiso. A la gentuza que abandona animales los maldigo con toda mi alma.
Y la segunda:
Tendría que haber sido veterinario, estos sí que ganan bien!

MINONA: La persa de Madrid

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Perlita: La más bebé de la casa (ya está un poco más grande!)

lunes, 19 de noviembre de 2007

Marihuana en el sótano del Ayuntamiento!

En un pueblo de Sevilla llamado El Coronil, fueron encontradas en el sótano del ayuntamiento plantas de marihuana en proceso de secado, supuestamente la habitación habría sido alquilada a una asociación de muy bien no se sabe qué.
Alertados por el fuerte olor a maría, la policía local rompió la puerta y se encontró con el regalito.
El alcalde Jerónimo Guerrero (PSOE), ha manifestado que "lo verdaderamente alarmante del caso no es el hecho de que este secadero de droga estuviese en dependencias municipales desde no se sabe el tiempo, sino lo verdaderamente grave es que en las plantas superiores de ese edificio se llevan a cabo las clases del Programa Ribete y del Aula de Música, a la que acuden numerosos jóvenes de la localidad".

Según algunas fuentes*, la verdadera causa del descubrimiento habría sido las sospechas despertadas ante el aumento desmedido de la originalidad y la creatividad en las clases de música, además del empecinamiento en tocar canciones de Bob Marley y como último hecho, que habría alertado a las autoridades, fue el continuo saqueo de las máquinas de comida al finalizar las clases.

*nada confirmadas

viernes, 16 de noviembre de 2007

Otra censura en Irán, ahora a Gabo

El régimen iraní (a que queda mejor decir "régimen" que gobierno) prohibió la reedición de Memoria de mis putas tristes del gran Gabriel García Márquez (a que queda bien escribir "gran" hablando de Gabo), el texto publicado en farsí pasó el primer control porque un experimentado censor cambió "putas" por "bellas" y nadie se dio cuenta. La nueva autorización para una reedición sumado a que el libro se agotó en tres semanas alertó a los retrógrados y se prohibió una nueva publicación. El Ministerio de (in)Cultura iraní despidió al censor (no se habla de latigazos, por suerte) y anunció medidas para el editor.
Fuentes anónimas y clandestinas afirmaron que el libro se va a vender aún más pero en las trastiendas. Para argumentar y darle más fuerza a esta censura un portavoz del Ministerio de Cultura y Orientación Islámica afirmó: "La publicación de este libro ha sido un error, cuando se publican 50.000 libros al año pueden ocurrir este tipo de errores", justificó. Este ministerio es el responsable de autorizar tanto los libros como los periódicos que se publican en Irán.
Imaginen si una revista hubiera publicado en la portada al presidente Mahmud Ahmadineyad manteniendo relaciones sexuales con su esposa. Acá en España multaron al dibujante y al guionista de El Jueves, por la caricatura de los príncipes con 3,000 euros a cada uno, en Irán.. mejor no imaginar que pasaría.
Pues nada nuevo de un país donde las libertades están un poco -como decirlo suavemente- jodidas.

Qué nos paguen por ayudar a no contaminar!

Antes de escribir esta entrada, voy a aclarar que no va en contra de nadie sino a favor mío y de millones de personas.
Estaba pensando que todos realmente podríamos luchar contra el cambio climático si las motivaciones fueran mejores, que todos sabemos que el planeta terminará extinguiéndose o por lo menos haciéndonos nuestras vidas insoportables, pero realmente todavía nos parece lejano y no hacemos nada en serio. Es como todo. Todos también sabemos que el tabaco produce cáncer y seguimos fumando; todos sabemos que el alcohol nos destroza el hígado y seguimos dándole a los drinkis; todos sabemos que Bush es un poco animalito y lo siguen votando. Así todo. Cuando algo no nos afecta cercanamente, “de verdad”, a nosotros mismos o a nuestras familias, cerramos los ojos decimos “así es la vida” y nos sumergimos en el mundo estupidizante de la tele.
Una pedazo de introducción para decir que quiero que me paguen más. A mí y a los millones de personas que utilizamos los servicios públicos para viajar, para salir, para ir a trabajar, para todo. ¿Por qué algunas empresas le pagan a sus empleados la gasolina del coche y a mi solo me pagan el abono transporte*?. Yo tengo otra idea: los que viajamos en transportes públicos contaminamos mucho menos que los que viajan en coche, ¿no sería justo que nos pagaran un plus por no contaminar?, si los países tienen cuotas de contaminación y hasta las compran y las venden, ¿por qué no estaría bien que se pagara a TODOS los que no contaminan, ya que no contribuimos a la polución.
¿O a los que viajan en bicicleta, casi kamikases en estas épocas de velocidad asesina, no habría que recompensarlos?. Estoy seguro que sí.
Y si me preguntan quien tiene que pagarlo, estoy convencido que tienen que ser las grandes compañías petroleras. Claro que estas argumentarían que entonces tendrán que aumentar sus precios, pero en esa otra lucha yo no me voy a meter.
No pasará mucho tiempo cuando a las petroleras les hagan pagar cánones por su lenta y progresiva destrucción de la tierra, cuando la gasolina escasee y los combustibles limpios por fin formen parte de nuestra vida cotidiana. Pero mientras tanto quiero que me paguen por no contaminar.
Fuera de discusión están las personas que dependen de su coche o transporte de pasajeros para trabajar, obviamente, a estos casos no me refiero, que ya bastante les cuesta lidiar con miles de coches para poder llevar dinero a sus casas.
Pero ya sea porque estamos conscientizados con la vida, por militancia propagandística, por ejercicio (caminar, bici), por vaguería, por no tener dinero para comprar un coche o por simplemente no tener ganas de conducir (mi caso). Todos tenemos que luchar para que valoren a los que contaminamos menos.
Terminando esta entrada, me doy cuenta que sí voy en contra de alguien: de las empresas que se benefician exprimiendo al planeta, sacándole todo su jugo y vendiéndolo. Pero si el sol y el viento es gratis, coño!

*Aviso a navegantes latinoamericanos: En España (y en otros países europeos) por no tanto dinero podés viajar en metro, autobús y tren urbano las veces que quieras (al mes) por tu ciudad y alrededores.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

¿Estamos locos? ¿o qué?

Viendo ayer lo que ocurrió en una manifestación en mi país, me pareció que vivía en un mundo totalmente diferente. Me refiero a la terrible batalla campal entre la policía (siempre amiga del jarabe de palo) y los transportistas (siempre amigos de los dinosaurios sindicalistas y sus favoritismos) en una protesta contra la implementación del carnet de conducir por puntos. Al principio no entendí las imágenes, pensé que se trataba de otra carga policial contra manifestantes que tiraban piedras, hechos y sucesos bastante comunes por los sures latinoamericanos. Pero no, o más o menos. Era una represión policial contra una protesta sin sentido. ¿Qué protestaban los transportistas? Que se les iba a exigir que no cometan infracciones para que no perdieran puntos.
La manifestación no tenía sentido. Acá en España el sistema de puntos funciona hace más de un año y aparte de disminuir los muertos (tampoco es la panacea, no se vayan a creer) casi nadie se quejó, todo el mundo lo aceptó como una obligación impuesta para tener que conducir mejor, si no es por la seguridad por lo menos sea con el castigo al registro y al bolsillo. Algunos camioneros, por ejemplo, se quejaron que tenían que conducir más rápido (con su respectiva infracción al límite de velocidad) porque les exigían horarios a cumplir, pero aparte de casos puntuales y de protestas caídas en sacos rotos, la ley es para todos los conductores, para el novato, para el experto, para el dominguero, para el autobusero, para el motero y hasta para el conductor del camión de Coca Cola, para todos.
Hoy el periódico Clarín, mediante una encuesta, dejó claro la postura de toda la población.


Esta encuesta me deja algunas conclusiones:
1) La gran mayoría piensa que si conduce bien, no hay nada que perder.
2) Los transportistas alcahuetes (para los demás está bien) son solo un 1,9%.
3) Hay casi un 10% que lo de salir y no conducir después de un whiscacho no lo llevan muy bien.

En definitiva, los “profesionales del volante” de Argentina no se tendrían que preocupar de nada, todo depende de ellos, conduzcan bien y todos los puntitos se quedarán en el carnecito. Y para los que no teniendo un camión no aceptan el carnet por puntos, ya saben, practican bicicleta o a caminar!, que hace tan bien!.

lunes, 12 de noviembre de 2007

3ª y última parte de Ciao, Verona. Julio Cortázar

Ahora sí. La 3ª y última entrega del relato de Don Julio. Iba a publicarla mañana pero pensé en "no hagas lo que no quieres que te hagan a ti" así que hoy ya se pueden ir a la cama habiendo leído todo.

Ciao, Verona. Julio Cortázar. Ultima parte.

Viene del anterior post...
Así escrito parece difícil, improbable, pero después lo pasamos bien aquella tarde, éramos eso, ves, y por la noche hubo el descubrimiento de una trattoría en una calleja, la gente amable y riente a la hora de la difícil elección entre lasagne y tortellini; puedo decirte que también hubo un concierto de arias de ópera donde discutimos voces y estilos, un autobús que nos llevó a un pueblo cercano donde nos perdimos. Era ya el cuarto día, después de un viaje hasta Vicenza para visitar el teatro olímpico del Palladio, allí busqué un bolso de mano y Javier me ayudó y finalmente lo eligió por mí tratándome de Hamlet de barraca de feria, y yo le dije que nunca había podido decidirme en seguida y él me miró apenas, hablábamos de compras pero él me miró y no dijo nada, eligió por mí, prácticamente ordenando a la vendedora que empaquetara el bolso sin darme más tiempo a dudar, y yo le dije que me estaba violando, se lo dije así, Lamia, sin pensarlo se lo dije y él volvió a mirarme y comprendí y hubiera querido que olvidara, era tan inútil y tan de tu lado decirle una cosa así, le di las gracias por haberme sacado de esa tienda donde olía podridamente a cuero, al otro día fuimos a Mantua para ver los Giulio Romano del Palacio del Té, un almuerzo y otros Campari, las cenas de vuelta en Verona, las buenas noches cansadas y soñolientas en el pasillo donde él me acompañaba hasta la puerta de mi cuarto y allí me besaba livianamente y me daba las gracias, se volvía a su cuarto casi pared por medio, insomnio por medio vaya a saber qué consuelos bastardos entre dos cigarrillos y la resaca del coñac.
Nada había sucedido que me diera el derecho de volverme antes a Ginebra, aunque nada tenía ya sentido puesto que el pacto era como un barco haciendo agua, una doble comedia lastimosamente amable en la que de veras nos reíamos, estábamos contentos por momentos y por momentos lejanamente juntos, tomados del brazo en las callejas y los puentes. También él debía desear el regreso a Londres porque el balance estaba hecho y no nos dejaba el menor pretexto para un encuentro en otra Verona del futuro, aunque tal vez hablaríamos de eso ahora que éramos buenos amigos como ves, Lamia, tal vez fuera Ámsterdam dentro de cinco meses o Barcelona en primavera con todos los Gaudí y los Joan Miró para ir a ver juntos. No lo hicimos, ninguno de los dos adelantó la menor alusión al futuro, nos manteníamos cortésmente en ese presente de pizza y vinos y palacios, llegó el último día después de pipas y paseos y esa tarde en que nos perdimos en un pueblo cercano y hubo que andar dos horas por senderos entre bosques buscando un restaurante y una parada de ómnibus. Los calcetines eran espléndidos, elegidos por mí para que Javier no reincidiera en sus tendencias abigarradas que le quedaban tan mal, y el paraguas sirvió para protegernos de la llovizna rural y anduvimos bajo el frío del atardecer oliendo a gamuza mojada y a cigarrillos, amigos en Verona hasta esa noche en que él tomaría su tren a las once y yo me quedaría en el hotel hasta la mañana siguiente. La víspera Javier había soñado conmigo pero no me había dicho nada, sólo supe de su sueño dos meses después cuando me envió a Ginebra y me lo dijo, cuando me envió esa última carta que no le contesté como tampoco tú me contestarás ésta, dentro de la justa necesaria simetría que parece ser el código del infierno. Gentil como siempre, quiero decir estúpido como siempre, no me habló del sueño del último día aunque debía carcomerle el estómago, un sordo cangrejo mordiéndolo mientras comíamos las delicias del último almuerzo en la trattoría preferida. Creo que nada hubiera cambiado si ese día Javier me hubiese hablado del sueño, aunque acaso sí, acaso yo habría terminado por darle mi cuerpo reseco como una limosna o un rescate, solamente para que no se fuera con la boca amarga de pesadilla, con la sonrisa fija del que tiene que mostrarse cortés hasta la última hora y no manchar el pacto de Verona con otra inútil tentativa. Ah Lamia, anoche releí estas páginas porque te escribo fragmentariamente, pasan días y nubes en la cabaña mientras te voy escribiendo este diario de improbable lectura, y entonces soy yo quien las relee y eso significa verme de otra manera, enfrentar un espejo que me muestra fría y decidida frente a una torpe esperanza imposible. Nunca lo traicioné, Lamia, nunca le di una máscara a besar, pero ahora sé que su sueño de alguna manera contenía Ginebra, el no haber sido capaz de decirle la verdad cuando su deseo era más fuerte que su instinto (words, words, words?), cuando le cedí dos veces mi cuerpo para nada, para oírlo llorar con la cara hundida en mi pelo. No era traición, te digo, simplemente imposibilidad de hablarle en ese terreno y también la vaga esperanza de que acaso encontraríamos un contento, una armonía, que tal vez más tarde empezaría otra manera de vivir, sin mutaciones espectaculares, sin conversión aconsejable, simplemente yo podría decirle entonces la verdad y confiar en que comprendiera, que me quisiera así, que me aceptara en un futuro don quizá habría también placer. Ves, su impotente desconcierto, su doble fiasco habría de asomar en el sueño de Verona ahora que sabía mi interminable inútil esperanza de ti, de mi antagonista semejante, de mi doble cara a cara y boca a boca, del amor que acaso estás dándole a tu presa del momento allí donde te hayan llegado estos papeles.
¿Quieres oír el sueño? Te lo diré con sus palabras, no las copio de su carta sino de mi memoria donde giran como una mosca insoportable y vuelven y vuelven. Es él quien lo cuenta: Estábamos enana cama, tendidos sobre un cobertor y vestidos, era evidente que no habíamos hecho el amor, pero a mí me desconcertaba el tono trivial de Mireille, sus casi frívolas referencias al largo silencio que había habido entre nosotros durante meses. En algún momento le pregunté si no había leído mi carta enviada desde Londres mucho después del último encuentro, del último desencuentro en Ginebra. Su respuesta era ya la pesadilla: no, no la había leído (y no le importaba, evidentemente): desde luego la carta había llegado porque en la oficina le habían dicho que un sobre alargado, pero ella no había bajado a buscarla, probablemente estaba todavía allí. Y mientras me lo decía con una tranquila indiferencia, la delicia de haberme encontrado otra vez con ella, de estar tendido a su lado sobre ese cobertor morado o rojo empezaba a mezclarse con el desconcierto frente a su manera de hablarme, su displicente reconocimiento de una carta no buscada, no leída.
Un sueño al fin, los cortes arbitrarios de esos montajes en que todo bascula sin razón aparente, tijeras manejadas por monos mentales y de golpe estábamos en Verona, en el presente y en San Zeno pero era una iglesia a la española, un vasto pastiche con enormes esculturas grotescas en los portales que franqueábamos para recorrer las naves, y sin transición estábamos otra vez en una cama pero ahora en la misma iglesia, detrás de un gigantesco altar o acaso en una sacristía. Tendidos en diagonal, sin zapatos, Mireille con un abandono satisfecho que nada tenía que ver conmigo. Y entonces mujeres embozadas se asomaban por una puerta estrecha y nos miraban sin hablar, se miraban entre ellas como si no lo creyeran, y en ese segundo yo comprendía el sacrilegio de estar allí en una cama, hubiera querido decírselo a Mireille y cuando iba a hacerlo le veía de lleno la cara, me daba cuenta de que no solamente lo sabía sino que era ella quien había orquestado el sacrilegio, su manera de mirarme y de sonreír eran la prueba de que lo había hecho deliberadamente, que asistía con un gozo innominable al descubrimiento de las mujeres, a la alarma que ya debían haber dado. Sólo quedaba el frío horror de la pesadilla, tocar fondo y medir la traición, la trampa última. Casi innecesario que las mujeres hicieran señas de complicidad a Mireille, que ella riera y se levantara de la cama, caminara sin zapatos hasta reunirse con ellas y perderse tras la puerta. El resto como siempre era torpeza y ridículo, yo tratando de encontrar y ponerme los zapatos, creo que también el saco, un energúmeno vociferando (el intendente o algo así), gritándome que yo había sido invitado a la ciudad pero que después de eso era mejor que no fuera a la fiesta del club porque sería mal recibido. En el instante de despertarme se daban al mismo tiempo la necesidad rabiosa de defenderme y lo otro, lo único importante, el indecible sentimiento de la traición tras de lo cual no quedaba más que ese grito de bestia herida que me sacó del sueño.
Tal vez hago mal en contarte esto que conocí mucho después, Lamia, pero tal vez era necesario, otra carta de la baraja, no sé. El último día de Verona empezó apaciblemente con un largo paseo y un almuerzo lleno de caprichos y de bromas, vino la tarde y nos instalamos en el cuarto de Javier para las últimas pipas y una renovada discusión sobre Marguerite Yourcenar, créeme que yo estaba contenta, finalmente éramos amigos y el pacto se cumplía, hablamos de Ingmar Bergman y ahí sí, creo, me dejé llevar por lo que tú hubieras apreciado infinitamente y en algún momento (es curioso cómo se me ha quedado en la memoria aunque Javier disimuló limpiamente algo que debía llegarle como una bofetada en plena cara) dije lo que pensaba de un actor norteamericano con el que habría de acostarse Liv Ullmann en no sé cuál de las películas de Bergman, y se me escapó y lo dije, sé que hice un gesto de asco y lo traté de bestia velluda, dije las palabras que describían al macho frente a la rubia transparencia de Liv Ullmann y cómo, cómo, dime cómo, Lamia, cómo podía ella dejarse montar por ese fauno untado de pelos, dime cómo era posible soportarlo, y Javier escuchó y un cigarrillo, sí, el recuento de otras películas de Bergman, La vergüenza, claro, y sobre todo El séptimo sello, la vuelta al diálogo ya sin pelos, el escollo mal salvado, yo iría a descansar un rato a mi pieza y nos encontraríamos para la última cena (ya está escrito, ya te habrás sonreído, dejémoslo así) antes de que él se fuera a la estación para su tren de las once.
Aquí hay un hueco, Lamia, no sé exactamente de qué hablábamos, había anochecido y las lámparas jugaban con los halos del humo. Solo recuerdo gestos y movimientos, sé que estábamos un poco distantes como siempre antes de una despedida, sé también que no habíamos hablado de un nuevo encuentro, que eso esperaba el último momento si es que realmente esperaba. Entonces Javier me vio levantarme para volver a mi cuarto y vino hacia mí, me abrazó mientras hundía la cara en mi hombro y me besaba en el pelo, en el cuello, me apretaba duramente y era un murmullo de súplica, las palabras y los besos una sola súplica, no podía evitarlo, no podía no amarme, no podía dejarme ir de nuevo así. Era más fuerte que él, por segunda vez rompía el pacto y lo destruía todo si ese todo significaba todavía algo, no podía aceptar que lo rechazara como lo estaba rechazando, sin decirle nada pero helándome bajo sus manos, helándome Liv Ullmann, sintiéndolo temblar como tiemblan los perros mojados, los hombres cuando sus caricias se pudren sobre una piel que los ignora. No le tuve lástima como se la tengo ahora mientras te escribo, pobre Javier, pobre perro mojado, pudimos haber sido amigos, pudimos Ámsterdam o Barcelona o una vez más los quintetos de Brahms en la cabaña, y tenías que estropearlo de nuevo entre balbuceos de una ya innoble esperanza, dejándome tu saliva en el pelo, la marca de tus dedos en la espalda.
Me olvido casi de que te estoy escribiendo a ti, Lamia, sigo viendo su cara aunque no quería mirarlo, pero cuando abrí mi puerta vi que no me había seguidos esos pocos pasos, que estaba inmóvil en el marco de su puerta, pobre estatua de sí mismo, espectador del castillo de naipes cayendo en una lluvia de polillas.
Ya sé lo que quisieras preguntarme, qué hice cuando me quedé sola. Me fui al cine, querida, después de una muy necesaria ducha me fui al cine a falta de mejor cosa y pasé delante de la puerta de Javier y bajé las escaleras y me fui al cine para ver una película soviética, ése fue mi último paseo dentro del pacto de Verona, una película con cazadores en la zona boreal, heroísmo y abnegación y por suerte nada pero absolutamente nada de amor, Lamia, dos horas de paisajes hermosos y tundras heladas y gente llena de excelentes sentimientos. Volví al hotel a las ocho de la noche, no tenía hambre, no tenía nada, encontré bajo mi puerta una nota de Javier, imposible irse así, estaba en el bar esperando la hora del tren, te juro que no te diré una sola palabra que pueda molestarte pero ven, Mireille, no puedo irme así. Y bajé, claro, y no era un bello espectáculo con su valija al lado de la mesa y un segundo o tercer whisky en la mano, me acercó un sillón y estaba muy sereno y me sonreía y quiso saber qué había hecho y yo le conté de la película soviética, él la había visto en Londres, buen tema para un cuarto de hora de cultura estética y política, de un par de cigarrillos y otro trago. Le concedí todo el tiempo necesario pero aún le quedaba más de una hora antes de irse a la estación, le dije que estaba cansada y que me iba a dormir. No hablamos de otro encuentro, no hablamos de nada que hoy pueda recordar, se levantó para abrazarme y nos besamos en la mejilla, me dejó ir sola hacia la escalera pero escuché todavía su voz, solamente mi nombre como quien echa una botella al mar. Me volví y le dije ciao.
Dos meses después llegó su carta que no contesté, curioso pensar ahora que en su sueño de Verona había una carta que ni siquiera había leído. Da lo mismo al fin y al cabo, claro que la leí y que me dolió, era otra vez la tentativa inútil, el largo aullido del perro contra la luna, contestarla hubiera abierto otro interregno, otra Verona y otro ciao. Sabes, una noche sonó el teléfono en la cabaña, a la hora en que él en otro tiempo me llamaba desde Londres. Por el sonido supe que era una llamada de larga distancia, dije el “hola” ritual, lo repetí, tú sabes lo que se siente cuando alguien escucha y calla del otro lado, es como una respiración presente, un contacto físico, pero no sé, acaso uno se oye respirar a sí misma, del otro lado cortaron, nadie volvió a llamar. Nadie ha vuelto a llamar, tampoco tú, solamente me llaman para nada, hay tantos amigos en Ginebra, tantas razones idiotas para llamar por teléfono.
¿Y si en definitiva fuera Javier quien escribe esta carta, Lamia? Por juego, por rescate, por un último mísero patetismo, previendo que la leerás, que nada tienes que ver con ella, que la medalla te es ajena, apenas una razón de irónica sonrisa. ¿Quién podrá decirlo, Lamia? Ni tú ni yo, y él tampoco lo dirá, tampoco él. Hay como un triple ciao en todo esto, cada cual volverá a sus juegos privados, él con Hielen en la fría costumbre londinense, tú con tu presa del día y yo que escucho a Brahms cerca de un fuego que no reemplaza nada, que es solamente un fuego, la ceniza que avanza, que veo ya como nieve entre las brasas, en el anochecer de mi cabaña sola.
FIN

Botnia: contamina S.A. Su página web

Ya se habrán enterado que la pastera sobre el río Uruguay comenzó a funcionar durante el fin de semana, mientras que los presidentes de Argentina y de Uruguay se abrazaban. Para poner un tinte tragicómico al asunto, los ambientalistas argentinos no pierden el tiempo, aprovechando que el dominio aún no estaba comprado por la empresa finlandesa, la hicieron ellos. Imperdible

www.botnia.com.ar


Ciao, Verona. Julio Cortázar. 2ª parte

Acá va la 2ª parte, tengan paciencia que después de esta entrada viene la 3ª y última parte. Sigan disfrutando.

Ciao, Verona. Julio Cortázar. 2ª parte

Viene del anterior post
Veo cómo podría no verla, tu sonrisa entre maligna y compasiva, te imagino encogiéndote de hombros y acaso dando a leer mi carta a la que bebe o fuma a tu lado, tregua amable en una siesta de almohadas y murmullos. Me expongo a tu desprecio o a tu lástima, pero a esa hora él era como un puerto después de ti en Ginebra. Su mano en mi brazo (“¿estás bastante abrigada, no te molesta la lluvia”?) me guiaba al azar por una ciudad que yo conocía mejor que él hasta que en algún momento le mostré el camino, bajamos a la Piazza delle Erbe y fueron el rojo y el ocre, la discusión sobre el gótico, el dejarse llevar por la ciudad y sus vitrinas, disentir sobre las tumbas de los Escalígeros, él sí y yo no, la deriva deliciosa por callejas sin destino preciso, el primer almuerzo allí donde yo había comido mariscos alguna vez y no los encontraría ahora pero qué importaba si el vino era bueno y la penumbra nos dejaba hablar, nos dejaba mirarnos sin la doble humillación de las últimas miradas en Ginebra. Lo encontré el de siempre, dulce y un poco brusco al mismo tiempo, la barba más corta y los ojos más cansados, las manos huesudas triturando un cigarrillo antes de encenderlo, su voz en la que había también una manera de mirarme, una caricia que sus dedos no podían ya tender hasta mi cara. Había como una espera tácita y necesaria, un lento interregno que llenábamos de anécdotas, trabajos y viajes, recuento de vidas separadas corriendo por países distantes, Hielen evocada pasajeramente porque él siempre había sido leal conmigo y tampoco ahora callaba su pequeña historia sin salida. Nos sentimos bien mientras bebíamos el café y la grappa (sabes que soy experta en grappa y él aceptó mi elección y la aprobó con un gesto infantil, tímidamente pasando un dedo por mi nariz y recogiendo la mano como si yo fuera a reprochárselo); ya entonces habíamos comparado planos y preferencias, yo habría de guiarlo por palacios e iglesias y además él necesitaba un paraguas y pañuelos y también quería mi consejo para comprar calcetines porque ya se sabe que en Italia. Amigos, sí. Derivando otra vez, buscando San Zeno y cruzando nuestro primer puente con un sol inesperado que temblaba frío y dudoso en las colinas.

Cuando volvimos al hotel con proyectos de paseo nocturno y cena suntuosa, jugando a ser turistas y a tener por fin un largo tiempo sin oficinas ni obligaciones, Javier me invitó a beber un trago en su habitación y yo convertí su cama en un diván mientras él abría una botella de coñac y se sentaba en el único sillón para mostrarme libros ingleses. Sentíamos pasar la tarde sin premura, hablábamos de Verona, los silencios se abrían necesarios y bellos como esas pausas en una música que también son música; estábamos bien, podíamos mirarnos. En algún momento yo debería hablar, por eso sobre todo habíamos venido a Verona pero él no hacía preguntas, puerilmente asombrado de verme ahí, sintiéndome otra vez tan cerca, sentada a lo yoga en su cama. Se lo dije, esperaríamos a mañana, hablaríamos; él bajó la cabeza y dijo sí, dijo no te preocupes, hay tiempo, déjame estar tan bien así. Por todo eso fue bueno volver a mi cuarto al anochecer, perderme largo rato en una ducha y mirar los tejados y las colinas. No me creas más ingenua de lo que soy esa tarde había sido lo que Javier, inexplicablemente entusiasta del boxeo, hubiera llamado el primer round de estudio, la cortesía sigilosa de quienes buscan o temen los flancos peligrosos, el brusco ataque frontal, pero detrás de la cordura se agazapaba tanto sucio pasado; ahora solamente esperábamos, cada cual de su lado, cada cual en su rincón.

El otro día llegó después de caminar con frío y jugando, Chianti y mariscos, el Adige crecido y gentes cantando en las plazas. Ah Lamia, es difícil escribir frases legibles cuando lo que quiero reconstruir para ti –para qué para ti, ajena y sarcástica- contiene ya el final y el final no es más que palabras mezcladas y confusas, ciao por ejemplo, esa manera de saludar o despedirse indistintamente, o botón, pipa, rechazo, cine soviético, última copa whisky, insomnio, palabras que me lo dicen todo pero que es preciso alisar, conectar con otras para que comprendas, para que el discurso se tienda en la página como las cosas se tendieron en el tiempo de esos días. Botón por ejemplo, llevé una camisa de Javier a mi cuarto para coserle un botón, o pipa, ves, al otro día después de vagar por el mercado de la piazza delle Erbe pasó que él me miró con esa cara lisa y nueva con que me miraba como deben mirar los boxeadores en el primer round, convencido acaso de que todo estaba bien así y que todo seguiría sin cambios en esa nueva manera de mirarnos y de andar juntos, y después tuvo una gran sonrisa misteriosa y me dijo que ya estaba enterado, que me había visto buscar en mi bolso cuando charlábamos en su cuarto, mi gesto un poco desolado al descubrir que me había dejado la pipa en Ginebra, mi placer de las tardes junto al fuego en la cabaña cuando escuchábamos Brahms, mi cómica enternecedora hermosa semejanza con George Sand, mi gusto por el tabaco holandés que él detestaba, fumador de mezclas escocesas, y no podía ser, era absolutamente necesario que esa tarde encendiéramos al mismo tiempo nuestras pipas en su cuarto o en el mío, y ya había mirado las vitrinas mientras paseábamos y sabía a donde debíamos ir para que yo eligiera la pipa que iba a regalarme, el paquete de horrible tabaco que no era más que una de mis aberraciones, sentir que eran tan feliz diciéndomelo, jugando conmigo a que yo me conmoviera y aceptara su regalo y entre los dos sopesáramos largamente las pipas hasta encontrar la justa medida y el justo color. Volvimos a instalarnos en su cuarto, los pequeños rituales se repitieron acompasadamente, fumamos mirándonos con aire apreciativo, cada cual su tabaco pero un mismo humo llenando poco a poco el aire mientras él callaba y su mano venía un segundo hasta mi rodilla y entonces sí, entonces era la hora de decirle lo que él ya sabía, torpemente pero al fin decírselo, poner en palabras y pausas eso que él tenía que saber de alguna manera aunque creyera no haberlo sabido nunca. Cállate, Lamia, cállate esa palabra de burla que siento venir a tu boca como una burbuja ácida, no me dejes estar tan sola en esa hora en que bajé la cabeza y él comprendió y puso en el suelo la pequeña lámpara para que sólo el fuego de nuestras pipas ardiera alternativamente mientras yo no te nombraba pero todo estaba nombrándote, mi pipa, mi voz como quemada por la pena, la simple horrible definición de lo que soy frente a quien me escuchaba con los ojos cerrados, acaso un poco pálido aunque siempre la palidez me pareciera un simple recurso de escritores románticos.

De él no esperaba más que una admisión y acaso, después, que me dijera que estaba bien, que no había nada que decir y nada que hacer frente a eso. Ríete triunfalmente, dale a tu perversa sapiencia el cauce que te pide ahora. Porque no fue así, por supuesto, solamente su mano otra vez apretando mi rodilla como una aceptación dolorosa, pero después empezaron las palabras mientras yo me dejaba resbalar en la cama y me aferraba al último resto de silencio que él destruía con su apagado soliloquio. Ya en Ginebra, en el otro contexto, lo había oído abogar por una causa perdida, pedirme que fuera suya porque después, porque nada podía estar dicho ni ser cierto antes, porque la verdad empezaría del otro lado, al término del viaje de los cuerpos, de su lenguaje diferente. Ahora era otra cosa, ahora él sabía (pero lo había sabido antes sin de veras saberlo, su cuerpo lo había sabido contra el mío y ésa era mi falta, mi mentira por omisión, mi dejarlo llegar dos veces desnudo a mi desnuda entrega para que todo se resolviera en frío y vergüenza de amanecer entre sábanas inútiles), ahora él lo sabía por mí y no lo aceptaba, bruscamente se erguía y se apretaba a mí para besarme en el cuello y en el pelo, no importa que sea así Mireille, no sé si es verdad hasta ese punto o solamente un filo de navaja, un caminar por un techo a dos aguas, quizá quieres librarme de mi propia culpa, de haberte tenido entre los brazos y solamente la nada, el imposible encuentro. Cómo decirle que no, que acaso sí, cómo explicarle y explicarme mi rechazo más profundo fingiéndose tan sólo timidez y espera, algo como un cuerpo de virgen contraído por los pavores de tanto atavismo (no te rías, pantera de musgo, qué otra cosa puedo hacer que alinear estas palabras), y decirle a la vez que mi rechazo no tenía remedio, que jamás su deseo se abriría paso en algo que le era ajeno, que solamente pudo haber sido tuyo o de otra, tuyo o de cualquiera que hubiese venido a mí con un abrazo de perfecta simetría, de senos contra senos, de hundido sexo contra hundido sexo, de dedos buscando en un espejo, de bocas repitiendo una doble alternada succión interminable.

Pero son tan estúpidos, Lamia, ahora sí puedes estallar en la carcajada que te quema la garganta, qué se puede esperar o hacer frente a alguien que retrocede sin retroceder, que acata la imposibilidad a la vez que se rebela inútilmente. Ya sé, a eso le estás llamando esperanza, si estuvieras conmigo me mirarías irónica, preguntarías entre dos bocanadas de Chesterfield s a pesar de todo yo esperaba de mí algo como una mutación, lo que él había llamado caminar sobre un techo a dos aguas y entonces resbalar por un momento a su lado; su a pesar de tantos años de solitaria confirmación todavía esperaba un margen suficiente como para darme y dar una breve felicidad de llamarada. ¿Qué te puedo decir? Que sí, acaso, que acaso en ese momento lo esperé, que él estaba allí para eso, para que yo lo esperara, pero que para esperarlo tenía que pasar otra cosa, un rechazo total de la amistad y la cortesía y Verona by night y el puente Risorgimiento que su mano saltara de mi rodilla a mis senos, se hundiera entre mis muslos me arrancara a tirones la ropa, y en cambio él era el perfecto emblema del respeto, su deseo se mecía en humo y palabras, en esa mirada de perro bueno, de mansa desesperada esperanza, y solamente pedirme que fuera más allá, pedírmelo como el caballero que era, rogarme que diera el salto tras del cual podía nacer al fin la alegría, que en ese mismo instante me desnudara y me diera ahí en esa cama y en ese instante, que fuera suya porque solamente así sabríamos lo que iba a venir, la orilla opuesta del verdadero encuentro. Y no, Lamia, entonces no, si en ese segundo yo no era capaz de saber lo que sucedería si sus manos y su boca cayeran sobre mí como el violador sobre su presa, en cambio yo misma no haría el primer gesto de la entrega, mi mano no bajaría al cierre de mis pantalones, al broche del corpiño. Mi negativa fue escuchada desde un silencio donde todo parecía hundirse, la luz y las caras y el tiempo, me acarició apenas la mejilla y bajó la cabeza, dijo que comprendía, que una vez más era su culpa su inevitable manera de echarlo todo a perder, otro coñac, acaso, irse a la calle como una manera de olvido o de recomienzo Verona, de recomienzo pacto. Le tuve tanta lástima, Lamia, nunca lo había deseado menos y por eso podía tenerle lástima y estar de su lado y mirarme desde sus ojos y odiarme y compadecerlo, vámonos a la calle, Javier, aprovechemos la última luz, admiremos el improbable balcón de Julieta, hablemos de Shakespeare, tenemos tantas cosas para hablar a falta de música, cambiemos Brahms por un Campari en los cafecitos del centro o vayamos a comprar tu paraguas, tus calcetines, es tan divertido comprar calcetines en Verona.
Ya ves, ya ves, son tan estúpidos, Lamia, pasan como topos al lado de la luz. Ahora que recuerdo, que reconstruyo nuestro diálogo con esa precisión que me ha dado el infierno bajo forma de memoria, sé que él dejó pasar todo lo importante, que el pobre estaba tan desarmado tan deshecho tan desolado que no se le ocurrió lo único que le quedaba por hacer, ponerme cara a cara contra mí misma, obligarme a ese escrutinio que en otros planos hacemos diariamente ante nuestro espejo, arrancarme las máscaras de lo convencional (eso que siempre me reprochaste, Lamia), del miedo a mí misma y a lo que puede venir, la aceptación de los valores de mamá y papá (“ah, por lo menos sabes que ellos y el catecismo te dictan las conductas”, otra vez tú, por supuesto), y así sin lástima como la forma más extrema y más hermosa de la lástima irme llevando al grito y al llanto, desnudarme de otra manera que quitándome la ropa, invitándome al salto, a la implosión y al vértigo, quitándome la máscara Mireille mujer para que él y yo viéramos al fin la verdadera cara de la mujer Mireille, y decidir entonces pero no ya desde las reglas del juego, decirle vete de aquí ahora mismo o sentir que teníamos tantos días por delante para hundirnos el uno en el otro, bebernos y acariciarnos, los sexos y las bocas y cada poro y cada juego y cada espasmo y cada sueño ovillado y murmurante, ese otro lado al que él no era capaz de lanzarme. ¿Qué hubiéramos perdido, qué hubiéramos ganado? La ruleta de la cama, ahí donde yo seguía sentada todavía, el rojo o el negro, el amor de frente y de espaldas, la ruta de los dedos y las lenguas, los olores de mareas y de pelo sudado, los interminables lenguajes de la piel. Todo lo que enumero sin verdaderamente conocerlo, Lamia, todo lo que tú no quisiste nunca darme y que yo no supe buscar en otras, barrida y destrozada por las lejanas inepcias de la juventud, la estúpida iniciación forzada en un verano provincial, la reiterada decepción frente a esa llaga incurable en la memoria, el temor de ceder al deseo descubierto un a tarde en una galería de Lausanne, la parálisis de toda voluntad cuando sólo se podía hacer una cosa, asentir a la pulsión que me golpeaba con su ola verde frente a esa chica que bebía su té en la terraza, ir a ella y mirarla, ir a ella y ponerle la mano en el hombro y decirle como tú lo haces, Lamia, decirle simplemente: te deseo, ven.
Pero no, son estúpidos, Lamia, en esa hora en que pudo abrirme como una caja donde esperan flores, como la botella donde duerme el vino, una vez más se retrajo sumiso y cortés, comprendiendo (comprendiendo lo que no bastaba comprender, Lamia, lo que había que forzar con una espléndida marea de injurias y de besos, no hablo de seducción sexual, no hablo de caricias eróticas, lo sabes de sobra), comprendiendo y quedándose en la comprensión, perro mojado, topo inane que sólo sería capaz de escribir de nuevo alguna vez lo que no había sabido vivir, como ya lo había hecho después de Ginebra para tu especial delectación de hembra de hembras, tú la plenamente señora de ti misma mirándonos y riéndote, imposible amor mío triunfando una vez más sin saberlo en una pieza de un hotel de Verona, ciudad de Italia.

Relato inédito de Cortázar: Ciao, Verona. 1ª parte.

Ya está el texto completo del relato, se imaginarán que si no fue publicado antes en la página de El País, es porque tiene derechos, pero como ya pasaron 30 años. espero que los descendientes de Don Julio, no se me enojen por publicarlo. El texto obviamente es para leerlo y disfrutarlo, y no para comerciarlo. Espero que les gusté, a mí me fascinó. Lo publicaré por partes para que no me pete el blog. Acá va.

CIAO, VERONA
Julio Cortázar
Publicado en Babelia – El País – 03-11-07

-Tu n’a pas su me conquérir –prononça
Vally, lentement-. Tu n’a eu ni la force,
Ni la patience, ni le courage de vaincre
Mon repliement hostile vis-à-vis de l’etre
Qui veut me dominer

-Je ne l’ignore point, Vally. Je ne
formule pas le plus légère reproche, la
plus légère plainte. Je te garde
l’inexprimable reconnaissance de m’avoir
inspiré cet amour que je n’ai point su te
faire partager.

Renée Vivien, Une femme m’apparut...


Fue en Boston y en un hotel con pastillas. Lamia Maraini, treinta y cuatro años. A nadie le sorprendió demasiado, algunas mujeres lloraron en ciudades lejanas, la que vivía en Boston se fue esa noche a un night-club y lo pasó padre (así se lo dijo a una amiga mexicana). Entre los pocos papeles de la valija había tarjetas postales con solamente nombre de pila y una larga carta romántica fechada meses antes pero apenas leída, casi intocable en el ancho sobre azul. No sé, Lamia – una escritura redonda y aplicada, un poco lenta pero viniendo evidentemente de alguien que no hacia borradores-, no sé si voy a enviarte esta carta, hace ya tanto que tu silencio me prueba que no las lees y yo nunca aprendí a enviarte notas breves que acaso hubieran despertado un deseo de respuesta, dos líneas o uno de esos dibujos con flechas y ranitas que alguna vez me enviaste desde Ischia, desde Managua, descansos de viaje o maneras de llenar una hora de hastío con una mínima gentileza un poco irónica.

Ves, apenas empiezo a hablarte se siente –tú lo sentirás más que yo y rechazarás esta carta con un malhumor de gata mal despierta- que no podré ser breve, que cuando empiezo a hablarte hay como un tiempo abolido, es otra vez la oficina del CERN y las lentas charlas que nos salvaban de la bruma burocrática, de los papeles como polvorientos sobre nuestros escritorios, urgente, traducción inmediata, el placer de ignorar un mundo al que nunca pertenecimos de veras, la esperanza de inventarnos otros sin prisa pero tenso y crispado y lleno de torbellinos e inesperadas fiestas. Hablo por mí, claro, tú no lo viste nunca así pero cómo podía yo saberlo entonces Lamia, cómo podía adivinar que al hablarme te estabas como peinando o maquillando siempre sola, siempre vuelta hacia ti, yo tu espejo Mireille, tu eco Mireille, hasta el día en que abrieras la puerta del fin de tu contrato y saltaras a la vida calle afuera, aplastaras el pie en el acelerador de tu Porsche que te lanzaría a otras cosas, a lo que ahora estarás viviendo sin imaginarme aquí escribiéndote.

Digamos que te hablo para que mi carta llene una hora hueca, un intervalo de café que alzarás la vista entre frase y frase para mirar cómo pasa la gente, para apreciar esas pantorrillas que una falda roja y unas botas de blando cuero delimitan impecablemente. ¿Dónde estás, Lamia, en qué playa, en qué cama, en qué lobby de hotel te alcanzará esta carta que entregaré a un empleado indiferente para que le ponga los sellos y me indique el precio del franqueo sin mirarme, sin más que repetir los gestos de la rutina? Todo es impreciso, posible e improbable: que la leas, que no te llegue, que te llegue y no la leas, entregada a juegos más ceñidos; o que la leas entre dos tragos de vino, entre dos respuestas a esas preguntas que siempre te harán las que viven la indecible fortuna de compartirte en una mesa o una reunión de amigos; sí, un azar de instantes o de humores, el sobre que asoma en tu bolso y que decides abrir porque te aburres, o que hundes entre un peine y una lima de uñas, entre monedas sueltas y pedazos de papel con direcciones o mensajes. Y si la lees, porque no puedo tolerar que no la leas aunque sólo sea para interrumpirla con un gesto de hastío, si la lees hasta aquí, hasta esta palabra aquí que se aferra a tus ojos, que busca guardar tu mirada en lo que sigue, si la lees, Lamia, qué puede importarte lo que quiero decirte, no ya que te amo porque eso lo sabes desde siempre y te da igual y no es noticia, realmente no es noticia para ti allá donde estés amando a otra o solamente mirando el río de mujeres que el viento de la calle acerca a tu mesa y se lleva en lentas bordadas, cediéndote por un instante sus singladuras y sus máscaras de proa, las regatas multicolores que alguna ganará sin saberlo cuando te levantes y la sigas, la vuelvas única en la muchedumbre del atardecer, la abordes en el instante preciso, en el portal exacto donde tu sonrisa, tu pregunta, tu manera de ofrecer la llave de la noche sean exactamente halcón, festín, hartazgo.

Digamos entonces que te voy a hablar de Javier para divertirte un rato. A mí no me divierte, te lo ofrezco como una libación más a las tantas que he volcado a tus pies (¿compraste al fin esos zapatos de Gregsson que habías visto en Vogue y que burlonamente decías desear más que los labios de Anouk Aimée). No, no me divierte pero a la vez necesito hablar de él como quien vuelve y vuelve con la lengua sobre un trocito de carne trabado entre los dientes; me hace falta hablar de él porque desde Verona hay en él algo de súcubo (¿de íncubo? Siempre me corregiste y ya ves, sigo en la duda) y entonces el exorcismo, echarlo de mí como también él buscó echarme de él en ese texto que tanta gracia te hizo en México cuando leíste su último libro, tu tarjeta postal que tardé en comprender porque jugabas con cada palabra, enredabas las sílabas y escribías en semicírculos que seccionaban mezclando pedazos de sentido, descarrilando la mirada. Es curioso, Lamia, pero de alguna manera ese texto de Javier es real, él pudo convertirlo en un relato literario y darle un título un poco numismático y publicarlo como pura ficción, pero las cosas pasaron así, por lo menos las cosas exteriores que para Javier fueron las más importantes, y a veces para mí. Su estúpido error –entre tantísimos otros- estuvo en creer que su texto nos abarcaba y de alguna manera nos resumía; creyó por escritor y por vanidoso que tal vez son la misma cosa, que las frases donde hablaba de él y de mí usando el plural completaban una visión de conjunto y me concedían la parte que me tocaba, el ángulo visual que yo hubiera tenido el derecho de reclamar en ese texto. La ventaja de no ser escritora es que ahora te voy a hablar de él honesta y simple y epistolarmente en primera persona; y no guardaré copia, Lamia, y nadie podrá enviarle una postal a Javier con una broma irónica sobre esto. Porque es tiempo de ver las cosas como son, para él su texto contenía la verdad y era así, pero sólo para él. Demasiado fácil hablar de las caras de la medalla y creerse capaz de ir de una a otra, pasar del yo a un plural literario que pretendía incluirme. A veces sí, no lo niego, no estoy diciendo resentidamente todo esto, Javier, créeme que no (Lamia me perdonará esta brusca sustitución de corresponsal, en la mañana de los hechos y sus razones y sus no explicaciones vaya a saber si no te estoy escribiendo a ti, pobre amigo mojado de imposible), pero era necesario que la otra cara de la medalla tuviera su verdadera voz, te mostrara tal como es un hombre cuando lo sacan de su cómoda rutina, lo desnudan de sus trapos y sus mitos y sus máscaras.

Por lo demás te debo una aclaración, Lamia, aunque no dejarás de observar que no es a ti sino a Javier a quien se la debo, y desde luego tienes razón. Si leíste bien su texto (a veces una crueldad instantánea te lleva superponer la irrisión al juicio, y nada ni nadie te haría cambiar esa visión demoníaca que es entonces la tuya), habrás visto que a su manera le da vergüenza haberlo escrito, son cosas que no puede dejar de decir pero que en el fondo hubiera preferido callarse. Desde luego para él también era un exorcismo, necesitó sufrir como imagino que sufrió al escribirlo, confiando en una liberación, en un efecto de sangría. Y por eso cuando se decidió a hacerme llegar el texto, mucho antes de publicarlo junto con otros relatos imaginarios, agregó una carta donde confesaba precisamente eso que tú habías encontrado intolerable. También él, Lamia, también él. Te copio sus palabras: “Ya sé, Mireille, es obsceno escribir estas cosas, darlas a los mirones. Qué quieres, están los que van a confesarse a las iglesias, están los que escriben interminables cartas y también los que fingen urdir una novela o un cuento con sus aconteceres personales. Qué quieres, el amor pide calle, pide viento, no sabe morir en la soledad. Detrás de este triste espectáculo de palabras tiembla indeciblemente la esperanza de que me leas, de que no me haya muerto del todo en tu memoria” Ya ves el tipo de hombre, Lamia; no te enseño nada nuevo porque para ti todos son iguales, en lo que te equivocas, pero por desgracia él entra exactamente en el molde de desprecio que les has definido para siempre.

No me olvido de tu mueca el día en que te dije que Javier me daba lástima; era exactamente mediodía, bebíamos Martinis en el bar de la estación, te ibas a Marsella y acababas de darme una lista de cosas olvidadas, un trámite bancario, llamadas telefónicas, tu recurrente herencia de esas pequeñas servidumbres que acaso inventabas en parte para dejarme por lo menos una limosna. Te dije que Javier me daba lástima, que había contestado con dos líneas amables su carta casi histérica de Londres, que lo vería tres semanas después en un plan de turismo amistoso. No te burlaste directamente pero la elección de Verona te llenó de chispas los ojos, reíste entre dos tragos, evitaste las citas clásicas, por supuesto, te fuiste sin dejarme saber lo que pensabas; tu beso fue quizás más largo que otras veces, tu mano se cerró un momento en mi brazo. No alcancé siquiera a decirte que nada podía ocurrir que me cambiara, me hubiera gustado decírtelo sólo por mí, puesto que tú te alejabas otra vez hacia una de tus presas, se lo sentía en tu manera de mirar el reloj, de contar desde ese instante el tiempo que te separaba del encuentro. No lo creerás pero en los días que siguieron pensé poco en ti, tu ausencia se volvía cada vez más tangible y casi no era necesario verte, la oficina sin ti era tu territorio terminante, tu lápiz imperioso a un lado de tu mesa, la funda de la máquina cubriendo el teclado que tanto me gustaba ver cuando tus dedos bailaban envueltos en el humo de tu Chesterfield; no necesitaba pensar en ti, las cosas eran tú, no te habías ido. Poco a poco la sombra de Javier volvía a entrar como tantas veces había entrado él a la oficina, pretextando una consulta para demorarse de pie junto a mi mesa y al final proponiéndome un concierto o un paseo de fin de semana. Enemiga de la improvisación y del desorden como me conoces, le había escrito que me ocuparía de reservar hotel, de fijar los horarios; él me lo agradeció desde Londres, llegó a Verona media hora antes que yo una mañana de mayo bebió esperándome en el bar del hotel, me apretó apenas en sus brazos antes de quitarme la maleta, decirme que no lo creía, reírse como un chico, acompañarme a mi habitación y descubrir que estaba enfrente de la suya, apenas algo más al fondo del corredor amortiguado de estucos y cortinados marrones, el mismo hotel Academia de otro viaje mío, la seguridad de la calma y del buen trato. No dijo nada, claro, miró las dos puertas y no dijo nada. Otro me hubiera reprochado la crueldad de esa cercanía, o preguntado si era una simple casualidad en el mecanismo del hotel. Lo era, sin duda, pero también era verdad que no había pedido expresamente que nos alojaran en pisos diferentes, difícil decirle eso a un gerente italiano y además parecía una manera de que las cosas fueran limpias y claras, un encuentro de amigos que se quieren bien.
Me doy cuenta de que todo esto se esfuma en una linearidad perfectamente falsa como todas las linearidades, y que sólo puede tener sentido si entre tus ojos (¿siguen siendo azules, siguen reflejando otros colores y llenándose de brillos dorados, de bruscas y terribles fugas verdes para volver con un simple aletazo de los párpados al agua marina desde donde me enfrenta para siempre tu negativa, tu rechazo?), entre tus ojos y esta página se interpone una lupa capaz de mostrarte algunos de los infinitos puntos que componen la decisión de citarse en Verona y vivir una semana en dos piezas separadas apenas por un pasillo y por dos imposibilidades. Te digo entonces que si respondí a la carta de Javier, si lo cité en Verona, esos actos se dieron dentro de una admisión tácita del pasado, de todo lo que conociste hasta el punto final del texto de Javier. No te rías pero ese encuentro se basaba en algo así como un orden del día, mi voluntad de hablar, de decirle la verdad, de acaso encontrar un terreno común donde el contento fuera posible, una manera de seguir marchando juntos como alguna vez en Ginebra. No te rías pero en mi aceptación había cariño y respeto, había el Javier de las tardes en mi cabaña, de las noches de concierto, el hombre que había podido ser mi amigo de vagabundeos, de Schumann y de Marguerite Yourcenar (no te rías, Lamia, eran playas de encuentro y de delicia, allí sí había sido posible esa cercanía que él acabó haciendo pedazos con su torpe conducta de oso en celo); y cuando le expuse el orden del día, cuando acepté un reencuentro en Verona para decirle lo que él hubiera debido adivinar desde tanto antes, su alegría me hizo bien, me pareció que acaso para nosotros se abría un terreno común donde los juegos fueran otra vez posibles, y mientras bajaba para encontrarme con él en el bar y salir a la calle bajo la llovizna de mediodía me sentí la misma de antes, libre de los recuerdos que nos manchaban, de la infinita torpeza de las dos noches de Ginebra, y él también parecía estar como recién lavado de su propia miseria, esperándome con proyectos de paseos, la esperanza de encontrar en Verona los mejores spaghettis de Italia, las capillas y los puentes y las charlas que ahuyentaran los fantasmas.

***** continuará.

No se me enoje majestad...

¡Pero que fin de semana divertido!, el rey gritándole a un presidente, señalándolo y saltando encima de la mesa para que después de una llave mortal le obligara a pedir perdón y dejar hablar a Zapatitos!, ay, ya estoy mezclando los programas de la tele, suele pasarme pero ayer una lucha libre entre mandatarios hubiera sido colosal, imaginemos:
En un lado, SuperZP junto con su majestad, el Rey y por el otro lado Alo, Presidente junto a uno que se subió al carro, Ortega (no confundir con Palito Ortega, el creador de la música cutre). España versus Latinoamérica (una parte), quién ganaría?, pues nadie, seguro que perdemos todos.
Me imagino al rey subido a la mesa, haciendo equilibrio como cuando sale a navegar en su botecito por las aguas bravas del mediterráneo, el presidente Z, secundándolo perdiendo el talante. Chávez recordándole (antes de saltar como paracaidista sobre ellos) que él fue electo en las urnas, no como el rey que lo eligió a dedo un dictador, eso sí de las elecciones de su amigo Fidel, tampoco dijo nada… y como compañero, Ortega, un político resucitado que se une al club de “somos guays pero estamos un poquito locos”.
¿Por qué pasará esto?. Si a mí me cae bien Chávez, pero reconozco que cada vez menos, que antes me parecía que tenía “huevos” pero ahora me parece que tiene solo mucho petróleo y que se le pegan solo los que odian a Bush hijo, Bush padre y hasta al perro de Bush.
¿Nunca existirá una izquierda luchadora que no esté loca? No digo que no tengan un puntito de arrojo y trasgresión, pero jugar entre las reivindicaciones, la perpetuidad del puesto y la descalificación no parece ser el camino correcto. Quizá me equivoque.
- ¿Por qué no te callas?
- No se me enoje majestad…que no quiero que me pase como al “Jueves”

viernes, 9 de noviembre de 2007

Se busca desaparecida argentina


Ayuda internacional:

Victoria, la hermana de Clara Petrakos, nació en 1977 en la cárcel clandestina de la dictadura argentina conocida como El Pozo de Banfield. Los represores la secuestraron y nadie sabe donde está o cual es su nombre. Clara tiene la esperanza de que haciendo circular su foto y la de sus padres, Victoria pueda reconocer el parecido y averiguar sobre su pasado. Ayudemos a que estas hermanas se reencuentren haciendo circular la foto.

Lo siguiente es la palabra de su hermana: Mi hermana nació entre el 8 y el 13 de abril de 1977 en Banfield, provincia de Buenos Aires. Fue arrebatada de los brazos de nuestra madre. Puede tener cualquier nombre, apellido y fecha de nacimiento. Todos los organismos que corresponden, nacionales, internacionales y la justicia conocen esta búsqueda que ya lleva 30 años. Mi hermana no. Cualquier información:

Clara Petrakos
buscoavictoria@yahoo.com.ar

jueves, 8 de noviembre de 2007

Comentarios geniales: El río color de León

Algunas veces me encuentro comentarios que por si solos podrían ser un post, quizá muchas veces pienso que si alguien lee la entrada pero no tiene intenciones de comentar, se pierde estos comentarios que ustedes me dejan, no sé si lo haré más a menudo, pero hoy voy a publicar como entrada un comentario que me dejó mi amigo Adolfo de Los Laberintos del Tiempo, como me gustó tanto lo publico, tal y como él lo escribió. La nueva (si sigue) sección se llamará: Comentarios geniales. Ahí va.


Querido Gus: desde siempre (no digo ninguna novedad o genialidad),las grandes ciudades se construyeron cerca de los grandes cursos de agua, la necesidad, el transporte y el comercio -además del sentido común-, así lo dictaba.
El "río color de león" acaricia la costa de la hermosa Buenos Aires, esa ciudad tremenda y terrible, como cualquier gran ciudad contemporánea; ese río que fue escenario de gestas heroicas,pero también de monstruosidades,aberraciones sin nombre o a lo mejor si,aberraciones humanas (no inhumanas porque nuestros hermanos menores, los animales, son incapaces de cometer tales actos); ese Río de la Plata que se podría llamar con justa razón "Río de la mierda y de la sangre", tomó, con ayuda de los cobardes asesinos de siempre,casi se podría decir lo mejor de una generación,los que creyendo en algo (no importa si era verdadero aquello en lo que creían), y como espíritus puros que eran, se jugaron por ese ideal hasta las últimas consecuencias... decía entonces que el río tomó esos cuerpos, los devoró, los fagocitó, los transmutó hasta que él (el río), y esos cuerpos se convirtieron en uno, en una misma cosa,como un átomo, indisoluble; de modo que esa carne ahora es otra cosa, es un río eterno, metáfora perpetua de la vida, es memoria asumida y manifestada en un ladrillo, es memoria del agua (el agua conserva una cierta memoria molecular). Juntas, tales memorias resuenan como un diapasón, en la orilla de un río con el nombre equivocado.

Comentario del post: El río: fuente de vida y muerte

El río: fuente de vida y muerte

El río, esa vena de agua que alimenta pueblos, que alimenta al alimento de ese pueblo, a sus cultivos y a sus animales, a todos. Un río es fuente de vida y su vida nos la da a nosotros. Pero también nos la quita, no él por su propia voluntad sino los hombres que lo utilizan para la muerte. Una muerte que llega desde los cielos, un cielo desde donde caen los hombres y las mujeres buenas, y el río se los come, casi sin quererlo, solo con sus lenguas plateadas al servicio del Estado. Un Estado asesino que mató a sus madres, padres, hijos y nietos. Un Estado encubridor que quiso esconder las matanzas de sus madres, padres, hijos y nietos. Un Estado que ayudó a la amnesia del pueblo bajo la mentira de la reconciliación, una reconciliación que no puede ni pudo llegar desde el olvido. 30,000 madres, padres, hijos y nietos que ya no están siguen estando. El río que ayudo a desaparecerlos los recibe ahora, 30,000 ladrillos y nombres que recuerdan lo que nadie tiene que olvidar y enseña lo que todos tenemos que aprender. Nunca (pero nunca) olvidemos a los que lucharon por nuestra libertad mientras nosotros mirábamos un puto mundial de fútbol.



Memoria del infierno en Buenos Aires
Néstor Kirchner inaugura junto al Río de la Plata el mayor monumento de Latinoamérica en recuerdo de las víctimas del terrorismo de Estado

Hay unos 30.000 ladrillos de piedra junto al Río de la Plata. Cada uno de ellos recuerda a los desaparecidos en la última dictadura de Argentina (1976-1983) y lo hace junto al mismo río al que fueron arrojadas decenas de ellos en los llamados vuelos de la muerte. El presidente argentino, Néstor Kirchner, inauguró ayer el Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado, el mayor memorial de Latinoamérica.

Leer nota completa publicada hoy en El País.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Hay que ser realmente idiota para...

Esperando poder publicar algún día el bendito relato inédito de Julio Cortázar, Ciao, Verona, les dejo este otro relato-ensayo de Cortázar sobre la idiotez, no se porque me gusta tanto, quizá sea porque soy un poquito idiota también. Disfrútenlo.

Hay que ser realmente idiota para... (Julio Cortázar)
Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone.
Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.
Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforecente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso -lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad- yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras
inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco). Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforecente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con lo que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua.
La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta "L'année dernière à Marienbad", ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre.

martes, 6 de noviembre de 2007

Cómo conseguí en 4 meses un PageRank 4.

Estuve pensando si debía escribir este post o no. Porque tengo miedo que confundan una ayuda con un autobombo. Más, si nunca escribo ni de tecnología, ni de dinero por Internet ni de nada por el estilo. Pero como estoy muy sorprendido por conseguir en solo cuatro meses un Pagerank 4 me decidí por escribir una entrada para contarles a mis amigos, a los nuevos en esto (yo también lo soy) y a toda la gente que me lee como lo conseguí yo. No se trata de dar recetas mágicas, solo contar lo que hice desde que inicié el blog. Existen miles (o millones) de post que dan pautas de actuación, consejos e ideas, muchas veces es algo bastante genérico e irrealizable, lo único que les contaré es lo que yo hice y nada más. Como diría cualquier político del mundo: hechos no palabras.

1) El contenido: Para mí lo más importante es escribir y ofrecer contenidos interesantes que ofrezcan algo distinto, no solo por rellenar o actualizar obligatoriamente. Esta es la palabra clave: Actualización. Lo que comúnmente diríamos “darle bola al blog” y no abandonarlo a la suerte. Que escribamos una entrada interesante, original y hasta genial no garantiza que tengamos 100 entradas por los próximos días, así no funciona. La gente se acostumbra a leer cosas nuevas y a la tercera vez que entra y no ve nada nuevo ya no entra más hasta que se acuerda de nuevo. La solución es tomarse algo de tiempo y escribir, mostrar, explicar y ofrecer buenos contenidos. Si actualizamos todos los días, los visitantes se acostumbrarán a leer algo nuevo cada día y se sentirán defraudados si luego solo comenzamos a publicar una vez a la semana. En definitiva, ser consecuentes con nosotros mismos.

2) Publicar las entradas en páginas de difusión de blogs. No recomiendo para nada Meneame.net porque es un servicio de noticias y los blogs no tienen lugar. Los usuarios suelen tirar para abajo todo lo que ellos consideran autobombo (para ellos todo lo es). Recomiendo Promotingblogs.com, esto te ayudará a que te conozcan más.

3) Anotarse a todos los directorios que encontremos. En todos los blogs, encontramos los enlaces de miles de directorios, ir entrando a cada uno e inscribirse. Que es un poco molesto, sí; que produce más entradas, también. Los directorios son importantes para que la gente vaya conociéndonos. No es la panacea. No descubrirán mil visitas por anotarse, pero de a poco (y no tanto) la gente nueva va conociéndote. Todos los directorios en español sirven, no hay que centrarse solo en el país donde escribimos (yo escribo en España y en algunos estoy mejor posicionado en Argentina), pensemos en grande, en una sociedad global. No olvidarse tampoco anotarse en Google, Alexa y Technorati, no podemos quedarnos fuera ni del mayor buscador, ni de los 2 ranking más importantes. Ofrece un banner para hacerte favorito a Technorati.

4) Inscribirse a comunidades como Blogcatalog, MyBlogLog, Criteo, etc. Todas estas comunidades te harán conocer blogs fantásticos (muchos en inglés, ya avanzará el español) y que te conozcan. Cuando más gente te adhiera como amigo más gente te leerá y obviamente, los amigos de estos amigos también te irán conociendo. Como en la vida misma.

5) Visitar otros blogs. Esto es fundamental. Lee y comenta en los blogs que te interesen y te gusten. Tampoco lo hagas solo por figurar, que nadie es tonto. Pero si realmente te gusta, comenta.

6) Devolver las visitas y los comentarios. Cuando alguien comenta (lo haces vos, también) quiere que también entres a su página. Tomate un tiempo y hacélo, a mí me funcionó. Otra forma de ver quien te visita es en los widgets de las comunidades antes nombradas (Blogcatalog, MyBlogLog, Criteo) ahí te muestra quien entró. Hacele una visita.

7) Intercambia links. Si te gusta un blog, proponle intercambiar links (mejor tener un pequeño banner), pero solo si te gusta, nunca lo hagas solo por los enlaces. Como dicen todos los gurús, los enlaces no tienen que ser hacia cualquier lado. ¿Qué te puede interesar un link a una página porno si tu escribes sobre animales?. Como pauta, me gusta intercambiar link con mis lectores y con quienes yo leo y me gustan.

8) Agrega en tus direcciones de email una leyenda final para que visiten tu blog. Parece una tontería, pero muchos amigos quizá no saben que tienes un blog. Imagináte si todas las personas que te conocen te leyeran.

9) Acepta sugerencias y visita las páginas de ayuda blog. Por ejemplo: El escaparate de Rosa, allí encontrarás todo para hacer tu blog más lindo y funcional.

10) Por último, no te vuelvas loco por ganar dinero por Internet en las primeras épocas, es casi imposible. Existen cientos de lugares que te pagan cuando la gente pincha en el link. No te ilusiones, mejor un blog interesante que una búsqueda inalcanzable de hacerte rico en la web. Si tienes mas de 1000 visitas diarias (ya este post no te sirve) entonces te conviene, si recién comienzas, mejor no.

Espero que todos los puntos les parezcan prácticos. Esta es su finalidad.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Conversaciones conmigo mismo

Después de la oleada de guiris voladores comedores de hongos alucinógenos en Amsterdam, se prohibirá su venta. Ay! Otra vez prohibiendo!. ¿Será posible?. Que culpa tiene la gente que solo “vuela” en su mente y no por las ventanas y los puentes. ¿Acaso se prohibió la venta de alcohol o la entrada al Zoo cuando unos osos se desayunaron a un borrachín? ¿O demolieron la Catedral de la Paz cuando otro Spiderman trucho eligió entrar por la ventana escalando su fachada?. No, en ambos casos. ¿Entonces?. ¿Por qué seguimos prohibiendo por la culpa de gente inconsciente?
-Porque es lo más fácil- me grita uno.
-Porque lo que se prohíbe es para grupos minoritarios- me grita otro de un grupo mayoritario.
-Porque la droga es mala- me grita mi abuela.
Pues vale, entonces prohibamos la prensa rosa, los programas de corazón y los gran marranos, de una vez por todas.
-No se puede, porque atenta contra la libertad de prensa- me grita el primero.
-No se puede, porque les da mucho dinero en publicidad a las cadenas- me grita otro diferente.
-No, porque lo veo yo- me grita mi abuela.
En definitiva, llegados a esta conversación no prohibamos nada y que cada uno aguante su vela.
-No, porque la libertad de uno termina donde empieza la del otro- me grita el filósofo barato.
-No porque los niños no pueden tener todo permitido- me grita el pedagogo.
Y entonces, ¿qué hacemos?, ¿quién lo decide?, ¿los políticos a quienes votamos?.
-Si- me grita el político.
-No- me grita el anarco.
-No sé- me grita mi abuela.
Pues vale, lo consiguieron, no vuelvo más a Amsterdam y listo.

Babelia y un relato inédito de Julio Cortazar: Ciao, Verona

El sábado en Babelia, el suplemento literario de El País, se publicó un relato inédito de Julio Cortazar. Ciao, Verona, tiene un estilo Cortázar 100%, es fiel a sí mismo y eso lo hace único. Un excelente texto que entre descripciones y visualizaciones de los hechos nos envuelve en un ambiente exquisito. En una atmósfera de relaciones humanas y viajes. En vida y muerte del amor. Precioso.
Lamentablemente, el relato no está publicado en la versión digital del periódico y solo puede leerse en la edición del sábado, así que si no compraste el diario el sábado pensá quien lo tiene y pedíselo. Vale la pena. Para los que no conocen al autor argentino creador de Rayuela, les dejo uno de sus cuentos más famosos: Casa Tomada.


Casa tomada
Julio Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le daba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes de que llegáramos a comprometernos. Entrábamos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetir sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor llenos de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas.
No necesitábamos ganarlos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene sólo la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Como no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban nuestros dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no daba la impresión de los departamentos que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y en los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita , y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en retomar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de la cómoda y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido del otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ven tajas. La limpieza se simplificó tanto que aún levantándonos tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensábamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar al tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradillo de papel para que viese algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba enseguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene me decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer al cobertor. Nuestros dormitorios tenían al living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
A parte de eso estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y en el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay mucho ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos mirábamos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuertes pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada. FIN

viernes, 2 de noviembre de 2007

Por fin llegó!

Después de esperar casi cuatro meses, por fin pasó por acá el robot de Google y me dejo un PageRank de 4/10. No es que me tenía desvelado pero leer tantas veces que todos los rankings se basaban en este bendito índice, respiro un poco más aliviado. No se trata de mi ego personal sino mas bien de tener la oportunidad que me lea más gente. Seguro que mi padre opina que un cuatro sobre 10 es bastante poco, así que lucharé por el 5. Gracias a todos lo que hicieron posible esto en tan poco tiempo, varias veces (algunas por falta de tiempo y otras de ganas) he pensado en dejar un poco de lado el blog, pero sus comentarios y alientos, enseguida hacen que me ponga unas buenas pilas alkalinas y le siga dando para adelante. Soy blogger y orgulloso de serlo. Gracias de nuevo amigos.