martes, 12 de mayo de 2009

1. Su sufrimiento es mi gozo

Ya me estaba cansando de la musiquita machacona de las 7 y media de la mañana. A mí y varios más. Pero el dueño del móvil se empecinaba en que todos supiéramos que estilo y a que volumen le gustaba escuchar su música. Estaba claro, el volumen era demasiado alto y su estilo, simplemente, una mierda.
Un abuelete con cara de cansancio, quizá más por lo vivido que por haber tenido una mala noche, lo miraba con ojos agotados a juego y apoyado en un bastón. Cada vez que se presentía que se iba a dormir sentado, los acordes siniestros se empecinaban en no dejarlo descansar. Ni al viejito ni a todos los demás animalitos trabajadores que estábamos subidos por obligación al Metro. No podía dejar de pensar en las patadas en el culo que le daría, si conociera, a quién se le ocurrió la fantástica idea de ponerle altavoces a los teléfonos móviles.
Con parsimonia y sin querer hacer mucho daño ni ruido, el abuelo le dice al machacón:
-Puede bajar la música, por favor.
Educado y claro.
El chaval adicto a los ruidos, también llamado reggaeton, lo mira con esa impunidad de saber que en un par de estaciones puede mandar a todos al carajo y bajarse sin que nadie lo persiga y elige decir:
-I’dont speak spanish.
Un inglés más sacado de una canción “hiphopera” que aprendida en la escuela, con ese tonito tan identificatívo que siempre tendría que finalizar con un “my brother” y deja claro que su emisor habla castellano. Quizá no sea un castellano de Valladolid, pero castellano al fin.
Otro pasajero, más joven que el abuelo, de unos 50 años y aspecto fuerte, con la voz más de orden que de favor, le replica levantando el tono un: “Stop de music”, acompañado de una seña con la mano que se parecía al efecto que hace un cuchillo cortando un cuello. Una seña universalmente entendible, en el idioma que fuese.
Su inglés tampoco era nativo pero lo suficientemente claro y sucinto para dejarle claro al cabrón, que, o apagaba la música o iba a haber problemas. Tampoco su señal de degollamiento daba motivos para la confusión.
Para ser sincero el viaje se me iba haciendo cortito y deseaba ver el final del problema en un ojo destrozado del chaval o en un diente menos y hasta me conformaba con una buena patada en el estómago. Pero no.
El ruidoso, maleducado y chulo, solo se dignó a mirar al señor con tan mala hostia y maestría en el arte del idioma gestual, que el cincuentón -antes posible castigador-, giró la cabeza, se hizo más chiquito a ojos de todos y comenzó a leer con una atención exagerada, un cartel de una zapatería que se publicitaba en el andén y que estaba estratégicamente ubicado para que un cobardita pudiera verlo y así escaparse de la realidad y la humillación.
Me sentía fastidiado, agobiado y desilusionado, todavía faltaban dos estaciones para mi destino y había sido testigo de actos incívicos, salvajes, cobardes, pasotas y chulescos, pero en ellos no había un atisbo de justicia. El villano se había salido con la suya, había impuesto su ley y se iba a bajar de ese grupo de gente en movimiento con una sonrisa de “brother” moviendo su cabecita al ritmo de su tortura y arrastrando su pantalones tres números más grandes.
No era justo. Al igual que las miserias realmente serias que afectan a este mundo. No era justo. No tan grave como el hambre y la injusticia social en general, es cierto, pero no menos injusto. Solo diferente.
Decidí bajarme una parada antes y terminar mi camino al trabajo caminando. Pero con solo pensar lo mal que me había sentado la situación y su correspondiente mala uva para el resto de la jornada, algo cambió en mi forma de pensar. Realmente no en mi forma de analizar sino en mi forma de actuar en consecuencia con mis indignaciones.
Me puse al costado de él, justo enfrente de la puerta, agarrado a la barra contraria y dejando mi otra mano libre, abierta y bien cerca del chaval.
Cuando llegamos a la estación, las puertas se abrieron, salieron dos o tres personas y justo cuando suena la chicharra que avisa su cerramiento y un segundo después, o quizá menos, de que se activa el mecanismo de las puertas, le robo el móvil con la mano libre y me impulso con la otra contra la barra para salir justo a tiempo con la música aún sonando pero en dos mundos totalmente distintos, yo fuera con el motivo de la discordia y él dentro, así, solito, sin aparatito. En medio, dos puertas bien cerradas y el movimiento del tren recién arrancando pero ya imparable.
Me mira trasformando la cara de sorpresa en furia y su voz inexistente en gritos desaforados –ahora sí en español. Yo lo miraba contento y escuchando la música –que ya casi me parecía soportable- y me di cuenta que no quería que alguien del vagón –lo que creyera él no me importaba nada- pensara que yo era un ladrón simpático. No. No soy un ladrón.
Sin quitarle la mirada socarrona comencé a golpear el aparato creando una banda sonora que mezclaba sus gritos, el reggaeton y los golpes, en una vorágine de fuerza acompasada que momento a momento iba transformando lo que antes se conocía como un teléfono en pequeñas cositas minimalistas que saltaban a la vista de varias docenas de ojos, que yo creía, eran de agradecimiento.
Estos momentos sublimes de justicia no pueden durar siempre y solo el hecho frívolo y sencillo de saltar la batería hizo que lo que quedaba de móvil dejara de emitir sonidos propios. Todavía hubo un momento más de golpes, gritos y de destrozo total.
Vi como se alejaba el tren y encima de él, alguien que quizá aprendiera algo o que solo lo iba a pasar mal. Con eso me alcanzaba, su sufrimiento era mi gozo. Y ese gozo ante el justo mal ajeno que había despertado dentro de mi, no iba a morir. No doy lecciones, solo le pongo un poco de justicia al día. Y si me dejan, seguiré haciéndolo.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

...y la justicia es esa utopía que tanto se anhela,
saludos.

SK Mario dijo...

El exito total! justicia de la q agrada, en presencia de los afectados!

servicio al cliente dijo...

la justicia tarda pero llega , lo bueno es que eso tan fastidioso que no nos gustaba ya no nos molestara .

Tía Doc dijo...

Qué bueno, Gustavo! Un aplauso de mi parte!! ajajaj Esa moda de poner música en los móviles, es terrible, porque les da igual dónde estén, si molestan o no... Ya no se habla...

Un abrazo.

PD: Qué tal el niño??

Tía Doc dijo...

Y la mamá, Claro.

Carilisve dijo...

Hola.
A medida que leía el relato, pasaban por mi cabeza varios sentimientos, rabia, frustración, indignación y calentera; cuando llegué a la parte final y leía como el móvil recibía la descarga de la furia que ocasionan esa clase de individuos, sonreí.

Esa situación ocurre con mucha frecuencia por estos lados; en los transportes públicos, en los centros comerciales, en la filas de espera, etc; gran cantidad de individuos hacen su mayor esfuerzo para demostrar cuanto grado de imbecilidad se puede tener.

Mentras más imbecilidad, más alto el volumen del móvil.

Saludos y gracias por esos minutos de justicia.

Anónimo dijo...

Gus me gustaria felicitarte (urra que bueno que te animaste!!!) pero no lo hare, controla tu ira y se mas tolerante con las personas intransigentes, te pusiste igual (siempres se merecen lo que les pasa)que tengas buen dia y ya apaga tu cel.

noni dijo...

Me encanta lo apasionado que sos!la intensidad con que vivís.Saludos.

tomas samarreala dijo...

el gozo es nuestro!

mariachis-mariachi juvenil dijo...

El exceso de desibeles es tormentoso y la justicia inoperante.

Blogger dijo...

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