miércoles, 3 de septiembre de 2008

Las gacelas y los engranajes

Como gacelas desesperadas perseguidas por un león salimos todos los días del Metro (Subte, es lo que tiene ser bilingüe). Ayer me cerraron una salida y tengo que cruzar como un kamikaze la avenida que me separa del autobús que me lleva al trabajo del culo del mundo.
Un policía que miraba la escena de la corrida infractora sorteando autos, miraba con cara de papá y haciendo señas con sus manos para educarnos de que lo que hacíamos estaba mal y era peligroso. Pero a nosotros nos da igual, con tal de no perder el autobús cruzaríamos nadando el Amazonas si del otro lado hubiera una parada, el cruce peatonal queda tan lejos… y perderíamos como cinco minutos.
¿Es nuestra culpa cruzar como posesos?. En principio sí, pero con una visión formal del asunto.
Porque el asunto es por qué no estamos dispuestos a perder ni cinco minutos de nuestro día. Será por el poco tiempo que nos toca vivir, después de trabajar la mayoría de horas del día despierto. Porque las horas que dormimos no cuentan.
El león que nos persigue son las obligaciones. Porque uno tiene derechos y obligaciones, estamos en un Estado de Derecho, faltaba más, pero la obligación de trabajar es una responsabilidad mayor porque no la obliga el gobierno sino que, lamentablemente, es directamente ley de vida. Es una obligación humana y en la mayoría de los casos, solo somos un engranaje pequeño e imprescindible para que la máquina del sistema funcione.
Pero ese engranaje tiene que estar activo muchas horas por día y por muchos años y en la mayoría de los casos el trabajo nos jubila porque ya no les servimos.
En contraposición a esta mirada tan alarmista y pesimista del trabajo, tengo que decir que también el trabajo nos satisface con recompensas en forma de libros, entradas de teatro, nos permite viajar y conocer y hasta nos deja banalmente tomarnos una simple cerveza. En definitiva, la recompensa por engranar es una preciosa vida en sociedad.
El resto del tiempo trabajamos, y esta actividad nos deja tan poco tiempo libre, que cinco minutos ganados a la ida y cinco a la vuelta, representan como 60 horas más al año, nada más y nada menos que casi tres días más de ocio por año.
Un general presidente argentino, o viceversa, dijo una vez: “El trabajo dignifica”, mientras debajo de su balcón había miles de obreros que victoreaban sin saber ciertamente si era bueno o malo. Claro que en esas épocas lo que decía su general o la primera dama era ley.
Y esto me recuerda a cuando mi jefe me dice: “Cómo me gustaría cambiarte el puesto para tener menos responsabilidades”. Palabras vacías ya que –que yo sepa- nunca un jefe se cambió.
Concluyendo, no es lo mismo la dignidad de la maquina que la dignidad de un simple engranaje. Y ya que estamos, que el policía que nos reprendía, bien podría dirigir el tránsito y priorizar el paso de la manada.

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