jueves, 10 de enero de 2008

La flor azul y el publicitario

El siguiente texto es de la autoría de Liliana Zirardini y como no tiene blog, se lo publico yo. Es la respuesta al texto anterior "El mendigo y el publicitario". Disfrútenlo que vale la pena.

Sucedió en un pequeño pueblo de España.
Nunca nadie supo cómo había llegado allí, lo cierto es que en la plaza del pueblo nació una planta que rápidamente dio flor. Era azul con reflejos morados y sólo durante quince minutos -cuando se escondía el sol por el oeste y la atravesaban sus rayos traslúcidos- se transformaba en plata.
Es sabido que la gente de pueblo crea historias que contadas y recontadas a través del tiempo, se corporizan como nuevos habitantes que recorren los caminos, los bares, comercios y casas. Pero principalmente, si hay un lugar preferido por las historias de pueblo; ese es, el elegido por los ancianos -convocados por un mandato no escrito pero impostergable, exactamente a la misma hora todos los dís del año, incluso en invierno- que ocupan casi la totalidad de los bancos de la plaza, cuando aún nadie está despierto.
Allí, al despuntar el sol, se reúnen a comer sus pipas y a fumar sus pequeños puros usados. Las historias, mucho más poderosas que esos recuerdos desgastados de los viejos, se adueñan de ellos hasta convertirse en algo tan sólido como las piedras, los castillos y puentes.

Una de ellas hablaba de la flor, la historia cambiaba imperceptiblemente cada primavera, contaba que los primeros vecinos la encontraron allí, que un sobrino de unos de ellos la había traído de América. Según supieron después, en su lugar de origen se desarrollaba y crecía como un árbol frondoso.
Pero en esta plaza era sólo una flor engañosamente frágil.
Una mañana, Un joven publicitario que había llegado demasiado temprano al pueblo y que según se supo pertenecía a una de las grandes ciudades, se detuvo a esperar descansando sobre la hierba junto a uno de los bancos.
En silencio escuchó la historia, pero por respeto a los mayores -y como no pertenecía a ese pueblo- no preguntó.
A partir de ese día acudió puntualmente a recibir como una comunión religiosa, su dosis de historia. La flor cercana a todos, parecía asentir con su presencia.
El relato escuchado se enriquecía dia a día y de a poco se fué transformando en un alimento imprescindible para el joven visitante.
Pero como era publicitario sintió que esa historia increíblemente maravillosa, debía trascender las fronteras del pueblo. Creyó que esa flor debía ser vista por más personas y eso irremediablemente redundaría en beneficio de los comercios del pueblo y por supuesto ésto, -como es sabido- siempre traería el bienestar y el progreso.
Y así lo hizo.
En la gran ciudad publicó una nota contado la historia y describió con palabras bellas la bella flor, tan bien hizo su trabajo que en sólo una semana el tren tuvo que incrementar la frecuencia de sus viajes al pueblo y en unos pocos días éste como era previsible, se transformó. Los bares abríeron sus puertas casi antes de que saliera el sol. Y muy temprano las angostas calles que llevaban a la plaza se atestaron de personas desconocidas con cámaras y filmadoras.
Es verdad que en esa época los visitantes trajeron dinero y el dinero más casas y nuevos vecinos al pueblo. Según una nueva nota periodística el pueblo tuvo la tasa de crecimiento más importante de toda España.
Los viejos muy pronto y casi sin hablarlo, se dieron cuenta de que ese lugar ya no les pertenecía y una mañana comenzaron a reunirse a comer pipas y fumar sus medios puros en el patio andaluz del mayor de los ancianos.
La flor azul nunca nadie supo cómo, se fué con ellos.
Apareció tímidamente al costado de un viejo ciruelo que dejaba pasar los rayos de sol a través de sus ramas nudosas y negras.
La añosa planta renació porque floreció en primavera después de muchos años de sequía.
La flor, siempre única, parecía su nieta pequeña.
En la plaza de un día para el otro y sin que nadie pudiera atestiguarlo, la flor se transformó en un árbol frondoso perdiendo el interés del siempre voluble espectador.
El pueblo siguió pujante aunque perdió encanto.
Los ancianos con el tiempo olvidaron que antaño se reunían en la plaza.
La flor estaba cada día más bella protegida por el ciruelo.
Sólo el publicitario se sintió defraudado por el giro de la historia. Dejó de escribir en la ciudad y se mudó al pueblo. Todas las mañanas acudió al pie del árbol como si esperara un milagro.
Una primavera el mayor de los ancianos lo esperó sentado en el banco de la plaza, cuando vio al joven se puso de pie y se encaminó hacia su casa. El publicitario se dejó guiar en silencio.
Las historias y las viejas palabras nuevamente juguetearon en su cabeza y salieron casi a borbotones por sus labios, ésta vez las historias no fueron escritas ni públicas. Día a día recreó el cuento de la flor con los ancianos y rió como un niño.
La flor, que ahora era también suya, brilló con un reflejo plata, junto a ellos.
Y el joven publicitario aprendió que aquello que posee valor genuino no necesita ser vendido.

LILIANA ZIRARDINI

3 comentarios:

Ispilatze dijo...

¿Tuvo que ser un publicista? La idea es mágica, y sorprendente también tantas veces la imaginación de los creativos; sin embargo... me rasca su empeño descarado en "vendernos" algo. ¿No podría haber sido un poeta? ¿Un buen señor sencillamente sensible? Vaaale: me dejo de ñoñerías. Todo en esta vida es comercio, venta, intercambio. ¡Buendito sea cuando es para bien!
(y ahora voy a leer la "contestación"...)

Ispilatze dijo...

(vaya, me colé: el comentario anterior quería dejarlo en el post anterior. Me pasa por precipitada. Ahora el que sí es de aquí!) jeje

Un hurra por liliana y su conclusión, que suscribo. Aunque añadiría: porque el valor genuino es, por naturaleza, patrimonio de unos pocos.
Así que más que "no necesitar" ser vendido... sencillamente su "venta" masiva, el intento de que llegue a todos y todos "sepan" valorarlo, termina por deteriorarlo; lo malogra. Es absurdo que todos intentemos comulgar con unos mismos y únicos valores. En fin. Por cierto, ¡¡noto que estás muy premiado!! ...¡Te estás convirtiendo en patrimonio de muchos! Enhorabuena. ;)

Adolfo Calatayu dijo...

Lili siempre escribió muy bien;es una auténtica pena que no lo haga más seguido,la historia es maravillosa y admite varias lecturas,sin embargo me quedo con el sentimiento cálido de lo hermoso,lo bello y lo bueno que nos circunda,alrededor nuestro existen energías orgánicas (personas,plantas,animales),e inorgánicas que suministran luz y paz a nuestras vidas,es loco y curioso,pero es así;por otro lado,ella nos habla de algo que DEBERÍA ser básico en nuestras vidas.
Un fuerte abrazo