viernes, 14 de febrero de 2014

Héroes

Que primero se ahogaron al tratar de llegar, que segundo quisieron ayudarlos pero no se dejaron y ahora, al final sí hubo una fuerza antidisturbios que no los dejó pisar suelo español. De a poquito nos vamos enterando que las mentiras del Ministro y de la Fuerza, van haciéndose a un lado para dejar ver la mierda de verdad. Esta gente no viene de turista, no viene a gastar, no viene a hacer negocios, a esta gente no le importa morir en el intento, y si la oportunidad es más fuerte que la muerte misma por haberlo intentado, son héroes. Y lo son en el sentido de querer trascender más allá de su maldita suerte dejándolo todo en el camino, son héroes anónimos, son héroes humanos y sus proezas, simplemente, son las de sobrevivir mejor que donde les tocó nacer. Son superhombres que dan la vida por ellos y por los suyos. ¿Cuántos de nosotros cruzaríamos en un bote inflable o a nado? Están al lado nuestro, son de nuestra tierra, pero los alejamos para conservar nuestro ahora maltrecho estado de bienestar. ¡Claro! que no hay lugar para todos, ¡claro! que somos muchos. Lo que me gustaría saber es cuando los políticos que nos amargan la vida y nos matan, se van de una vez y dejan paso a la gente buena y trabajadora.

jueves, 13 de febrero de 2014

El Pienso de cada día

Ya bastante acostumbrado a la soledad, me preparo la comida de siempre; huevos fritos con patatas y panceta, como siempre, lo mismo. Hace algunos años cuando tenía gato y le servía su pienso, pensaba que seguro que si pudiera elegir, mi gato cambiaría de menú. Pero comprobé que él y yo somos animales de costumbre, a él no le gustó cambiar y a mí tampoco ¿Para qué? si así estamos bien. Desde que me quedé solo cuando mi mujer murió, ya no tengo vida y solo espero a que me llegue la muerte. Ya a mis 75 años, ¿qué más me queda?, vivo como si me hubiera quedado encerrado en un cine continuado y día tras día me despertara y viera la misma película. Solo tengo un día especial por mes, y no digo especial como algo bueno sino como algo extraordinario, y digo extraordinario en el sentido contrario a cotidiano y ordinario. Ese día especial es cuando voy al banco a cobrar mi pensión y a gastarme algunas pesetas en patatas, huevos, panceta y vino, también quizá compre algunas cosas de aseo. Y hoy es ese día. Ya ven que mas que especial es solo distinto. Me va a tocar caminar bajo la lluvia, hoy hace un día horrible, gris y húmedo, ya es mala suerte que el único día al mes que salgo a la calle, llueva. Termino la comida, dejo los platos para después, cojo el paraguas, me pongo el pañuelo de viejo y la chaqueta verde oliva. Vivo en la cuarta y última planta. Salgo de mi casa sin hacer casi ruido –no quiero que mi vecina del tercero me escuche- no es que me caiga muy mal sino simplemente que ya no soporto a nadie, creo que ella trata de ser amable conmigo y me regala, cuando me ve, los sobrantes de su comida, quizá sea con buena intención o quizá piense que soy medio inválido y que no puedo ni cocinarme unos malditos huevos. Cierro la puerta tan suavemente que suena casi como un suspiro, voy bajando despacito por la escalera –más por mis años que por el tema de los ruidos- y cuando paso por la puerta de mi vecina –estoy seguro que está mirando por la mirilla- escucho que esta se abre. A parte de un aroma a colonia de flores asoma su cabeza ocultando la parte izquierda de su cuerpo –puedo darme cuanta que lleva el mismo pijama de patitos de siempre-. - Hola Jaime –me saluda- ¿Qué tal lleva esos años?- ¿Qué pregunta es esa? De ella no se puede decir que es joven y guapa, claro que al lado mío sí, por lo menos lo de más joven, pero es bastante gorda. - Hola Señora, ¿qué tal están sus várices?. Esto le hubiera querido decir si mi pensamiento no fuera tan cobarde e hipócrita. Solo me limité a saludarla y realizar una mueca más parecido a un rictus que a una sonrisa. - Se lo ve mejor, más fuerte - me dice. Ya no sé que decirle, hoy está hablando medio raro, diferente, solo espero que me deje de una vez marchar y que no me dé nada de comida. - ¿Quiere un poco de tortilla?- me pregunta quizá leyendo mi mente. - No gracias, ya he comido. - Venga hombre -me insiste- verá que está riquísima. Antes de terminar su última palabra, mis pensamientos mezclados con su perfume, analizaban si ya no era mejor ir al banco otro día, ya menos apurado. Me doy cuenta que es peor, que si voy mañana seguro que tengo que aguantarla de nuevo. - Bueno Marisa, gracias, solo déme un poquito que tengo que irme rápido al banco que me van a cerrar. - Ahora se la envuelvo, pero quería preguntarle algo… - Bueno ya que estamos, pregunte. Le digo ya un poco fastidiado. - Estaba pensando, no se como decírselo, si usted, a ver, ¿tendría ganas, alguna vez de ir a ver una película al cine?. Su perfume entra por mi boca hasta mi garganta, puedo casi saborearlo, mis manos comienzan a sudar y trato de secármelas disimuladamente en el pantalón. ¿Habré entendido bien?. Hace ya 10 años que estoy solo y nunca desde la muerte de mi esposa, me había propuesto salir con una mujer y menos que la que me invitara fuese ella. Cincuenta años de casados es mucho y uno va perdiendo su propio ser y lo poco que le queda se va mezclando con el de su pareja. - No sé si le gusta el cine, pero como tiene tanto tiempo libre. No sé porqué, pero volvían a mí mis recuerdos de adolescencia y lo primero que se me cruza por la cabeza –¿tendré ya la cabeza mal?- es qué ropa interior llevo puesta en este momento, si es de la nueva o de la de siempre. Mi mente pasa –de una forma increíblemente lúcida- por el recuerdo antiquísimo del primer e indeciso beso que le di a la que era mi novia y después mi mujer, pasa por la imagen de la primera caricia exploratoria que le hice por debajo de la blusa; mi mente saltaba –o corría- hasta un posible encuentro íntimo con la gordita del tercero, un fin que no me imaginaba desde hace mucho, un fin deseado que se acompañaba solo con pantallazos de los medios que podía emplear para lograr el objetivo: la primera salida, la cena de después del cine, el café y la copa para ponernos tontorrones, y vuelta al pensamiento sucio, húmedo y casi olvidado del sexo. Joder, esta es mi oportunidad, me lo está poniendo en bandeja (no está tan mal la gordita), ya estoy muy viejo pero todavía creo que puedo hacer un buen papel, experiencia no me falta. Si hasta ni siquiera tenemos que preocuparnos en donde nos vamos a acostar, ¿en su casa o en la mía? o mejor; ¿en el tercero o en el cuarto?. Es increíble lo rápido que va mi mente ahora. No pude evitar sonreír con orgulloso de mí y de mi virilidad nuevamente encontrada. - ¿Me está escuchando, Jaime? – me pregunta interrumpiendo mis pensamientos y mi mirada hacia sus pechos. - ¿Cómo?, me sobresalté algo avergonzado, - Sí, sí, la escuché Marisa, ¿usted quiere que la lleve al cine?. Le digo ya más seguro de mi mismo, sintiéndome otra vez hombre, o mejor dicho, macho, ya no pienso como un viejo decrépito - ¿Cuándo quiere ir?. La apuro. Se le abrieron los ojos de una forma imposible y agarrándose la solapa del pijama con decoro, me dice: -No hombre, yo no –y la veo que no puede evitar una sonrisita socarrona- estaba pensando en mi madre, que está muy sola y se me había ocurrido que quizá con usted, que también está solo… Ni siquiera espero la tortilla, dejo de oler su ridículo perfume y sin nada más que decir, me voy al banco que seguro que ya me cerró.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Morir de éxito

Morir de éxito, por lo menos figuradamente. La última noticia de que el creador de Flappy Birds, Dong Nguyen, borró fulminantemente el exitoso juego gratuito de la Apple Store y de Android Play me hace reflexionar de por qué sucede esto.

Casos extremos de morir de éxito como el cantante de Nirvana, Kurt Cobain, son un llamado de atención para demostrarnos que la fama y el dinero también tienen su lado oscuro, que no todo es ser exitoso y conocido. Seguramente agobiado por más cosas, no pudo soportar su fama y se fue.

Sin ponernos tan tremendistas, todos hemos conocido a alguien que superado por sus conquistas, deja todo para disfrutar un poco de la soledad y de la simpleza de la vida. ¿Cuántos actores famosos por un único personaje interpretado, termina por odiarlo? ¿Cuántas veces hemos ido a un concierto a escuchar “ese” tema y los músicos no la tocan por estar ya cansados de ella?

En definitiva, nunca podremos saber cómo es llevar una fama y un reconocimiento sin volvernos locos, aunque todo sea dicho, la mayoría de nosotros seguramente no tendremos ese problema. Y si viene algo por el estilo, no olvidarse nunca que no tener tiempo para disfrutar lo conseguido es igual a no haberlo hecho.